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Alguien como tú.
/ Gladys Pérez Maldonado. /
Se suele hablar de desarrollo sostenible en términos de infraestructura, economía verde, diplomacia internacional y estadísticas de pobreza. Pocas veces se habla de emociones, de tristeza, de miedo, de ansiedad, de agotamiento. Sin embargo, la salud mental se ha convertido en la señal más clara del desgaste social contemporáneo. La Agenda 2030, tan ambiciosa como compleja, ya no puede seguir ignorando ese síntoma, si los Estados no colocan el bienestar emocional al centro, el desarrollo sostenible será un concepto vacío.
La inclusión de la salud mental dentro del Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) Salud y Bienestar (3) fue el punto de partida. Pero la inclusión formal no basta. En la realidad política, la salud mental continúa siendo el pariente pobre del sistema de salud, poco presupuesto, poca prevención, escaso personal, y una cultura que sigue asociándola con debilidad o problemas personales, como si el sufrimiento psíquico no tuviera raíces colectivas.
Los últimos años confirmaron el giro histórico. La pandemia, la precariedad laboral, la hiperexigencia productiva y la saturación digital produjeron una generación entera que vive entre la ansiedad y el cansancio. No hablamos de casos aislados; hablamos de una experiencia epocal. Incluso organismos internacionales han reconocido que la crisis de salud mental afecta especialmente a mujeres, jóvenes y trabajadores del sector cuidado y sanitario. A la par, la violencia y la desigualdad, dos constantes del mundo contemporáneo, operan como detonantes psicológicos permanentes, alimentando el estrés, la inseguridad y la frustración.
Aquí aparece un dato incómodo, la salud mental es profundamente política. Se puede hablar de meditación, de autocuidado o de hábitos saludables y todo suma, pero nada de eso sustituye la necesidad de políticas públicas que reduzcan las causas estructurales del sufrimiento. El estrés causado por la incertidumbre económica, la falta de oportunidades, la carga mental en el hogar, la violencia de género o el miedo al futuro no se resuelve con consejos motivacionales. Se resuelve con redistribución, derechos, cuidado y Estado.
La Agenda 2030 propone esa mirada integral, aunque aún tímida. Si se observa con detenimiento, la salud mental atraviesa casi todos los ODS: pobreza (1), educación (4), igualdad de género (5), trabajo decente (8), reducción de desigualdades (10) y paz e instituciones sólidas (16). No es casual. Son precisamente esos frentes donde se juega el equilibrio psicológico colectivo. Una sociedad desigual no puede ser una sociedad emocionalmente sana. Un país donde las mujeres cargan doble o triple jornada, productiva, doméstica y emocional, no puede hablar de bienestar. Un Estado que tolera violencia e impunidad no puede pedirle a su población resiliencia.
Para muchas naciones, incluido México, la discusión es más urgente. La vida cotidiana está marcada por tensiones que impactan directamente el ánimo como la inseguridad, inflación, falta de servicios de cuidado, informalidad laboral, violencia machista y cambios sociopolíticos que generan incertidumbre. El discurso público todavía coloca la salud mental como tema personal o clínico, cuando en realidad debería ser uno de los indicadores base de cualquier agenda de desarrollo.
El otro gran ausente es el cuidado. La salud mental es uno de los argumentos más sólidos para impulsar un sistema nacional de cuidados. El desgaste emocional no es una excepción, es la norma para millones de mujeres que sostienen la vida cotidiana. Reconocerlo es politizar el malestar, y politizar el malestar es el primer paso para transformarlo. La Agenda 2030 abre la puerta, pero los Estados deben atreverse a cruzarla.
Queda poco tiempo para 2030 y, aunque la arquitectura multilateral es lenta, el debate social avanza más rápido que la burocracia internacional. La nueva generación habla de ansiedad sin vergüenza, exige descanso, cuestiona la cultura del rendimiento, denuncia violencias y pide cuidado. Eso también es desarrollo sostenible. Tal vez no en el lenguaje técnico de los informes, pero sí en el de la vida real.
El gran desafío para los próximos años será asumir que la salud mental no es un asunto suave ni secundario. Es un criterio democrático, sociedades emocionalmente devastadas no pueden sostener sus instituciones, ni su economía, ni su convivencia. Invertir en salud mental no es gasto, es infraestructura humana. Y la infraestructura humana define, en buena medida, si la Agenda 2030 será una promesa incumplida o una transformación verdadera…












