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/Roberto Frías / Cultura UNAM /
Se habla mucho del Mundial de futbol que se desarrolla actualmente en México, Estados Unidos y Canadá. Se recuerdan, de hecho, los mundiales mexicanos de 1986 y 1970. Pero ¿acaso recordamos el cuarto mundial mexicano? ¿El mundial femenil de 1971? Una gran parte de la afición no lo recuerda o no sabe de él, incluso la FIFA no se acuerda de nada. Pero ellas, las futbolistas que clasificaron, que viajaron a nuestro país, y que dieron todo para llegar a la final, como fue el caso de la Selección de Futbol Femenil Mexicana, sí recuerdan muy bien.
Como suele ocurrir en el contexto de la cultura patriarcal, estas mujeres debieron entregarse a su deporte favorito en los momentos que le robaban tiempo a otras actividades, como estudiar o trabajar, en contra de todo tipo de críticas y burlas, hasta ese momento glorioso en que llenaron el Estadio Azteca con una afición más que complacida de verlas jugar la final contra el equipo de Dinamarca.
Como parte de su propuesta para reflexionar críticamente sobre el futbol, el Centro Cultural Universitario Tlatelolco (CCUT) presenta la exposición Sportswashing. Las celebraciones deportivas como campaña de blanqueamiento político, que incluye un programa paralelo de actividades, integrado por una serie de conversaciones que abordan el fenómeno desde distintos ángulos.
El pasado 25 de junio se reunieron en el CCUT algunas futbolistas que participaron en la Copa del 71 para hablar del certamen, que no contó con el apoyo oficial de la FIFA ni de otras organizaciones como la Federación Mexicana de Futbol, o del gobierno.
Yolanda Ramírez, portera de aquella selección, llegó al futbol por una vía que hoy parece casi una escena de barrio extinta: la calle, el llano, los hermanos, las piedritas como postes de portería. Antes de jugar con mujeres, había pasado años enfrentándose a hombres en Chapultepec. Su hermano la mandó a la portería “para que no me pegaran”, contó. Ahí aprendió a ubicarse, a leer el balón, a dirigir desde atrás.
“A mí mi familia no me coartó”, recordó Ramírez. En su casa había tintorería, escuela, trabajo y, por la tarde, permiso para salir a jugar. La resistencia vino de su abuela materna, que no quería verla en la calle. Su padre, en cambio, la defendía con una frase que hoy funciona como pequeño manifiesto: prefería verla jugando que “haciendo otras cosas”.
Martha Coronado también empezó en la calle. En la colonia Santa María la Ribera jugaba con primos, sobrinos y vecinos cerca del Kiosco Morisco, hasta que una vecina llamaba a la patrulla. Cuando veían venir a la unidad, todos corrían a esconderse; cuando se iba, volvían al balón. Más tarde pasó por la porra del América, por la Liga Américas y por la selección. En Italia 1970 jugó como extremo derecho; en México 1971 fue defensa central: “La que salía para despejar, para que no pasaran ni las oponentes ni el balón”.
“A nosotros no nos dieron un entrenamiento específico”, explicó Ramírez, y ahí la memoria deja de ser nostalgia para convertirse en denuncia. Las porteras no recibían trabajo técnico para brincar, cortar balones altos o dominar el área. Se les mandaba a la portería mientras las jugadoras de campo practicaban tiros. Por eso, cuando la sentaron en la banca durante el Mundial del 71, lo vivió como una losa. No sólo era una decisión deportiva; era también el síntoma de un sistema que exigía rendimiento sin estructura.
En la final de 1971, Dinamarca venció 3-0 a México en el Estadio Azteca, ante una multitud estimada en más de 100 mil personas; varias reconstrucciones recientes hablan incluso de 112 mil 500 asistentes, una cifra que todavía desafía la memoria oficial del futbol femenil.
“Ver el Azteca lleno, que no se veían ni las escaleras, fue una cosa fantástica”, dijo Ramírez. Venía de jugar en Italia ante públicos de mil o mil 800 personas. En México, en cambio, la selección fue recibida con banderas y confeti; la gente las esperaba en el hotel, les pedía que salieran al balcón, las acompañaba en el periférico. Aquello no fue una nota al pie: fue un rugido.
“Aquí me tiene usted jugando futbol”, comentó Coronado al recordar al novio que le lanzó el ultimátum: “El futbol o yo”. Tenía 14 años. Eligió el futbol, la Escuela Nacional de Educación Física, las jornadas que empezaban a las cinco de la mañana y terminaban a las 10 de la noche, los entrenamientos, los partidos de sábado y domingo. “Todo tiene un precio en esta vida”.
“Marta Coronado, la Chispitas”, así le decían, contó entre risas. Su papel en el vestidor era bajar la tensión con bromas. En Italia, frente a una fuente automática, hacía que sus compañeras pidieran deseos; luego apretaba con el pie un botón escondido y el agua brotaba como si la fuente hubiera escuchado a la selección. Esa chispa no era detalle menor: también se compite con humor, con ligereza, con pequeñas ceremonias contra el miedo.
“Nada les va a caer del cielo”, advirtió Ramírez a las nuevas futbolistas. Coronado espera que su legado inspire a niñas y niños a no aceptar el “no puedes” como destino. Desde el CCUT, sus voces son una barrida limpia contra el olvido.



