La política no es un artificio, sino un arte.

*Momento de Acotar.

/Francisco Cabral Bravo/

Con solidaridad y respeto a Rocío Nahle García y Ricardo Ahued Bardahuil

Se ha dicho que en la política no hay sorpresas ni equivocaciones. Que tan solo hay sorprendidos, confundidos y equivocados.

Su nombre era Vincenzo Gioacchino Pecci. Era un cardenal italiano. Fue elogiado en el declinar del siglo XIX, casi en la puerta de entrada del siglo XX, y tomó el nombre de León XIII.

Es curiosa y, al mismo tiempo, muy interesante esa antigua costumbre papal según la cual, una vez que te eligen tus compañeros cardenales en el célebre cónclave de la Capilla Sixtina, tú mismo escoges el nombre con el que serás presentado al mundo. A partir de ese momento ya no eres solamente el hombre que eras. Tampoco eres el Cordero de Dios, porque ese lugar solo le pertenece a Cristo, pero si quedas investido como sucesor de Pedro vicario de Cristo y jefe espiritual de una de las instituciones más antiguas, más sofisticadas y más poderosas de la historia. Desde ese entonces, cuando hablas desde la silla de Pedro y bajo las condiciones doctrinales que la Iglesia reconoce, hablas ex cathedra. Y cualquiera que quiera discutir contigo corre el riesgo de convertirse, según la vieja lógica del poder religioso, en anatema, disidente o satélite.

La Iglesia católica lleva siglos, desde que ese artículo como una organización de poder, siendo probablemente la institución más sabia, más antigua y más resistente de Occidente. Ha sobrevivido por medio de coaliciones alternas, pactos, equilibrios, silencios, doctrinas y alianzas con los poderes temporales.

Su entrada decisiva en la historia política del mundo Romano no se entiende sin Constantino, sin la cruz, sin la visión de Victoria y sin el Edicto de Milán de 313, que puso fin a la persecución sistemática de los cristianos y les otorgó un reconocimiento legal dentro del imperio. A partir de ahí, los cristianos dejaron de pertenecer únicamente al tracto digestivo de los leones en el circo Romano y comenzaron a asentarse lenta, pero inexorablemente, en la mesa del poder.

Desde ese día, la cruz y el éxito político de Constantino sentaron a la mesa una nueva fuerza que nadie en aquel momento, ni siquiera hoy con todas las crisis y dudas existenciales, pudo adivinar hasta dónde llegaría. El cristianismo dejó de ser solamente una fe perseguida y empezó a convertirse en una arquitectura espiritual, cultural, jurídica y política capaz de organizar civilizaciones enteras.

Tal vez porque los hombres, tan conscientes como somos de nuestras debilidades, de nuestros fallos y de nuestras incapacidades, nos resistimos a aceptar que el fundamento de la civilización judeocristiana tiene dos pilares esenciales. Por una parte, el viejo pacto del Dios, Jehová denominado Yahvé. “Yo soy el que soy”, cuando elige a su pueblo. Por otra. “El dicho de Jehová dura para siempre”, la plasmación del nuevo pacto, cuando Dios decide mandar a su Hijo como hombre y establecer no solo el perdón de todos los perdones, sino también la oportunidad de hacer un pacto en términos de dimensión humana.

En cualquiera de los dos pactos el nivel de fallo es muy grande. Pero también lo es el nivel de esperanza, de fe y de cumplimiento posible. Esa promesa de cómo podría ser mañana ha seguido sobreviviendo a todos los cambios estructurales de la historia.

Juan Pablo II no fue únicamente un papa; fue una fuerza estructural en la caída del comunismo europeo, en la recomposición moral de occidente y en la recuperación de la autoridad política de la Iglesia en el escenario internacional.

Después vino Benedicto XVI, con su inteligencia teológica y renuncia histórica, la primera en casi seis siglos. Luego llegó Francisco. Era argentino, y los argentinos, se mire cómo se mire y lo ve a quien lo vea, son una categoría aparte. Francisco introdujo otra respiración en el Vaticano: más social, más periférica, más pastoral, más incómoda para los equilibrios clásicos del poder eclesiástico.

En mi columna pasada le comentaba, apreciado lector que el papa León XIV afirmó que resulta más fácil financiar guerras que alimento para personas, e insistió a los gobiernos a reforzar los recursos para combatir el hambre tras un grande y grave déficit de financiamiento por parte de Estados Unidos y otros países.

En un discurso en Roma ante el órgano rector del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, León presionó a los gobiernos para que reduzcan la burocracia y derriben los obstáculos que impiden que la ayuda llegue a quienes la necesitan.

Haciéndose eco de una advertencia expresada por primera vez por el fallecido papa Francisco durante una visita al PMA hace una década, León criticó las barreras políticas y administrativas que realizan la ayuda humanitaria mientras el gasto militar continúa sin trabas.

Mientras que las formas de ayuda y los proyectos de desarrollo se ven obstaculizados por decisiones políticas complejas e incomprensibles, visiones ideológicas sesgadas y barreras aduaneras impenetrables, las armas no. “En efecto, los conflictos se alimentan con mayor facilidad que con la que se nutre a las personas”.

El financiamiento de asistencia alimentaria ha caído de forma drástica, en torno a un 59% desde 2022, en un momento en el que las necesidades se han disparado, según un informe reciente del PMA.

Recientemente hubo algunas noticias positivas sobre el financiamiento, con el compromiso de Estados Unidos de aportar $800 millones de dólares al PMA. La agencia indicó que la contribución ayudará a más de 38 millones de personas.

El papá León XIV el pontífice tiene muy arriesgados los valores de la doctrina social de la Iglesia católica, como la paz, la unidad, derechos humanos, la justicia social, reconocer a los más vulnerables y la defensa de los migrantes, afirman expertos en religiones y en teología, tiene un perfil moderado conciliador, y muy cercano con las víctimas de la violencia, asegura Luisa María González socióloga y especialista en religiones en América Latina.

Aún así, el llamamiento del PMA por más de 10,000 millones de dólares para 2026 sigue gravemente falto de fondos.
Durante años, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional fue la columna vertebral de la ayuda humanitaria en todo el mundo.
En otro contexto varios colegas han comentado, pocas profesiones han tenido un impacto tan profundo en la historia de la humanidad como la ingeniería. Desde los acueductos romanos hasta las redes eléctricas modernas; desde los puentes que conectan territorios hasta los algoritmos que hoy conectan sociedades; desde las vacunas producidas a escala industrial hasta los sistemas satelitales que permiten navegar el planeta, el desarrollo humano ha sido, en gran medida, una consecuencia directa de la capacidad de los ingenieros para resolver problemas complejos y transformar con conocimiento en bienestar tangible.

La ingeniería ha sido, esencialmente, la disciplina que convierte las aspiraciones de la sociedad en realidades funcionales. Cada avance en infraestructura, energía, telecomunicaciones, movilidad, manufactura, salud o vivienda lleva detrás la huella silenciosa de millones de ingenieros e ingenieras que, generación tras generación, han diseñado las bases materiales del progreso.

Hoy, sin embargo, la ingeniería enfrenta uno de los momentos más desafiantes y trascendentes de su historia.
El mundo vive una convergencia inédita de crisis y transformaciones: cambio climático, urbanización acelerada, presión sobre los recursos naturales, desigualdad social, automatización, inteligencia artificial, ciberseguridad y transición energética. Nunca antes la humanidad había tenido tanta capacidad tecnológica, pero tampoco había enfrentado riesgos sistémicos de semejante magnitud.

Paradójicamente, estas amenazas representan también la mayor oportunidad para la ingeniería contemporánea.
La descarbonización de la economía requerirá rediseñar prácticamente toda la infraestructura energética global. Las ciudades del futuro demandarán sistemas inteligentes, resilientes y sostenibles. Pero existe un desafío adicional que suele pasar inadvertido: el riesgo de formar ingenieros para un mundo que ya dejó de existir.

El ingeniero del mañana no podrá limitarse únicamente al dominio teórico. Necesitará pensamiento crítico, habilidades de comunicación, visión ética, comprensión económica, sensibilidad ambiental y capacidad para trabajar en equipos multiculturales y multidisciplinarios.

La ingeniería dejará de ser solamente una profesión técnica para convertirse, cada vez más, en una profesión profundamente humana. La ingeniería seguirá siendo uno de los pilares del desarrollo humano.