México exporta más… pero decide menos .

*IMPRONTA

/ Carlos Miguel Acosta Bravo /

El notable crecimiento de las exportaciones mexicanas —impulsado principalmente por el sector no petrolero— podría, a primera vista, interpretarse como una señal inequívoca de fortaleza económica. Y en efecto, lo es. Sin embargo, en el contexto de la próxima renegociación del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, este dinamismo revela una realidad más compleja. México es hoy más relevante que nunca para América del Norte, pero también más dependiente.

El avance de entre 15 y 17 por ciento en las exportaciones no petroleras confirma el buen momento de la manufactura mexicana. Sectores como el automotriz, el electrónico y el de maquinaria han sabido capitalizar el fenómeno del nearshoring, integrándose aún más a las cadenas productivas de Estados Unidos. Esto no es menor, posiciona a México como un socio prácticamente indispensable para la economía estadounidense.

Pero aquí aparece el matiz crucial. Más del 80 por ciento de las exportaciones mexicanas tienen como destino Estados Unidos. Esta concentración, que durante años ha sido una ventaja logística y comercial, también es una fuente de vulnerabilidad estructural. Cuando una economía depende de un solo mercado, su margen de maniobra se reduce.

La paradoja es evidente. El mismo crecimiento que fortalece a México en términos económicos, lo expone en términos estratégicos. Una eventual desaceleración en Estados Unidos, un giro proteccionista o un cambio regulatorio pueden impactar de forma inmediata y profunda al aparato productivo mexicano. En la mesa de negociación, esta dependencia puede convertirse en una herramienta de presión.

Aun así, México no llega débil. Los datos también respaldan una narrativa favorable: el TMEC funciona. La integración productiva es tan profunda que resulta difícil —y costoso— para Estados Unidos sustituir a México en el corto plazo. Esto otorga cierto poder de negociación, aunque no necesariamente suficiente para evitar concesiones.

Y es ahí donde se jugará el verdadero equilibrio. Es previsible que Estados Unidos impulse reglas de origen más estrictas, mayores exigencias laborales y ambientales, e incluso restricciones en sectores estratégicos. No se trata de romper el tratado, sino de ajustarlo en función de sus propios intereses económicos y políticos.

El auge exportador también está estrechamente ligado al nearshoring, un fenómeno que ha colocado a México como una alternativa real frente a Asia, particularmente China. Esto abre oportunidades importantes: mayor inversión extranjera, generación de empleo y expansión industrial. Pero también plantea retos urgentes. Sin mejoras en infraestructura, energía, seguridad y estado de derecho, este impulso podría estancarse o incluso revertirse.

En el plano macroeconómico, los beneficios son claros, entrada de divisas, estabilidad cambiaria y crecimiento. Sin embargo, estos efectos positivos no se distribuyen de manera homogénea. El norte del país avanza a mayor velocidad, mientras el sur permanece rezagado, profundizando las brechas regionales. Además, la concentración exportadora incrementa la dependencia externa, limitando la capacidad de desarrollo autónomo.

En suma, México se encuentra en una posición ambivalente. Por un lado, el dinamismo exportador lo fortalece y lo vuelve indispensable en la región. Por otro, esa misma integración lo hace más sensible a decisiones externas.

De cara a la renegociación del TMEC, el país llega con mayor relevancia estratégica, sí, pero con menor margen de autonomía. Y esa es, quizás, la verdadera tensión que definirá el futuro económico de México: crecer hacia afuera sin perder la capacidad de decidir hacia adentro.

 

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Maestro en Comunicación por la Universidad Iberoamericana. Formó parte  del cuerpo académico en comunicación en la Ibero y en la Universidad Anáhuac, campus norte CDMX.