Las insurgentes del siglo XXI

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*Alguien como tú.

/ Gladys Pérez Maldonado /

México tiene una curiosa relación con sus mujeres rebeldes: las convierte en heroínas cuando ya no pueden incomodar.

Cada septiembre pronunciamos con solemnidad los nombres de Josefa Ortiz Téllez Girón, Leona Vicario, Gertrudis Bocanegra o Manuela Medina. Las colocamos en libros, monumentos y ceremonias cívicas. Las llamamos valientes, patriotas, imprescindibles.

Pero olvidamos algo fundamental: en su tiempo no fueron mujeres cómodas. Fueron transgresoras.

Desafiaron al poder, rompieron las reglas que la sociedad había diseñado para ellas y se negaron a aceptar que los asuntos políticos pertenecían exclusivamente a los hombres.

Si vivieran hoy, probablemente también serían criticadas. Quizá a Josefa Ortiz le dirían radical. A Leona Vicario, agitadora. A Manuela Medina le pedirían moderación. A Gertrudis Bocanegra le recomendarían no involucrarse tanto.

Porque México admira con facilidad a las mujeres rebeldes del pasado, pero todavía se incomoda con las mujeres que cuestionan el presente.

Por eso vale preguntarnos quiénes son las nuevas insurgentes.

No combaten a un ejército realista ni buscan independizarse de la Corona española. Sus luchas tienen otros nombres: feminicidio, desaparición, violencia sexual, discriminación, desigualdad económica, racismo, violencia digital e impunidad.

Olimpia Coral Melo es una de ellas. Después de sufrir violencia digital pudo haberse refugiado en el silencio que durante años se exigió a las víctimas e hizo exactamente lo contrario. Transformó una agresión personal en una causa pública que cambió las leyes mexicanas. Su historia demuestra que también se puede hacer insurgencia desde la exigencia de nuevos derechos.

Carmen Aristegui representa otra forma de insurgencia. Desde el periodismo ha hecho de la investigación, la denuncia y el cuestionamiento al poder una constante de su trayectoria, aun cuando hacerlo ha significado confrontar intereses políticos y económicos. Leona Vicario comprendió hace más de dos siglos que la información podía convertirse en un instrumento decisivo frente al poder establecido. Aristegui, desde otra época y otras circunstancias, encarna esa misma convicción, una sociedad verdaderamente libre necesita mujeres dispuestas a preguntar lo que otros preferirían que permaneciera en silencio.

A esa genealogía contemporánea debe sumarse Marcela Lagarde, cuya lucha se ha librado desde la academia, el feminismo y la construcción jurídica. Su aportación ha sido decisiva para colocar en el debate público mexicano conceptos que obligaron al Estado y a la sociedad a mirar de frente la violencia extrema contra las mujeres. Hablar de feminicidio no fue solamente encontrar una palabra, fue nombrar una realidad que durante demasiado tiempo permaneció diluida entre estadísticas, expedientes y silencios institucionales. Lagarde demuestra que también se hace insurgencia cuando una idea modifica la manera en que un país entiende la injusticia y obliga al derecho a transformarse.

De la misma manera,  Yásnaya Elena Aguilar Gil ha demostrado que también existen insurgencias culturales. Defender una lengua indígena, cuestionar la homogeneidad del Estado y reclamar el derecho de los pueblos a existir con identidad propia es resistirse a una forma silenciosa de desaparición.

Pero posiblemente las insurgentes más dolorosamente emblemáticas del México contemporáneo sean las madres buscadoras.

Ellas no pidieron ser activistas, no soñaron con recorrer terrenos con una pala buscando restos humanos, fueron empujadas a hacerlo por la desaparición de sus hijos e hijas y por instituciones incapaces de ofrecerles respuestas suficientes.

Cuando una madre tiene que convertirse en investigadora, rastreadora y buscadora para encontrar a su hijos e hijas, no estamos ante una historia de heroísmo que debamos romantizar. Estamos ante una denuncia brutal del fracaso del Estado.

También existe un símbolo político imposible de ignorar, ahora, México tiene por primera vez una mujer en la Presidencia de la República. La llegada de Claudia Sheinbaum al máximo cargo del país derribó una barrera histórica, pero sería un error convertir ese hecho en prueba de que la igualdad está conquistada. Una mujer en Palacio Nacional no elimina automáticamente las violencias que viven millones de mujeres fuera de él. ¡NO llegamos todas!.

Ese es precisamente el desafío de nuestra época.

La Independencia de 1810 buscó romper una estructura de dominación política. La independencia que muchas mexicanas siguen reclamando en el siglo XXI exige romper estructuras diferentes, pero igualmente arraigadas, la dependencia económica, violencia machista, discriminación, miedo, silenciamiento e impunidad, por mencionar algunas.

Por eso las nuevas insurgentes quizá no aparecen a caballo ni llevan mensajes clandestinos entre ejércitos.

Algunas marchan, algunas escriben, algunas legislan, algunas investigan, algunas enseñan, algunas buscan a sus desaparecidos, algunas simplemente se niegan a callar.

Ahí está la paradoja que debería incomodarnos cada septiembre, México levanta monumentos a las mujeres que desafiaron al poder hace doscientos años, pero con demasiada frecuencia desacredita a las mujeres que desafían al poder hoy.

La historia debería habernos enseñado algo. Las sociedades no avanzan gracias a quienes aceptan silenciosamente lo establecido. Avanzan gracias a quienes se atreven a decir que lo establecido ya no es aceptable.

Ayer las llamamos insurgentes. Hoy podemos llamarlas periodistas, feministas, académicas, activistas, defensoras, buscadoras o simplemente mujeres incómodas.

El nombre cambia. La rebeldía que transforma la historia sigue siendo la misma…

¡¡¡Que VIVA MÉXICO!!!