*Linotipia
/ Peniley Ramírez /
Recuerdo cuando se iba: esa sensación de que debía quedarme despierta toda la noche mientras ella cruzaba el Atlántico. Mi insomnio y mi deseo de que llegara bien bastaban. Si yo pensaba en ella, mamá estaba a salvo. Volvería a mí unos días más tarde, envuelta en ropas extrañas, largas y oscuras, de un grosor inaudito en nuestra isla del Caribe. Si yo la cuidaba a la distancia, solo con mi deseo de que volviera, mamá estaría bien.
Peniley Ramírez es periodista de investigación y autora del libro Los millonarios de la guerra.
Han pasado más de 30 años desde aquellos días. Yo crecía en La Habana y mi madre, entonces una flamante ejecutiva de Cubana de Aviación, recorría el mundo haciendo negocios. Conservamos fotos de esos viajes. Mi madre frente a las pirámides cerca de El Cairo, la mezquita azul o la Puerta de Brandeburgo.
Crecí sabiéndola feliz, exitosa, plena. La vi luego salir de Cuba y reinventarse en el exilio. La vi dando clases en México y sobreviviendo a un divorcio brutal. Recuerdo su paso firme cuando cruzamos el puente que separa Matamoros de Brownsville, Texas, antes de pedir asilo en Estados Unidos. En Miami, la vi enamorarse de nuevo, emprender un negocio. La he visto en estos años construir una relación cercana con sus hijos y sus nietos aun viviendo lejos de todos nosotros.
A veces creo que mi madre puede teletransportarse. Cuando me avisaron que mi segundo hijo sería prematuro y nacería en pocas horas, mi madre viajó de un país a otro y llegó al hospital justo a tiempo para sostener mi mano en los momentos más difíciles. Cuando me divorcié, cargó conmigo mis cajas de libros, ropa y juguetes y me ayudó a instalarme en un departamento. Cuando gané una beca para cursar una maestría en Nueva York, recuerdo a mi madre armando muebles y acomodando la ropa en el apartamento minúsculo que renté para mi familia en el barrio de la universidad. Mi mamá ha estado en cada cumpleaños, ha leído cada texto, cada post, ha escrito cada día para decir lo que está haciendo, dónde está, para preguntar dónde estamos y qué hacemos nosotros.
Esto no significa que nuestra relación sea perfecta. Justo porque me conoce tan bien, muchas veces me ha dicho lo que no quiero oír. Hemos andado y desandado los sinuosos caminos de las relaciones cercanas entre dos mujeres fuertes que no se callan lo que piensan. He comprendido, con los años, que mi madre no es solo la heroína que viajaba por el mundo mientras yo pensaba en ella, sino también alguien que ha sorteado sus propios traumas y ha aprendido, como adulta (porque de niña nadie se lo enseñó), que el cuidado emocional es parte del trabajo de quien cría a un hijo.
Mi madre ha cultivado sus cariños con paciencia, ha mantenido cerca a sus amigos, nos ha enseñado que querer significa ocuparse de los otros, ha tomado decisiones firmes en momentos de su vida en los que necesitaba que la sostuvieran a ella, pero no siempre tuvo quien lo hiciera.
Cuando se enteró de que debían reemplazar la válvula principal de su corazón, mi madre decidió no contarle casi a nadie. “No quiero que todo el mundo me esté hablando de eso”, me dijo.
Este lunes, un cardiólogo seccionó el esternón de mi madre y le reparó el corazón. Cuando la vi después, intubada, llena de aparatos, pálida como un fantasma, pensé en aquellos días en que ella cruzaba el Atlántico y yo creía que la fuerza de mi deseo era suficiente para mantenerla a salvo. En estos días he pensado en todo lo que hay de mi madre en mí. He recordado cómo se dobla levemente mi labio cuando sonrío, igual que el suyo, en la sensación de nostalgia que nos invade a las dos cuando terminamos de leer un libro que hemos disfrutado mucho, en la forma como nos maravilla el arte, en nuestro humor negro, a veces muy cruel, en esa manía que tengo, igual que ella, de imaginar las historias de vida de los desconocidos que encuentro en la calle.
Escribo esta columna mientras mi madre camina despacio en su habitación de hospital, recuperando sus fuerzas.
Celebro que me haya criado una mujer que fue madre por convicción, no por obligación religiosa ni cultural.
Celebro que la vida me haya dado este momento para estar con mi madre, lavarle el cabello, masajearle la espalda y alimentarla. Y con ello, celebro que mi oficio me permita contar más historias de mujeres que defienden el derecho de todas a ser madres porque lo quieren, si lo quieren, bajo sus propios términos.











