*Cristal de Rica.-
/ Escrito por Cecilia Lavalle */
¿Para qué sirve la historia? Viendo Digger, la película más reciente de Alejandro González Iñárritu, lo recordé.
“Conocer la historia sirve para no repetir los errores”, nos decían en la escuela. Y para eso, francamente, no sirve. Los genocidios se han repetido, refinado y justificado más de una vez.
Su utilidad, me parece, tampoco termina en satisfacer la curiosidad tras buscar respuestas a preguntas relativas a: cómo éramos, dónde aprendimos a ser como somos, cuándo descubrimos tal o cual.
Aunque eso me parece fascinante, no encuentro ahí su principal utilidad. Para mí, la utilidad de la historia reside en la fortaleza que inspira y en la esperanza que ofrece. Sí. Por increíble que pueda parecer, yo encuentro fortaleza y esperanza en la historia. Acaso no en toda, pero sin duda sí en la de los derechos de las mujeres.
El 17 de octubre se conmemora el 73 aniversario del voto de las mujeres en México. Una historia que, en realidad, comenzó en Inglaterra y adquirió “acta de nacimiento” en Estados Unidos con la Declaración de Seneca Falls (1848).
En México, lo conseguimos en 1953. Y somos ejemplo mundial por nuestras reformas legales para instituir la paridad (2014) y la paridad en todo (2019).
¿No es irónico que sea precisamente en Estados Unidos donde la ultraderecha proponga que las mujeres dejen de votar?
¿No es irónico que en México busquen frenar y revertir esos avances con la intervención incluso de la Suprema Corte de Justicia de la Nación?
Irónico no sé; lamentable, sí. Y esperable, también.
La historia nos ha enseñado que, a cada avance importante por los derechos de las mujeres, viene una reacción de alto calibre impulsada por las mismas ideas que, en distintos momentos, nos han negado sistemáticamente derechos.
Estamos viviendo la Reacción. En casi todo el mundo.
Y ¿dónde encuentro fortaleza y esperanza?
Cuando leo la historia sufragista no puedo sino admirar el temple, la osadía, la constancia, la convicción a toda prueba de las sufragistas.
En Inglaterra tenían al Código Napoleónico, que establecía que las mujeres estaban sometidas -legalmente- a su esposo o a cualquier hombre de su vida.
En Estados Unidos no regía ese Código, pero para efectos prácticos era similar la situación.
Y en ambos países los movimientos sufragistas fueron espectaculares, por decir lo menos, y no amainaron cuando comenzaron a encarcelarlas.
En México, la herencia española había dejado leyes impregnadas del Código Napoleónico, aderezadas con un férreo catolicismo. Y, aun así, nos consiguieron el voto.
En la película Digger (una comedia oscura que, dicho sea de paso, recomiendo), hay una escena en la que muchos hombres poderosos están tomando una grave decisión, y al usar palabras altisonantes, uno dice: «Cuida tu lenguaje que hay mujeres presentes. Todos miran a su alrededor y, al comprobar que no hay ninguna, ríen a carcajadas de la broma».
Yo pensé: «Cada derecho que hoy ejercemos lo hemos conseguido contracorriente y, a veces, con tremendas resistencias. Y sí. No es descabellado que volvamos al punto en el que no haya una sola mujer tomando decisiones que afectan nuestra humanidad. Pero, si ya lo conseguimos una vez, lo podemos hacer dos. Eso alimenta mi esperanza».
www.cecilialavalle.com [email protected] @cecilia.lavalle.t
*Periodista de Quintana Roo, feminista e integrante de la Red Internacional de periodistas con visión de género.
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