Ormuz, la llave energética que enfrenta a Estados Unidos e Irán

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05.08.2026.- El Estrecho de Ormuz se ha convertido nuevamente en el principal punto de presión entre Estados Unidos e Irán y en una de las piezas más delicadas de la crisis que mantiene en vilo al mercado energético mundial. Lo que está en juego no es únicamente quién controla el paso de los barcos por una franja marítima de apenas unas decenas de kilómetros: sobre la mesa están la libertad de navegación, las exportaciones de petróleo y gas, el bloqueo estadounidense a los puertos iraníes, el programa nuclear de Teherán, las garantías de seguridad y la posibilidad de detener una nueva escalada militar.

La situación llegó este martes 4 de agosto de 2026 a un momento especialmente delicado. Mientras funcionarios estadounidenses aseguraron que existen avances en las conversaciones impulsadas con participación de Omán y que incluso podría alcanzarse un acuerdo para normalizar el tránsito marítimo, Irán insiste en que no mantiene negociaciones directas con Washington. El gobierno iraní afirma que sus contactos actuales son con Omán y están dirigidos a establecer condiciones para una navegación segura.

La contradicción no es menor. Para Estados Unidos, la reapertura de Ormuz es la primera fase de un entendimiento más amplio con Irán. El presidente Donald Trump ha señalado que las conversaciones deben comenzar por la apertura del estrecho y después abordar la cuestión nuclear iraní. “La primera fase es la apertura de los estrechos. La segunda fase será la desnuclearización”, dijo Trump, de acuerdo con Associated Press.

Para Teherán, en cambio, la cuestión del estrecho está directamente relacionada con el conflicto militar y con las medidas estadounidenses contra Irán. Desde la perspectiva iraní, no tendría sentido restablecer las condiciones anteriores a la guerra mientras continúen las acciones estadounidenses y el bloqueo de sus puertos.

El Estrecho de Ormuz es estratégico porque constituye la salida natural del Golfo Pérsico hacia el Golfo de Omán y el océano Índico. Por sus aguas transitan enormes cantidades de hidrocarburos procedentes de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak, Qatar e Irán.

Los datos de la Administración de Información Energética de Estados Unidos muestran la dimensión del problema. Durante el primer semestre de 2025 circularon por Ormuz alrededor de 20.9 millones de barriles diarios de petróleo y derivados, equivalentes a cerca de una quinta parte del consumo mundial de líquidos petrolíferos y aproximadamente una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo. Además, alrededor de 11.4 mil millones de pies cúbicos diarios de gas natural licuado atravesaron el estrecho, más de una quinta parte del comercio mundial de GNL.

La importancia del estrecho no radica solamente en el volumen que transporta, sino en la dificultad para sustituirlo. Existen oleoductos que permiten sacar parte del petróleo del Golfo Pérsico sin atravesar Ormuz, pero su capacidad es considerablemente menor. La EIA calcula que los oleoductos de Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos podrían ofrecer conjuntamente unos 4.7 millones de barriles diarios de capacidad alternativa, una cifra muy inferior al flujo habitual por el estrecho.

Por ello, cada amenaza contra Ormuz repercute inmediatamente en el precio internacional del petróleo.

La tensión actual también tiene un antecedente inmediato. En junio, Washington y Teherán habían alcanzado un memorándum de entendimiento destinado a detener el conflicto y restablecer la navegación por Ormuz. Ese arreglo contemplaba un cese de las operaciones militares, la reapertura del estrecho y la continuación de negociaciones sobre cuestiones de mayor alcance, incluido el programa nuclear iraní. Sin embargo, el acuerdo provisional se deterioró y las hostilidades volvieron a intensificarse.

Estados Unidos posteriormente volvió a imponer un bloqueo naval a los puertos iraníes después de ataques contra buques comerciales en Ormuz. El despliegue estadounidense elevó nuevamente el riesgo de una confrontación directa en una zona por donde circula una parte fundamental del comercio energético mundial.

Ahora, la negociación intenta encontrar una salida a ese círculo.

Uno de los asuntos más sensibles es quién controla las rutas marítimas dentro del estrecho.

De acuerdo con información obtenida por Associated Press de funcionarios regionales, el esquema que se encuentra sobre la mesa contempla dividir el tránsito: los barcos que ingresen al Golfo Pérsico utilizarían una ruta bajo supervisión iraní, mientras que los que salgan utilizarían una vía administrada por Omán, país situado al otro lado del estrecho. La fórmula busca permitir el movimiento de embarcaciones sin conceder a Irán el control total que Washington rechaza.
La propuesta, sin embargo, todavía enfrenta obstáculos.

Irán quiere mantener una posición de control sobre el tránsito marítimo y ha planteado mecanismos relacionados con la seguridad y el mantenimiento de las rutas. Estados Unidos, por su parte, se opone a cualquier arreglo que pueda traducirse en que Teherán tenga capacidad para decidir unilateralmente quién entra o sale del Golfo Pérsico. Washington defiende el principio de libre navegación internacional.

También existe una disputa económica alrededor del tránsito. Las propuestas analizadas incluyen posibles tarifas asociadas con seguridad y mantenimiento ambiental, pero Trump ha expresado rechazo a que Irán pueda convertir el paso estratégico en una fuente de ingresos mediante cobros a los barcos.

El segundo gran elemento de la negociación es el bloqueo estadounidense.

Irán busca que Washington retire o relaje las medidas que impiden la normalización de sus exportaciones y el funcionamiento de sus puertos. Estados Unidos ha utilizado el bloqueo como instrumento de presión para obligar a Teherán a aceptar un acuerdo más amplio.

En negociaciones anteriores, Teherán ya había planteado una fórmula semejante: reabrir el estrecho a cambio de que Estados Unidos levantara el bloqueo y terminara las operaciones militares. Aquella propuesta no prosperó porque Washington insistió en que cualquier acuerdo debía incluir la cuestión nuclear iraní.

Así, el petróleo es otro de los grandes elementos de la disputa.

Para Irán, poder exportar crudo significa obtener los ingresos necesarios para sostener su economía. Para Estados Unidos, permitir esas exportaciones sin obtener concesiones políticas y militares significaría reducir uno de sus principales mecanismos de presión sobre el gobierno iraní.

La reapertura de Ormuz también tendría un efecto inmediato sobre los mercados. El 4 de agosto, las expectativas de avances diplomáticos provocaron una fuerte caída del precio del petróleo. Reuters reportó que el Brent terminó la jornada en 79.36 dólares por barril, después de caer más de 5 por ciento, mientras el West Texas Intermediate cerró en 75.77 dólares.

Esto explica por qué la crisis dejó de ser exclusivamente un enfrentamiento entre Washington y Teherán. Los países del Golfo, las grandes economías asiáticas y los principales importadores de energía tienen un interés directo en que el estrecho permanezca abierto.

China, India, Japón y Corea del Sur son particularmente importantes porque concentran la mayor parte del petróleo que pasa por Ormuz con destino a Asia. Durante el primer semestre de 2025, esos cuatro países representaron conjuntamente alrededor de 74 por ciento de los flujos de crudo y condensados que atravesaron el estrecho.

Qatar también tiene un interés extraordinario en la solución porque es uno de los principales exportadores mundiales de gas natural licuado y utiliza Ormuz para transportar buena parte de sus cargamentos. Por ello, los países del Golfo han incrementado sus esfuerzos diplomáticos para evitar una escalada que termine afectando todavía más sus economías.

En ese escenario, Omán desempeña un papel particularmente importante.

El sultanato ha sido durante años uno de los principales intermediarios entre Estados Unidos e Irán y actualmente participa en las conversaciones destinadas a encontrar una fórmula para restablecer la navegación. Qatar y otros actores regionales también intervienen en los esfuerzos diplomáticos. Reuters informó que Qatar, Pakistán y Omán están involucrados en distintos esfuerzos de mediación.

Pero detrás del conflicto marítimo existe una disputa mucho mayor: el programa nuclear de Irán.

Trump ha dejado claro que la reapertura de Ormuz no sería suficiente para Washington. Estados Unidos busca que Teherán acepte compromisos que reduzcan o eliminen lo que considera la amenaza de que Irán desarrolle armas nucleares.

Irán, por su parte, sostiene que su programa nuclear tiene fines pacíficos y ha rechazado las condiciones que considera una renuncia a su soberanía tecnológica.

La diferencia es fundamental porque Washington pretende utilizar la crisis del estrecho para alcanzar un acuerdo político más amplio, mientras Teherán busca evitar que la reapertura de una ruta marítima estratégica termine convirtiéndose en una capitulación sobre su programa nuclear.

También está en discusión la actividad militar iraní en la región.

Estados Unidos pretende reducir las capacidades que considera una amenaza para sus fuerzas y para sus aliados, así como limitar las acciones de grupos armados respaldados por Irán en distintas partes de Medio Oriente. El problema es que para Teherán esas organizaciones forman parte de su estrategia de seguridad regional y cualquier concesión tendría un elevado costo político interno.

Por eso la negociación tiene varias capas.

En la superficie está Ormuz y la necesidad urgente de reactivar el tránsito comercial. Debajo se encuentran el bloqueo estadounidense, las exportaciones iraníes de petróleo, las sanciones, la cuestión nuclear, las garantías de seguridad y el papel militar de Irán en Medio Oriente.

Y todavía existe otro problema: la confianza.

El antecedente de junio pesa sobre las conversaciones actuales. El memorándum que había permitido una reducción de las hostilidades terminó deteriorándose, y ambas partes se culpan mutuamente de haber incumplido sus compromisos.

Por eso, incluso si Washington y Teherán alcanzaran un acuerdo sobre la navegación, quedaría pendiente determinar quién supervisará su cumplimiento y qué ocurrirá si alguno de los dos gobiernos considera que el otro violó lo pactado.

El momento actual es, por ello, de negociación pero también de presión.

Funcionarios estadounidenses han transmitido optimismo. Marco Rubio reconoció que existen avances en las conversaciones entre Irán y Omán, aunque aclaró que todavía no existe un acuerdo definitivo. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, incluso señaló que podría haber un acuerdo para abrir el estrecho “hoy o mañana”.

Irán mantiene una postura mucho más cautelosa y niega que exista una negociación directa con Washington. Su cancillería sostiene que los contactos con Omán buscan establecer condiciones para una navegación segura, pero ha advertido que una solución permanente requiere abordar la causa de fondo del conflicto.

El resultado de estas conversaciones tendrá consecuencias mucho más allá de Medio Oriente.

Si Ormuz vuelve a operar con normalidad, se reduciría una de las mayores amenazas para el suministro mundial de petróleo y gas, podrían disminuir las primas de riesgo incorporadas al precio de los hidrocarburos y se abriría espacio para una negociación más amplia entre Estados Unidos e Irán.

Si las conversaciones fracasan, el escenario sería muy distinto. Una nueva escalada militar podría mantener restringido el tránsito marítimo, elevar nuevamente los precios energéticos y aumentar el riesgo de que otros países de la región terminen involucrados directamente en el conflicto.

En realidad, la disputa por Ormuz no consiste únicamente en decidir quién puede pasar por un estrecho.

Es una negociación por el control de una de las principales arterias energéticas del planeta y, al mismo tiempo, por el futuro de la relación entre Estados Unidos e Irán.

Washington quiere libertad de navegación, reducción de la amenaza nuclear iraní, garantías de seguridad y concesiones sobre la actividad militar de Teherán. Irán busca el fin de las hostilidades, el levantamiento del bloqueo, la recuperación de sus exportaciones y conservar una posición de influencia sobre el estratégico estrecho.

Omán intenta construir un puente entre ambas posiciones.

La pregunta que permanece abierta es si ese puente será suficiente para evitar otra guerra o si Ormuz volverá a convertirse en el punto donde una disputa diplomática termine transformándose en una confrontación militar.

La clave para explicar el momento actual es que “reabrir Ormuz” y “resolver el conflicto entre Estados Unidos e Irán” no son exactamente la misma negociación: la primera es la urgencia inmediata; la segunda incluye el expediente nuclear, sanciones, bloqueo, seguridad regional y las garantías que ambas partes exigen.