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/Dulce María Sauri Riancho/
La discusión en torno al libro “Ni venganza ni perdón” suele plantearse en términos de oportunidad.
Se pregunta si aporta revelaciones, si confirma lo sabido y lo enriquece o si constituye un ajuste de cuentas con el expresidente López Obrador. El debate se concentra en su utilidad como denuncia o en su valor como documento político.
Pero el interés real del texto, desde mi particular punto de vista, está en otro lugar: en la manera en que uno de los hombres más cercanos al poder narra su desconcierto frente a un desenlace que, visto con perspectiva, tuvo poco de inesperado.
El libro no es tanto una revelación de algo desconocido como un ejercicio de extrañeza retrospectiva. No describe un poder desconocido, sino un poder que, llegado cierto punto, deja de ser aceptable para quien ayudó a alcanzarlo y administrarlo.
El conflicto central no es entre persona e institución, sino entre fidelidad personal y lealtad pública, cuando ambas entran en tensión. Y, sobre todo, cuando se vuelve necesario explicar por qué se permaneció tanto tiempo en esa zona gris.
Distinción necesaria
Conviene precisar los términos. Lealtad remite a la ley, a las reglas, a las instituciones. Fidelidad apela a la confianza, al vínculo personal, a la fe en un liderazgo. La primera es una virtud republicana; la segunda, una relación privada. El problema surge cuando se confunden, cuando la fidelidad al líder se presenta como lealtad al proyecto y cuando obedecer se describe como un acto de convicción democrática. Esa confusión no es excepcional: es uno de los recursos más eficaces del poder personal.
Desde esa perspectiva, la experiencia que Scherer nos relata no es singular ni trágica en sentido estricto. Forma parte de una historia conocida: la de quienes acompañan a un líder carismático convencidos de que, esta vez, el poder será distinto.
Los principios iniciales —democratizar al régimen, limitar el presidencialismo, respetar contrapesos, combatir la corrupción, evitar el uso político de la justicia— no fueron una invención posterior. Estaban en los discursos, se repitieron durante años y fueron creídos con convicción.
El problema no fue su formulación, sino la confianza en que esos principios bastarían para transformar al poder una vez conquistado. Lo cual no sucedió.
Porque el poder no opera como un programa de gobierno. No es una declaración de intenciones, sino una práctica en la que lo excepcional tiende a volverse regla.
La legalidad deja de ser límite y se convierte en instrumento. La autonomía institucional pasa de garantía a estorbo.
El mandato popular se invoca no para ampliar derechos, sino para anular voces discrepantes. Nada ocurre de golpe ni por accidente. Acontece con explicaciones razonables, con argumentos de eficacia y con la convicción de que el fin justifica la concentración.
¿Desviación o rasgo de origen?
El libro, sin embargo, evade una pregunta incómoda: ¿y si no hubo desviación alguna? ¿Y si la concentración del poder no fue una anomalía del trayecto, sino una constante previsible desde el origen?
Los antecedentes del liderazgo de López Obrador en el PRD —verticalidad, control férreo de las decisiones, disciplina por encima de pluralidad— no eran secretos de archivo. Estaban ahí, a la vista. No aparecieron de pronto en Palacio Nacional.
Aceptar esa lectura cambia el sentido del relato. Ya no se trata de un proyecto traicionado, sino de una expectativa equivocada. No de una transformación frustrada, sino de una interpretación voluntariamente optimista de una trayectoria política conocida. La sorpresa, en ese caso, no es un descubrimiento, sino una decisión tardía de dejar de mirar hacia otro lado.
El desafuero de 2005 funciona como antecedente revelador. Fue, sin duda, un episodio de confrontación política. Pero también implicó una discusión jurídica real. En aquel momento, la narrativa de persecución permitió relativizar las reglas en nombre de la causa. La indulgencia frente a la legalidad suele justificarse como sacrificio temporal; rara vez se reconoce como precedente.
La salida de Scherer en 2021 tampoco responde a un impulso intempestivo. Ocurrió después de la elección intermedia, cuando se pierde la mayoría calificada y el ejercicio del poder se vuelve menos tolerante con los matices. No es el gesto solitario del disidente, sino la retirada de quien constata que el margen para “contener desde dentro” se ha agotado. Cuando la lealtad institucional deja de ser útil y la fidelidad personal deja de ser suficiente.
Por eso, este libro no es una denuncia en sentido estricto. No hay documentos decisivos ni revelaciones que alteren la comprensión pública del sexenio. Tampoco hay estridencia. Es, más bien, un texto cuidadosamente contenido: una memoria política que busca ordenar el pasado y fijar una posición razonable dentro de una historia ya escrita.
La pregunta entonces no es si el libro busca venganza o perdón, sino si logra ir más allá de la explicación elegante. Porque explicar no equivale a asumir. Narrar no es lo mismo que hacerse cargo. Y describir la concentración del poder desde dentro no cancela la responsabilidad de haber contribuido a su normalización.
El tono mesurado del texto —reflexivo, prudente, sin exabruptos— no expresa tanto una autocrítica profunda como una administración retrospectiva del lugar ocupado. Hay énfasis en la buena fe inicial y en la imposibilidad posterior, pero poca revisión de los silencios, las decisiones acompañadas o las señales ignoradas. Es una diferencia relevante.
Advertencia o coartada
Con el tiempo, “Ni venganza ni perdón” probablemente será leído no como una advertencia ignorada, sino como una constatación tardía. No como ruptura, sino como el relato ordenado de una permanencia prolongada. No como un gesto de incomodidad frente al poder, sino como la descripción cuidadosa de hasta dónde se estuvo dispuesto a acompañarlo.
Su interés principal no radica en lo que revela sobre López Obrador, sino en lo que deja ver sobre una conducta política recurrente: la de quienes confunden cercanía con influencia, silencio con prudencia y permanencia con responsabilidad. No se trata de malicia, sino de adaptación. El poder rara vez se impone de golpe; se acepta paso a paso.
La historia, sin embargo, no suele atender a las explicaciones retrospectivas. Registra hechos, decisiones y momentos en los que aún era posible elegir. No distingue entre fidelidades bien intencionadas y lealtades tardíamente reclamadas.
Y cuando revisa los archivos, no pregunta quién lo dijo al final, sino quién actuó
cuando todavía importaba.
Licenciada en Sociología con doctorado en Historia. Exgobernadora de Yucatán













