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/ Tere Vale /
Hace unos cuantos días, el presidente de USA. sin asomo de pudor de por medio, se atrevió a amenazar con destruir en su totalidad a una nación que le incomodaba. Este estilo de comunicación ya clásicamente trumpiano, brutal y pendenciero, lo ha venido mostrando de cuerpo entero desde su primer año de gobierno en este su inexplicable segundo periodo de mandato. “Toda una civilización morirá esta noche para no volver nunca más”, le escupió al mundo con su desparpajo habitual. Su actitud, verbalizaciones y maneras me interesan no solo como periodista sino especialmente como psicóloga.
Muchas personas en todo el planeta nos preguntamos ese día si sería capaz de producir el tan cacareado “fin del mundo” ¡Qué temible!
Antonio Damasio, uno de los más reconocidos neurocientíficos del mundo, ha reportado de acuerdo con sus investigaciones evidencias de las posibles raíces biológicas de lo que llama el “compás moral”, localizado en distintas estructuras del cerebro humano. ¡Qué antojo poder estudiar el extraordinario cerebro que habita en la Casa Blanca! confieso haberme dicho muchas veces.
La violencia física o verbal, la amenaza o el acoso son conductas fenomenalmente complejas que dependen del concurso de varias estructuras cerebrales, no solo del área prefrontal como se supone generalmente, sino de una serie de partes encefálicas que, por su posición, integran información visual, auditiva y somatosensorial, entre otras, para dar como resultado esa agresión maligna que caracteriza a uno de los hombres más poderosos del mundo.
Históricamente se les ha llamado a estos sujetos sociópatas (que no se aún si es el caso) o “idiotas morales”, ya que muchos de ellos tienen una capacidad intelectual promedio o incluso superior, así como una personalidad carismática y encantadora que les permite atrapar fácilmente a sus víctimas, pero sin atisbo alguno de eso que llama Damasio un código moral o remordimiento. Estos seres actúan convenientemente el 99% del tiempo y solo en el restante 1%, cometen tropelías (en ocasiones pasmosas o desconcertantes) que los diferencian de los demás.
Para ellos no existe lo moral o lo inmoral, lo bueno o lo malo, conceptos que se relacionan con la actividad hipercompleja de ciertas zonas corticales y subcorticales. Al parecer, los sociópatas muestran una muy baja activación de estas áreas ante la solución de problemas que impliquen un juicio moral y son capaces de tomar decisiones rápidamente, aunque éstas lastimen a los demás, sin ningún tipo de cargo de conciencia. Lo único importante para estos entes es conseguir sus fines al costo que sea. Podríamos concluir telenovelescamente que no tienen “sentimientos”.
Todos somos en algún sentido sociópatas: cuando evadimos impuestos, mentimos, nos pasamos un alto, cuando copiamos en la escuela, nos robamos una idea, o somos corruptos. Traemos integrado siempre a nuestro Mister Trump, perdón, mejor dicho a nuestro Mr. Hyde muy adentro. Pero no todos somos capaces de rugir tan fuerte como para amedrentar al mundo. Hasta los sociópatas tienen un límite, creía.













