Planificar la vida también es un derecho

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*CON SINGULAR ALEGRÍA

/ POR GILDA MONTAÑO HUMPHREY /

Hay asuntos que no deberían tener partido político, ideología, religión ni género. La planificación familiar es uno de ellos.

Porque decidir cuántos hijos queremos tener, cuándo tenerlos y cuánto tiempo queremos esperar entre uno y otro no es un privilegio. Es un derecho. Y cuando hablamos de derechos, el Estado no puede poner obstáculos donde debería abrir puertas.

Lo digo con especial convicción, porque alguna vez tuve la responsabilidad de presidir el Consejo Estatal de Población. Y entonces entendí algo que nunca he olvidado: una política pública puede quedarse en un discurso o puede convertirse en algo que llegue verdaderamente a las manos de la gente.

Nosotros conseguimos distribuir dos millones de cartillas de Planificación Familiar. No fue un esfuerzo de una sola persona. Fue posible gracias al trabajo conjunto del sector salud y al respaldo del entonces subsecretario de Educación, el Prof. Gómez Bravo Topete, entre muchos otros servidores públicos que entendieron que informar también era salvar vidas.

Hoy, tantos años después, sigo pensando lo mismo.

No puede haber obstáculos para que una mujer o un hombre puedan decidir responsablemente sobre su reproducción. Y esto incluye, por supuesto, a los hombres.

Durante demasiado tiempo la planificación familiar pareció ser una responsabilidad exclusivamente femenina. Como si el embarazo fuera asunto de las mujeres y los hombres solamente estuvieran ahí para producirlo. No puede seguir siendo así.

La vasectomía es una alternativa de planificación familiar para los hombres que han decidido no tener más hijos o que han decidido no tenerlos. Y existe todavía una cantidad enorme de prejuicios alrededor de ella. Algunos hombres creen, equivocadamente, que afecta su virilidad, su deseo sexual o su capacidad de tener relaciones sexuales.

No es así. La propia Secretaría de Salud ha explicado que la vasectomía no afecta la función eréctil, los niveles hormonales ni el deseo sexual. Su función es impedir el paso de los espermatozoides.

Entonces debemos preguntarnos: ¿por qué seguimos hablando tan poco de la responsabilidad reproductiva masculina?

Una sociedad verdaderamente moderna no puede cargar sobre los hombros de las mujeres toda la responsabilidad de evitar un embarazo. La reproducción es cosa de dos. La responsabilidad también.

Y hay algo más importante todavía.

La nueva Norma Oficial Mexicana de Planificación Familiar y Anticoncepción, publicada este año, no deja lugar a dudas: el Estado debe garantizar información, consejería y servicios de planificación familiar de calidad, gratuitos en las instituciones públicas, respetando la autonomía y la decisión libre e informada de cada persona.

Eso significa que ninguna mujer debería tener que suplicar por un método anticonceptivo. Ningún hombre debería ser ridiculizado por preguntar por una vasectomía. Nadie debería ser juzgado por decidir responsablemente cuándo tener hijos, cuántos tener o decidir no tenerlos.

Planificar no es negar la vida. Es darle a la vida mejores condiciones.

Es evitar embarazos no planeados. Es permitir que una pareja pueda preparar su casa, su economía y su corazón para recibir a un hijo. Es darle a una mujer la posibilidad de continuar sus estudios, conservar su empleo o decidir cuándo quiere ser madre. Es permitir que un hombre asuma su paternidad con responsabilidad y no solamente como consecuencia de una relación sexual.

Y es, también, una forma de combatir la pobreza.

Porque cuando una niña se convierte demasiado pronto en madre, cuando una mujer tiene hijos que no estaba preparada para recibir, cuando una familia no puede decidir libremente sobre el tamaño de su hogar, no estamos frente a un problema privado. Estamos frente a un problema social.

Por eso recuerdo aquellos dos millones de cartillas que entregamos hace tantos años. Eran solamente cartillas de papel. Pero dentro de ellas había algo mucho más grande: información, libertad y posibilidad de elegir.

Hoy México tiene nuevas normas, nuevos conocimientos y mejores métodos. Lo que no podemos permitir es que existan viejos obstáculos. Porque una nación que quiere ser justa debe comprender una verdad elemental: nadie debe decidir por nosotros sobre nuestra propia vida reproductiva.

Ni el Estado. Ni la pareja. Ni la familia. Ni los prejuicios. Ni mucho menos la Iglesia.

La decisión debe ser libre, informada, responsable y acompañada por un sistema de salud que, en lugar de cerrar puertas, las abra.

Eso también es justicia. Y eso también es construir un país más humano y libre.

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