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08.10.2026. México.- El científico mexicano José Mario Molina Pasquel y Henríquez, ganador del Premio Nobel de Química en 1995 por sus investigaciones sobre las reacciones químicas que dañan la capa de ozono, falleció el 7 de octubre de 2020 en la Ciudad de México, a los 77 años. Su trabajo contribuyó a impulsar acuerdos internacionales para restringir sustancias industriales responsables del deterioro de esa barrera atmosférica.
Nacido el 19 de marzo de 1943 en la capital del país, Molina se convirtió en uno de los científicos mexicanos con mayor reconocimiento internacional. Su investigación permitió explicar cómo determinados compuestos fabricados por la industria podían permanecer en la atmósfera y liberar sustancias capaces de destruir el ozono estratosférico, que protege a la Tierra de una parte importante de la radiación ultravioleta solar.
Molina estudió Ingeniería Química en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde se graduó en 1965. Después cursó estudios de posgrado en la Universidad de Friburgo, Alemania, y obtuvo el doctorado en Fisicoquímica en la Universidad de California en Berkeley, Estados Unidos, en 1972. Fue durante su etapa de investigación en Berkeley cuando comenzó a desarrollar los estudios que lo llevarían a identificar los efectos de los clorofluorocarbonos (CFC) sobre la atmósfera.
En 1974 publicó junto con el químico estadounidense Frank Sherwood Rowland una investigación que advertía que los CFC, utilizados en refrigeradores, sistemas de aire acondicionado y aerosoles, podían alcanzar la estratosfera y participar en la destrucción del ozono. La propuesta generó investigaciones posteriores sobre el comportamiento de estos compuestos y sus consecuencias ambientales.
Los hallazgos de Molina y Rowland contribuyeron al proceso científico y diplomático que desembocó en el Protocolo de Montreal, firmado en 1987 para reducir y eliminar progresivamente la producción y el consumo de sustancias que agotan la capa de ozono. En 1995, Molina compartió el Nobel de Química con Rowland y el investigador neerlandés Paul Crutzen por sus aportaciones a la comprensión de la química atmosférica y de los procesos que afectan la concentración de ozono.
Su trayectoria académica incluyó puestos de investigación y docencia en la Universidad de California en Irvine, el Laboratorio de Propulsión a Chorro del Instituto Tecnológico de California y el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), donde trabajó entre 1989 y 2004. Posteriormente se incorporó a la Universidad de California en San Diego, donde participó en investigaciones sobre química atmosférica y contaminación.
Además de sus investigaciones sobre la capa de ozono, Molina dedicó parte de su trabajo a los problemas de contaminación del aire en las grandes ciudades y a las políticas públicas relacionadas con el medio ambiente. En México presidió el Centro Mario Molina para Estudios Estratégicos sobre Energía y Medio Ambiente, dedicado al análisis de asuntos como la calidad del aire, el cambio climático y el desarrollo sustentable. También formó parte de organismos científicos y consejos de asesoría en Estados Unidos, incluidos los vinculados con las administraciones de Bill Clinton y Barack Obama.
En 2003 ingresó a El Colegio Nacional, institución que reúne a integrantes destacados de la ciencia, las humanidades y las artes. A lo largo de su carrera recibió numerosos reconocimientos y doctorados honoris causa por su contribución a la investigación científica y a la protección ambiental.
La muerte de Mario Molina ocurrió el 7 de octubre de 2020, el mismo día en que se anunció el Premio Nobel de Química de ese año, otorgado a Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna por el desarrollo de un método de edición genética. La coincidencia fue consignada por la UNAM al informar sobre el fallecimiento del investigador mexicano.
Su legado científico quedó vinculado a una de las acciones internacionales más relevantes para enfrentar un problema ambiental global: la reducción de las sustancias que deterioran la capa de ozono. Sus investigaciones ayudaron a establecer la relación entre actividad industrial y cambios en la química de la atmósfera, y contribuyeron a que la evidencia científica se incorporara a las decisiones de gobiernos y organismos internacionales.

