*NEMESIS.
/Fernando Meraz Mejorado/
Es un silencio que pesa más que el ruido de las campanas al mediodía. Es el silencio que enquistado en las aulas de México, donde la niñez y la adolescencia se sientan, día tras día, con las enormes mochilas cargadas de esperanzas que poco a poco se van desvaneciendo como el rocío ante un sol que no calienta. No es que falten libros, ni pizarras, ni paredes que cobijen: es que falta el alma del saber, y en su lugar han erigido laberintos sin salida, cursos que parecen hechos para confundir en lugar de iluminar.
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Los niños entran a la escuela como semillas recién sembradas, tiernas y ansiosas por abrirse al mundo. Pero el sistema de la 4-T, en lugar de regarlas con agua clara, las inunda de contenidos extraños, de temas que no tocan su vida, de ejercicios que parecen acertijos sin respuesta. Se les habla de teorías lejanas como estrellas que no se pueden tocar, de reglas que no sirven para entender el pan de cada día, de fórmulas que no resuelven la inquietud de por qué el campo se queda sin gente, de por qué hay ciudades que crecen y corazones que se apagan. Es como enseñar a navegar sin mostrarles el mar; como hablar de amor sin haberlo sentido jamás.
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Los adolescentes, mientras tanto, caminan por estos pasillos como viajeros perdidos en un país cuyo idioma no comprenden. Se les exige memorizar fechas que no explican el presente, nombres de héroes cuyas virtudes nunca se contrastan con la realidad, conceptos que se desvanecen apenas se cierra el cuaderno. Los cursos se amontonan como hojas secas en el otoño: muchos, frágiles, sin raíz ni fruto. El tiempo, que debiera ser su aliado para crecer, se convierte en un juez implacable que les pide rendir cuentas de aquello que nunca se les enseñó a valorar.
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Vemos a los jóvenes cargar con el peso de programas que parecen diseñados para cualquier lugar menos para este México de montañas y sequías, de tradiciones que se desvanecen y sueños que luchan por nacer. Se les obliga a aprender lo que no necesitan, y se les oculta lo que más necesitan saber: cómo pensar, cómo sentir, cómo transformar el mundo que les rodea. Es como darles un mapa dibujado al revés: cuanto más avanzan, más lejos llegan de su propio destino.
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Hay un dolor callado en las miradas de quienes salen de las aulas: la sensación de haber recorrido un largo camino y, sin embargo, no haber avanzado ni un paso hacia sí mismos. Cursos absurdos, desvinculados de la vida, extraños a la realidad, que consumen años preciosos como fuego que no da calor. Y mientras tanto, la niñez y la juventud —ese tesoro que debería ser la luz del futuro— se consumen en la oscuridad de un saber que no sabe, de una enseñanza que no enseña a ser
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La educación no debe ser una carga que se lleva en la espalda, sino unas alas que se despliegan en el pecho. Mientras sigamos llenando sus cabezas con lo que no sirve y vaciando sus almas de lo que importa, tendremos escuelas llenas y corazones vacíos, exámenes aprobados y destinos perdidos. Y el país, que necesita de su luz, seguirá caminando a tientas en la penumbra, esperando que algún día la educación vuelva a ser lo que debió ser siempre: el amanecer que despierta al pueblo.

