Pensar a futuro .

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/Azul Etcheverry /

La respuesta de México ante los nuevos aranceles impuestos por Estados Unidos vuelve a poner sobre la mesa una realidad incómoda: la relación bilateral nunca es del todo estable, sino una constante negociación de intereses desiguales. Cada medida económica que cruza la frontera norte no solo impacta cifras, sino también decisiones políticas, narrativas nacionales y márgenes de soberanía.

Cuando Estados Unidos utiliza los aranceles como herramienta de presión, el mensaje es claro: la economía se convierte en un mecanismo de control político.

Para México, esto representa un dilema recurrente entre responder con firmeza o apostar por la vía diplomática para evitar una escalada que termine afectando a sectores productivos y a la población en general.

La postura del gobierno mexicano, al priorizar el diálogo y las soluciones diplomáticas, refleja una estrategia pragmática. En un contexto global marcado por tensiones comerciales y conflictos geopolíticos, un enfrentamiento directo podría resultar más costoso que beneficioso. Sin embargo, esa prudencia también es interpretada por algunos como una señal de debilidad.

El problema de fondo es que los aranceles rara vez castigan a los gobiernos; castigan a las economías locales, a los trabajadores y a los consumidores. En México, sectores clave como la energía, el transporte y la industria pueden resentir cualquier ajuste comercial, incluso si el país no es el objetivo principal de la medida.

Además, estas decisiones unilaterales evidencian lo frágiles que pueden ser los acuerdos comerciales cuando entran en juego intereses políticos internos. Lo que hoy se justifica como una sanción estratégica, mañana puede convertirse en un precedente que erosione la confianza entre socios.

México se encuentra, una vez más, en la posición de equilibrar dignidad nacional con realismo económico. Defender su postura sin cerrar canales de diálogo es un acto de malabarismo diplomático que exige claridad, coherencia y respaldo interno.

También es momento de reflexionar sobre la necesidad de diversificar alianzas comerciales. Depender en exceso de un solo socio deja al país vulnerable ante decisiones que no controla y que pueden cambiar con cada administración extranjera.

En última instancia, la respuesta a los aranceles no debería limitarse a apagar incendios inmediatos. Debe ser parte de una estrategia de largo plazo que fortalezca la autonomía económica de México y reduzca la recurrencia de estas presiones cíclicas.