Nuevo pacto civilizatorio

*
/ Verónica Malo Guzmán /

Hace unos días, mientras preparaba la presentación que acompañara el evento en que se daría a conocer el más reciente libro de Agustín Basave, La era de la ira, terminé pensando adicionalmente en otra cosa…

En el tablero político. En las reglas sociales. En la posibilidad de que como humanidad —al menos los del mundo occidental— estemos intentando responder a las preguntas del siglo XXI con categorías políticas inventadas para el XIX.

Quizá los asuntos que nos debieran preocupar como sociedades ya no sean quiénes gobiernan. Esto es, que sea menester dejar de creer que todo debe ser gobernado y regulado.

Durante más de doscientos años construimos nuestras democracias alrededor de una premisa que parecía indiscutible: el Estado era el gran organizador de la vida colectiva. La educación, la seguridad, la información, la infraestructura, la salud, la ciencia, la cultura, e incluso buena parte de nuestra identidad, transitaban inevitablemente por él. Era lógico, entonces, que la política ocupara el centro de nuestras conversaciones.

Pero el mundo empezó a moverse. Y lo hizo sin pedir permiso. Millones de personas trabajan para empresas instaladas en países donde nunca han vivido. Aprenden en plataformas que no pertenecen a ninguna universidad de su ciudad. Construyen redes profesionales que atraviesan continentes. Financian proyectos sin acudir a bancos tradicionales.

Encuentran comunidades mucho más sólidas en espacios digitales que en organizaciones políticas. Y ahora, la inteligencia artificial comienza a desempeñar tareas que hace apenas unos años parecían patrimonio exclusivo de grandes burocracias o de especialistas altamente calificados.

Todo lo anterior ya está ocurriendo. Sin revoluciones. Sin manifiestos. Sin que apenas hayamos encontrado el lenguaje para describirlo.

Seguimos discutiendo apasionadamente si el poder debe quedar en manos de la izquierda, de la derecha, del liberalismo, del conservadurismo o de una socialdemocracia renovada. Pero empiezo a sospechar que todas esas corrientes comparten un supuesto que casi nadie cuestiona: que el Estado seguirá siendo el centro de gravedad de la vida colectiva.

¿Y si dejara de serlo?

No hablo de un Estado que desaparezca. Sería una fantasía tan ingenua como peligrosa. Hablo de un Estado que deja de ser el intermediario obligado para organizar cada aspecto de nuestra convivencia. La diferencia no es menor.

La historia está llena de instituciones que perdieron el monopolio sin desaparecer. La imprenta no acabó con las universidades; terminó con su exclusividad sobre el conocimiento. Internet no destruyó a los medios de comunicación; acabó con su control sobre la circulación de la información. Tal vez la inteligencia artificial haga algo parecido con numerosas funciones que hoy seguimos considerando naturalmente estatales.

Eso obligaría a replantear una de las preguntas fundacionales de la política moderna.

Durante generaciones discutimos quién debía ejercer el poder. Quizá la cuestión decisiva del siglo XXI sea otra: ¿qué parte de nuestra vida necesita realmente pasar por el poder?

Creo que estamos asistiendo al nacimiento de un nuevo pacto civilizatorio. No simplemente un nuevo contrato social. Algo más profundo.

Un orden donde la cooperación entre ciudadanos dependerá cada vez menos de jerarquías verticales y de partidos políticos y cada vez más de redes distribuidas, reputación digital, comunidades voluntarias, inteligencia artificial y tecnologías capaces de coordinar millones de decisiones sin necesidad de una autoridad permanente supervisándolo todo.

Durante siglos, los ciudadanos necesitaron al Estado para encontrarse con otros ciudadanos. Hoy basta un teléfono celular para construir una empresa, aprender un oficio, participar en un proyecto científico internacional, financiar una idea o formar parte de una comunidad global.

Eso cambia mucho más que la economía. Cambia la manera en que entendemos el poder.

Quizá por eso las generaciones más jóvenes parecen mirar con creciente distancia a la política institucional. Solemos interpretar ese alejamiento como apatía. No estoy tan segura. Tal vez no hayan renunciado a participar. Tal vez simplemente trasladaron su participación hacia espacios donde la política dejó de ser el eje alrededor del cual gira toda la existencia.

Esa intuición apareció una y otra vez mientras preparaba aquella presentación que mencioné, y desde entonces no ha dejado de acompañarme.

No sé si esta hipótesis terminará confirmándose. La historia tiene la desagradable costumbre de desmentir a quienes creen haber descubierto la dirección que tomará.

Pero sí estoy convencida de algo: los grandes cambios civilizatorios casi nunca anuncian su llegada. Se instalan lentamente, modifican nuestros hábitos antes que nuestras leyes y alteran nuestra forma de vivir mucho antes de que encontremos las palabras para explicarlos. Quizá eso sea exactamente lo que está ocurriendo.

Mientras seguimos discutiendo quién ganará las próximas elecciones, el mundo podría estar decidiendo algo infinitamente más importante: las reglas sociales del siguiente siglo.