Mundial excluyente.

*Ruth Zavaleta Salgado

Por extraño que suene, la historia del futbol moderno está vinculada con la lucha de clases sociales que se hizo presente en el proceso de industrialización de la vieja Inglaterra. Fue en Londres, en 1863, cuando las élites lo reglamentaron como  un “juego de caballeros”, pero se volvió popular cuando las clases trabajadoras urbanas se lo apropiaron. Era un juego barato, sencillo y comunitario: bastaba una pelota, un espacio abierto y equipos formados por obreros, estudiantes o vecinos que encontraron en la cancha una forma de identidad y pertenencia colectiva. La miniserie The English Game (Netflix), retrata de forma dramatizada el tránsito del futbol de juego de élites a uno popular. Paradójicamente, este Mundial podría representar la otra cara de la moneda: la captura del juego más popular del mundo por los grandes capitales que hoy predominan en el planeta.

El futbol se hizo universal no sólo por el desarrollo de la tecnología o porque es un deporte sencillo, sino porque sigue produciendo sentido de pertenencia. Diversos estudios científicos del campo de la sociología y la psicología han demostrado que el futbol funciona como ritual: los aficionados reunidos en familia o con extraños en la calle, cantan, visten con la camiseta, escuchan atentos la narración. Es decir, se construye comunidad porque millones de personas se identifican con un equipo o una nación hasta el punto de vivir como propia la victoria o la derrota.

Así, cada Mundial se vive como una fiesta popular capaz de hacer que se olviden, coyunturalmente, las diferencias sociales, políticas o económicas. La efímera emoción colectiva que produce no es comparable con otros acontecimientos sociales. Es por esto que, en la era de la tecnología, el futbol se volvió un suculento plan de negocios donde la afición cotidiana y de ocasión son un mercado cautivo de plataformas de transmisión, patrocinadores y empresas de servicios que, complacidos por la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) lo han transformado en un espectáculo global excluyente para la mayoría de las personas. En primer lugar, en lo económico. La experiencia de ir al estadio, que antes podía pensarse como una posibilidad familiar, hoy se convierte en privilegio para unos cuantos por el escandaloso costo de los boletos. Además, el problema no es sólo conseguir una entrada, sino competir en un mercado global de reventa, tarifas dinámicas, comisiones, paquetes de hospitalidad y precios que expulsan a la mayoría de los aficionados. En segundo lugar, la exclusión mediática. Durante décadas, el Mundial fue un acontecimiento de televisión abierta y de radio. Se veía en la sala, se escuchaba en el coche, en el mercado, en la fondita, en la taquería, en el taxi, en la oficina o en la tienda de la esquina. Era parte de una conversación pública compartida. Hoy, el acceso completo depende de suscripciones a plataformas digitales y paquetes adicionales que pocas personas pueden pagar o tener acceso.

Pero, además, el mundial es un problema político para gobernantes y gobernados. Se organiza con recursos públicos (infraestructura y seguridad) y con la paciencia de millones de personas que viven en las ciudades sedes, pero el disfrute pleno del evento está controlado por la voracidad privada. La Ciudad de México es un ejemplo claro de esa contradicción. Las personas que viven, trabajan o circulan por las zonas cercanas al Estadio Azteca, tienen que enfrentar cierres viales, filtros policiacos, rutas modificadas, obras inconclusas, y operativos que, en lugar de facilitar la vida cotidiana, convierten avenidas enteras en cuellos de botella —bajo el pretexto de frenar o prevenir cualquier manifestación—, incluso, 10 o 12 horas antes de cada evento para proteger el espectáculo, sin importar los derechos de los ciudadanos.

En resumen, el mundial tenía sentido porque la fuerza del futbol no estaba en los palcos ni en los contratos millonarios ni en las plataformas digitales, sino en la cancha, en la radio, en la televisión abierta y en la emoción compartida por quienes veían jugar a su selección como una forma de pertenencia colectiva ¿Algún día podremos recuperar ese valor