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03.03.2026.- El machismo es la herida invisible que sostiene desigualdades y que muchas veces se oculta bajo la normalización de las violencias.
El machismo no es un asunto de opiniones aisladas ni de frases desafortunadas. Es un sistema cultural y social que coloca a los hombres en una posición de superioridad frente a las mujeres y que se reproduce en múltiples ámbitos: la familia, el trabajo, la política, los medios de comunicación y hasta en los gestos cotidianos.
Se trata de una estructura que legitima la desigualdad y que, según datos de la ONU, está directamente vinculada con la violencia de género que afecta a millones de mujeres en el mundo en distintos niveles hasta llegar a la violencia feminicida.
En México, por ejemplo, la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH 2021) reveló que más del 70% de las mujeres mayores de 15 años han sufrido al menos un incidente de violencia a lo largo de su vida. Detrás de esas cifras está el machismo, que se expresa tanto en agresiones físicas como en formas más sutiles de control y exclusión.
El machismo adopta distintas caras. El tradicional, que dicta que el hombre debe ser proveedor y la mujer cuidadora, sigue presente en la división sexual del trabajo: según el INEGI, las mujeres dedican en promedio 43 horas semanales al trabajo doméstico no remunerado, mientras que los hombres apenas 16.
El benevolente, disfrazado de protección, infantiliza a las mujeres y las coloca como seres frágiles que necesitan tutela mientras tiende trampas todo el tiempo. El hostil, más evidente, se manifiesta en insultos, desprecio y violencia directa.
Pero también existe el machismo institucional, que se refleja en leyes y políticas que perpetúan desigualdades. Un ejemplo claro es la brecha salarial: la Organización Internacional del Trabajo estima que las mujeres en América Latina ganan en promedio un 17% menos que los hombres por trabajos de igual valor.
El machismo simbólico, por su parte, se reproduce en los medios, análisis, columnas y en el lenguaje: expresiones como, no sabe gobernar, mandar etc. Siempre buscando reforzar la idea de que la mujer es inferior. Basta ver el lenguaje diferenciado en sus textos para uno y otro género. No aceptan que las mujeres tengan un cargo y por lo tanto no lo refieren para ellos es timbre de orgullo llamarlos Maestro,Doctor, General y hasta el capo más exitoso.
El machismo cotidiano es quizá el más difícil de erradicar porque se normaliza en bromas, comentarios y prácticas que parecen inofensivas. Sin embargo, son esas pequeñas violencias las que sostienen el edificio de la desigualdad. La cosificación sexual, la exclusión en espacios laborales, la invisibilización en la historia y la cultura son parte de un mismo entramado.
Los datos muestran que el machismo no es un problema individual, sino estructural. La CEPAL advierte que, si se mantuviera el ritmo actual de reducción de la desigualdad de género, se necesitarían más de 100 años para alcanzar una verdadera paridad en América Latina. Esa cifra revela la urgencia de desmontar el machismo en todas sus formas.
Hablar de machismo con enfoque de género implica reconocer que no basta con señalar actitudes individuales: se trata de transformar instituciones, prácticas culturales y relaciones sociales. La educación con perspectiva de género, la representación equitativa en espacios de poder y la visibilización de las mujeres en la historia y los medios son pasos indispensables.
Porque desmontar el machismo no es solo una tarea feminista: es una condición para construir sociedades más libres, igualitarias y humanas.













