*Mis proyecciones en el espejo.
/Paula Roca /
Siempre he pensado que el mundo interior es el lugar más poderoso que existe. Así es como hoy veo el mío, después de un largo camino recorrido. Mi mirada ya no busca lo que perdí, sino todo lo que me rodea desde una perspectiva diferente.
Quizá nunca fui lo que otros esperaban. Quizá no formé parte de sus planes… y eso me encanta.
Quizá soy la oveja negra. O quizá una mariposa en plena metamorfosis. Lo único que sé es que la falsedad jamás encontrará el camino que conduce hasta mi cabaña.
Aquí el frío ya no existe. El aroma del café se mezcla con la madera, la tierra húmeda y la paz que tanto tiempo busqué. La luna ilumina el bosque y las montañas que se asoman desde mi ventana, recordándome que incluso la oscuridad puede estar llena de belleza.
El camino hasta llegar no fue fácil. No llegué intacta. Llegué con heridas, con raspones en el alma y con el olor salado de tantas lágrimas derramadas. Pero llegué.
De vez en cuando, el aullido de un lobo rompe el silencio y, lejos de asustarme, me recuerda la fuerza que habita en mí. Entonces miro hacia adelante y dejo de extrañar aquella vieja hoguera que un día llamé hogar. Quedó lejos.
Comprendí que quien no supo valorarme no me perdió a mí; perdió el privilegio de caminar a mi lado. La tormenta borró mis huellas. Ya nadie podrá seguirlas. Solo desde la distancia podrán imaginar el paisaje donde una intensa chimenea deja escapar su humo, donde el aroma de una mujer libre se mezcla con el café recién hecho, la tierra mojada y las huellas de quien aprendió a caminar por sí misma.
Y mientras sostengo una taza caliente entre las manos, sonrío y susurro:
Valió la pena llegar hasta aquí.
Llegar sin grilletes. Sin cadenas. Sin personas frustradas intentando romper mis alas para compensar sus propios sueños rotos.
Porque jamás pudieron controlar a la oveja negra que, con el tiempo, descubrió que también tenía alas de mariposa.
Hoy soy como una cabaña. Represento mi amor propio, mi refugio y la aceptación de quien soy. Comprendí que mi verdadero hogar nunca fue un lugar, sino mi corazón.
Cada latido me recuerda la fuerza y la vibración de todo lo que llevo dentro. Me recuerda que sigo aquí, que sigo de pie, que sigo siendo capaz de amar, de soñar y de volver a empezar.
Y entonces entiendo que estar viva es el regalo más grande: escuchar el latido de mi corazón, sentir la paz que habita en mí y saber que, después de todas las tormentas, por fin llegué a casa.


