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02.04.2026.- En los relatos más antiguos del cristianismo, las horas finales de Jesucristo no solo están marcadas por el juicio, la condena y la crucifixión, sino también por una presencia constante que durante siglos fue leída en segundo plano: la de las mujeres que lo acompañaron hasta el final. Frente a la dispersión de muchos de sus discípulos, los textos evangélicos coinciden en destacar que fueron ellas quienes permanecieron, observaron y, más tarde, dieron testimonio de lo ocurrido.
Los Evangelios canónicos, considerados las principales fuentes históricas sobre la vida y muerte de Jesús, mencionan de manera reiterada a varias mujeres en los momentos clave de la Pasión. Entre ellas destaca María Magdalena, cuya figura aparece en los cuatro relatos como testigo tanto de la crucifixión como del sepulcro. Proveniente, según la tradición, de Magdala, en la región de Galilea, es descrita como una seguidora cercana que había sido sanada por Jesús y que posteriormente se convirtió en una de sus discípulas más fieles.
Junto a ella aparece María, cuya presencia en la crucifixión es mencionada de forma explícita en el Evangelio de Juan. La escena, profundamente simbólica, muestra a María al pie de la cruz, acompañada por el llamado “discípulo amado”. Este pasaje ha sido interpretado históricamente como un momento de transmisión espiritual, pero también como un testimonio del vínculo humano y familiar que rodeó la ejecución.
Los relatos también nombran a otras mujeres como María de Cleofás y Salomé, quienes, según los Evangelios de Marcos y Mateo, observaban la crucifixión desde cierta distancia. Este detalle, aparentemente menor, es relevante para los historiadores, ya que muestra que hubo testigos presenciales del acontecimiento fuera del círculo masculino más cercano, lo que refuerza la consistencia de los relatos en términos narrativos.
En contraste, los mismos textos señalan que varios de los apóstoles habían huido tras la detención de Jesús. Pedro, por ejemplo, es descrito negando conocerlo antes de la crucifixión. Esta diferencia ha sido objeto de múltiples interpretaciones teológicas e históricas, pero también ha llevado a algunos estudiosos a subrayar el papel de las mujeres como figuras de resistencia y permanencia en un contexto de persecución.
El papel de estas mujeres no terminó con la muerte de Jesús. Los Evangelios coinciden en que fueron ellas quienes acudieron al sepulcro tras el descanso del sábado. Según el relato, iban con la intención de ungir el cuerpo, siguiendo las prácticas funerarias judías de la época. Sin embargo, encontraron la tumba vacía. En ese momento, de acuerdo con la tradición cristiana, se convirtieron en las primeras testigos de la resurrección, un hecho central en la fe cristiana.
Este punto es considerado especialmente significativo por los historiadores del cristianismo primitivo. En una sociedad donde el testimonio femenino tenía menor peso legal, el hecho de que los relatos sitúen a mujeres como primeras testigos ha sido interpretado como un indicio de autenticidad narrativa, ya que difícilmente se habría inventado un detalle que, en su contexto, podía restar credibilidad al mensaje.
Más allá de los nombres concretos, los Evangelios también hacen referencia a un grupo más amplio de mujeres que seguían a Jesús desde Galilea y que contribuían con sus propios recursos a sostener su ministerio. Este dato, presente en el Evangelio de Lucas, sugiere que su papel no era marginal, sino activo dentro del movimiento que se estaba gestando.
Con el paso de los siglos, la tradición cristiana desarrolló distintas interpretaciones sobre estas figuras. Algunas, como María Magdalena, fueron objeto de lecturas que mezclaron elementos bíblicos con tradiciones posteriores, llegando incluso a ser malinterpretadas como figuras de pecado arrepentido, una idea que no aparece de forma explícita en los textos originales. Estudios contemporáneos han buscado recuperar su papel como discípula y testigo clave.
En conjunto, la presencia de las mujeres en la Pasión de Jesús revela una dimensión frecuentemente subestimada de los relatos evangélicos. No solo estuvieron ahí en los momentos más críticos, sino que fueron portadoras de memoria, testimonio y continuidad en los primeros días del cristianismo.
En una historia marcada por el sufrimiento, la traición y la muerte, su papel aparece como una constante de cercanía y permanencia. No desde el poder ni desde la jerarquía, sino desde la fidelidad en los márgenes, donde, según los textos, se sostuvo una parte esencial de lo que después se convertiría en una de las tradiciones religiosas más influyentes del mundo.












