- Editorial
Como hemos reiterado la llegada de Claudia Sheinbaum a la presidencia de México ha marcado un hito histórico en la vida política nacional. Por primera vez, una mujer ocupa el máximo cargo del país, lo que representa un avance significativo en términos de representación y equidad.
Sin embargo, este hecho también ha puesto en evidencia cómo persisten narrativas de género que buscan restar legitimidad a su liderazgo, presentándola, entre otra muchas cosas, como una figura subordinada o tutelada por un hombre, en este caso Andrés Manuel López Obrador, expresidente y líder fundador de Morena.
El discurso de que Sheinbaum es presidenta “formal” pero que quien gobierna realmente es López Obrador constituye un ejemplo claro de violencia simbólica. Al igual que poner en duda sus estudios, o su capacidad de negociación (reconocida en el mundo) o simplemente la reiterada mención de su físico.
Este tipo de violencia no se manifiesta en ataques directos, sino en la reproducción de estereotipos y en la construcción de relatos que despojan a las mujeres de su autonomía. En el caso de Sheinbaum, la narrativa de tutela masculina sugiere que su poder no es propio, sino prestado o dirigido por un hombre, lo que refuerza la idea de que las mujeres no pueden ejercer autoridad plena sin la guía masculina.
Históricamente, este patrón se ha repetido en distintos países cuando una mujer llega al poder. En Argentina, Cristina Fernández de Kirchner fue constantemente presentada como dependiente de la figura de Néstor Kirchner, incluso después de su muerte.
En Brasil, Dilma Rousseff fue descrita como una presidenta que seguía las directrices de Lula da Silva, minimizando sus decisiones propias. En Chile, Michelle Bachelet enfrentó cuestionamientos sobre si su liderazgo respondía más a la herencia de la Concertación que a su capacidad personal.
En todos estos casos, el denominador común es la dificultad de reconocer a las mujeres como líderes autónomas, capaces de tomar decisiones sin tutela.
En México, la narrativa sobre Sheinbaum se alimenta de la continuidad política con el proyecto de la Cuarta Transformación. Es cierto que su gobierno mantiene líneas de acción heredadas de López Obrador, pero esa continuidad no debería interpretarse como incapacidad de liderazgo sino en la continuidad de su proyecto.
En la política, la sucesión de proyectos es común, y cuando se trata de hombres, rara vez se cuestiona su autonomía por seguir la línea de un antecesor. El sesgo aparece cuando, por ser mujer, se le atribuye dependencia y se le niega la posibilidad de construir su propio estilo de gobierno.
Detectar estas narrativas es fundamental para comprender cómo opera la violencia de género en el discurso político. No se trata de negar la influencia de López Obrador en la vida pública mexicana, sino de señalar que el énfasis en presentar a Sheinbaum como una figura tutelada responde más a un prejuicio de género que a un análisis objetivo.
El lenguaje que la describe como “presidenta decorativa” o como “la que obedece” reproduce estereotipos que históricamente han relegado a las mujeres a papeles secundarios, incluso cuando ocupan cargos de máxima responsabilidad.
La violencia simbólica se manifiesta también en la forma en que se narran sus decisiones. Cuando Sheinbaum anuncia políticas propias, muchas veces se interpretan como continuidad automática de López Obrador, sin reconocer su capacidad de agencia.
Este tipo de lecturas invisibiliza su liderazgo y refuerza la idea de que las mujeres no gobiernan por sí mismas. En contraste, cuando un hombre sucede a otro en el poder y mantiene políticas similares, se le reconoce como líder autónomo que decide continuar una línea de acción.
El caso de Claudia Sheinbaum es paradigmático porque expone cómo el género condiciona la percepción del poder. La violencia de género en columnas y discursos no siempre se expresa con insultos, sino con narrativas que deslegitiman la autoridad femenina.
Reconocerlo es clave para desmontar los prejuicios y construir un periodismo más profesional.
El relato público de que Sheinbaum gobierna bajo la sombra de López Obrador es más que un análisis político: es un ejemplo de cómo la violencia simbólica opera en el discurso público para restar legitimidad a las mujeres en el poder.
Detectar y señalar estas narrativas permite visibilizar los sesgos de género y avanzar hacia una sociedad que reconozca plenamente la autonomía y capacidad de las mujeres en la política.












