*NEMESIS
/ Fernando Meraz Mejorado /
En México, ser mujer a veces duele. Duele en la casa que no fue refugio, en la calle que no fue libre, en el trabajo que pagó menos, en el transporte donde la mano ajena borra la calma. Duele en los 10 feminicidios diarios que el país promedia, en las que no volvieron de la escuela, en las madres que rastrean con pico y pala, en las hijas que marchan con fotos que pesan más que cualquier pancarta.
La violencia contra la mujer aquí tiene muchas caras: es el golpe que se esconde tras “no pasó nada”, el silencio de las fiscalías, el “ella se lo buscó” que revictimiza, el presupuesto que no alcanza para un refugio, la alerta de género que llega tarde. Es la maquila de Juárez, la desaparición en Ecatepec, el novio que controla el celular, el jefe que condiciona el ascenso. Es Susana, Estela, Martha, Diana y Blanca haciendo plantón 240 días porque defender lo público también es defender la vida.
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Pero México también se escribe con resistencia. Con las que rompen el pacto del silencio en la sobremesa. Con las colectivas que buscan hasta debajo de la tierra. Con la maestra que cree a su alumna. Con la vecina que abre la puerta a las 3 a.m. Con la abogada que no suelta el expediente. Con las niñas que hoy saben decir “mi cuerpo es mío”.
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Que este texto duela, sí. Pero que también comprometa. Porque una sociedad que se acostumbra a contar muertas, ha dejado de contar como sociedad. Y porque nombrar la violencia es el primer paso para que mañana el nombre de una mujer deje de aparecer en una ficha de búsqueda y aparezca en la historia que elegimos protagonizar.
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Ni una más. Ni una menos. Todas.












