*En su primer Viernes Santo como Pontífice, Prevost recorre las catorce estaciones del Vía Crucis en el Coliseo llevando personalmente la Cruz, en un gesto de profunda fuerza espiritual que evoca el sufrimiento del mundo contemporáneo y la esperanza cristiana.
/ Sebastián Sansón Ferrari – Ciudad del Vaticano /
“Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, danos a nosotros, miserables, hacer por ti mismo lo que sabemos que tú quieres, y siempre querer lo que te place, para que, interiormente purificados, interiormente iluminados y abrasados por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y por sola tu gracia llegar a ti, Altísimo, que, en Trinidad perfecta y en Simple Unidad, vives y reinas y eres glorificado, Dios omnipotente, por todos los siglos de los siglos. Amén”
Con esta oración, que resume abandono, confianza y esperanza, se cerró una de las imágenes más intensas de este Viernes Santo, 3 de abril de 2026, en el Coliseo de Roma: el Pontífice recorriendo, paso a paso, las catorce estaciones del Vía Crucis, cargando personalmente la Cruz en el primer Vía Crucis de su pontificado. Inspirado en la plegaria de San Francisco de Asís, el Papa invitó a “vivir nuestra existencia como un camino de participación progresiva en la relación de amor que une al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”.
Le acompañaron el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, monseñor Diego Ravelli; el cardenal vicario de la Diócesis de Roma, Baldo Reina; y los obispos auxiliares de la diócesis.
Vía Crucis: Cristo anula el mal con el amor. Quien abusa del poder responderá a Dios.
El Anfiteatro Flavio se llenó de más de 30.000 fieles: padres con sus hijos, jóvenes y adolescentes, sacerdotes, religiosos y religiosas, peregrinos de distintos lugares, todos reunidos en los espacios delimitados y especialmente preparados.
Las antorchas, pequeñas luces que iluminaban la tenue oscuridad, se sostenían junto a los libritos con las meditaciones escritas por el padre Francesco Patton, fraile menor y excustodio de Tierra Santa, quien en el camino de Jesús hacia el Gólgota vislumbra los desafíos del mundo actual.
Prevost, acompañado por dos jóvenes portadores de antorchas, sostuvo la cruz durante las catorce estaciones, cinco dentro y nueve fuera de la antigua arena, iluminada por focos y velas, convirtiéndose, de este modo, en el segundo Pontífice en portarla (san Juan Pablo II la había llevado entre 1980 y 1994). Como declaró días antes al salir de Castel Gandolfo, su gesto buscaba dar “una señal importante”: mostrar que Cristo aún sufre y llevar los sufrimientos de la humanidad en sus oraciones, como “líder espiritual hoy en el mundo”.
En un contexto marcado por guerras, fracturas sociales y creciente incertidumbre, el Papa ofreció una catequesis silenciosa: no se trató solo de representar la Pasión de Cristo, sino de asumir, de manera tangible, el sufrimiento de tantas personas. Estación tras estación, su gesto recogió el dolor disperso de la humanidad y lo elevó al misterio de la redención.
Durante el recorrido, se proclamaron pasajes del Evangelio acompañados por las meditaciones de Patton, que invitaban a encarnar en la vida diaria las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, incluso en un mundo lleno de ruido, distracciones y, a veces, indiferencia. Las reflexiones también ofrecieron una mirada lúcida sobre las dinámicas de poder y la fragilidad humana, recordando que el camino de la Cruz revela tanto nuestra debilidad como la fuerza transformadora del amor que se entrega.
“El Vía Crucis –escribió Patton– no es el camino de quien vive en un mundo de devoción abstracta, sino el ejercicio del que sabe que la fe, la esperanza y la caridad deben encarnarse en la vida real, donde el creyente es continuamente desafiado y constantemente debe hacer suyo el modo de proceder de Jesús”.
“Haz que te sintamos cercano, precisamente y sobre todo cuando caemos -fue una de las peticiones-, tan cercano en modo tal que nos demos cuenta de que eres tú el que nos levanta y nos vuelve a poner en el camino. Y haz que también nosotros aprendamos a confiar en la tierra, como el grano de trigo, sabiendo que la muerte, gracias a ti, es el seno de la vida eterna”.
Al final de cada estación, los fieles rezaron el Padre Nuestro y entonaron estrofas del Stabat Mater, antiguo himno que contempla a la Virgen María de pie junto a la Cruz, unida al sufrimiento de su Hijo.













