*Linotipia
/ Peniley Ramírez /
Una mujer se cuela en un autobús en Marruecos, cruza el estrecho de Gibraltar y llega a Mataró, cerca de Barcelona. Allí consigue tres trabajos, ahorra y trae a sus dos hijos. Cuando crece, el hijo conoce a otra migrante, que llegó con su madre desde Guinea Ecuatorial, un país pequeño y pobre en el centro de África.
Es julio de 2007. Ambos migrantes, ella de apenas 16 años, él de 21, tienen un hijo en la provincia de Barcelona. Viven con su bebé en una residencia para padres jóvenes. Cuando el niño tiene apenas seis meses, los padres ganan un sorteo de Unicef, en una campaña que promueve el futbol como desarrollo para la infancia. Su hijo posa en una foto ahora icónica junto a otro migrante, argentino, entonces de 20 años, ya una estrella del Club Barcelona. La fotografía aparece en la página de enero de 2008 del calendario.
Ese otro migrante, un muchacho de Rosario, Argentina, dejó su país a los 13 años. El contexto no es fácil. Su madre y sus hermanos no se adaptan y vuelven a Argentina. Él y su padre se quedan en Barcelona, donde el club le paga un tratamiento para ayudarle a crecer.
Separados por dos décadas, un futbolista vive su adolescencia en una ciudad que no conoce, mientras que el otro, con sus padres ya separados, crece en las instalaciones del Club Barcelona. Ambos sobreviven como pueden, anclándose al deporte.
Este 19 de julio los dos hombres, Lamine Yamal y Lionel Messi, van a protagonizar una final que conecta estas historias increíbles y simboliza lo más bello de este Mundial: las vidas de tantos migrantes que encuentran en el futbol un espacio para crecer y pertenecer.
Messi, ahora multimillonario, ha participado en campañas de Unicef centradas en el futbol y la infancia. Yamal, que con sus primeros sueldos compró un departamento a su padre y una casa a su madre, simboliza una generación de futbolistas cuyos padres llegaron a Europa desde África y cambiaron las vidas de sus familias gracias al futbol.
En la misma selección española de Yamal juega Nico Williams, quien nació en España. Sus padres llegaron en 1994, con su madre embarazada de Iñaki, su hermano mayor. Habían recorrido cinco mil kilómetros y atravesado cinco países. “Mi padre iba descalzo y se le quemaron las plantas de los pies”, dijo Iñaki en una entrevista. Ahora, ambos hermanos son estrellas del Athletic Club de Bilbao, ídolos de una nueva generación de españoles. Iñaki jugó en el Mundial representando a Ghana.
En este campeonato hubo 11 jugadores nacidos en España que disputaron el torneo con otras selecciones. Achraf Hakimi compitió como capitán de Marruecos, país de sus padres. Con la camiseta marroquí jugaron también Brahim Díaz, Chadi Riad, Ismael Saibari, Ayoube Amaimouni y Munir El Kajoui. Rodrigo Zalazar representó a Uruguay, Jeremy Arévalo a Ecuador y Nico Paz llegará a la final con el país de sus padres, Argentina.
En México, nos emocionamos con el gol maravilloso de Álvaro Fidalgo, que nació en Oviedo, contra República Checa, y lo vimos pelear por un último gol que no llegó contra Inglaterra. En esos partidos inolvidables, con todo el Azteca gritando por México, sentimos a Julián Quiñones, que nació en Colombia, muy nuestro. Quiñones metió un gol contra Sudáfrica, uno contra República Checa, otro contra Ecuador y un golazo contra Inglaterra.
En el Mundial brilló Folarin Balogun, de padres nigerianos, que jugó con la camiseta de Estados Unidos, donde nació. Y Australia vibró con Nestory Irankunda, quien nació en un campo de refugiados en Tanzania cuando sus padres huyeron del conflicto en Burundi. Mientras, los franceses han gritado las asistencias de Michael Olise, nacido en Inglaterra, de padre nigeriano, y han adorado a Kylian Mbappé, quien mantiene un fuerte vínculo con Camerún, el país de su padre.
Me gusta pensar que este ha sido el Mundial de los migrantes. Me gusta creer que este mes no solo nos deja el recuerdo de gritar con quienes no conocemos, de volvernos todos un poco expertos en balompié, de pensar que el futbol es este juego bonito cuya magia sobrevive al gran negocio. Me gusta pensar que el Mundial nos deja esto: la imagen de un niño migrante jugando en la calle, el espejo de nuestro mundo desigual, donde aún quedan ventanas para encontrar un espacio que vibra, que pertenece, que sigue soñando.


