*La Lengua de Tácita Muta.

/ Por Angélica Cristiani Mantilla /
Hay algo profundamente conmovedor en descubrir que somos el sueño cumplido de mujeres que murieron sin conocer las libertades que hoy llevamos entre las manos.
Mujeres que nunca pudieron votar, pero nos enseñaron a levantar la voz. Que jamás ocuparon un cargo público, pero sostuvieron comunidades enteras. Que no aparecieron en los libros de historia porque estaban demasiado ocupadas cambiándola.
Pienso en nuestras abuelas y se me hace un nudo en la garganta.
Porque nuestras libertades tienen raíces. Y muchas fueron regadas con lágrimas.
Este 17 de octubre conmemoramos 73 años del reconocimiento constitucional del derecho de las mujeres mexicanas a votar y ser votadas en elecciones federales.
Setenta y tres años desde que el Estado mexicano reconoció algo que debió ser incuestionable desde siempre: que las mujeres también éramos ciudadanas.
Parece increíble que durante generaciones pudiéramos criar a quienes gobernaban el país, educarlos, alimentarlos, enseñarles a caminar y hasta ayudarles a construir sus discursos, pero no tuviéramos derecho a elegirlos.
Podíamos cargar con el peso del mundo, siempre que no pretendiéramos decidir hacia dónde debía caminar.
Y nuestras abuelas se rebelaron.
Algunas marcharon. Otras escribieron. Muchas resistieron desde las escuelas, los campos, las fábricas y sus propias casas. Desafiaron el desprecio de una sociedad que confundía la obediencia femenina con la virtud.
No pidieron que les regalaran un lugar en la democracia.
Lucharon hasta conquistarlo.
Y hoy, cuando México tiene por primera vez a una mujer en la Presidencia de la República, Claudia Sheinbaum Pardo; cuando Veracruz es gobernado por Rocío Nahle y Xalapa tiene al frente a Daniela Griego Ceballos, resulta imposible no sentir que algo extraordinario está ocurriendo en la memoria de este país.
No son solamente tres mujeres ocupando cargos públicos.
Son tres espacios que durante demasiado tiempo parecieron reservados para los hombres.
Son tres posibilidades que nuestras abuelas no pudieron dar por sentadas.
Y son miles de niñas que hoy pueden mirar hacia esos lugares y descubrir que su futuro no tiene por qué terminar donde terminaron los sueños de sus madres.
Porque la presencia de las mujeres en el poder importa.
No porque ser mujer garantice gobernar mejor. El poder exige responsabilidad, resultados y rendición de cuentas, sin importar quién lo ejerza.
Importa porque transforma nuestra idea de lo posible.
Porque una niña que crece viendo mujeres tomar decisiones aprende que su inteligencia no tiene techo, que su voz tiene valor y que su destino no está escrito por el género con el que nació.
Y porque una democracia que durante tanto tiempo excluyó a la mitad de su población tiene todavía una deuda histórica con quienes fueron obligadas a observarla desde afuera.
En Veracruz hay una historia que me conmueve especialmente.
La de Rosalba Hernández, magistrada presidenta del Tribunal Superior de Justicia.
Una mujer indígena al frente de una institución donde se decide sobre los derechos, la libertad y la dignidad de las personas.
Quisiera que imagináramos por un instante lo que significa esa imagen para una niña indígena que crece en alguna comunidad de nuestro estado.
Una niña que quizá ha escuchado que su lengua no sirve, que su origen la limita o que sus sueños son demasiado grandes para el lugar donde nació.
Hoy puede mirar hacia uno de los poderes de Veracruz y encontrar a una mujer indígena presidiéndolo.
Durante siglos se admiraron los bordados y las tradiciones de los pueblos originarios mientras demasiadas veces se ignoraban sus voces.
Por eso la presencia de Rosalba Hernández tiene un significado histórico. Y el trabajo que ha presentado al frente del Tribunal Superior de Justicia permite reflexionar sobre la responsabilidad social que acompaña esa representación.
En su Primer Informe de Resultados, correspondiente al periodo 2025-2026, dio a conocer que el Tribunal resolvió 8 mil 54 expedientes de los 8 mil 103 asuntos recibidos, equivalentes al 99.3 por ciento.
Detrás de esas cifras hay algo que ninguna estadística alcanza a contar por completo.
Hay personas esperando respuestas. Familias que necesitan resolver un conflicto. Mujeres que buscan el reconocimiento de sus derechos. Ciudadanos cuya tranquilidad depende de una decisión judicial.
Porque un expediente no es solamente papel.
Es una historia humana.
Es alguien que no ha podido dormir. Es una familia que vive en la incertidumbre. Es una persona que espera que las instituciones cumplan con aquello para lo que fueron creadas.
Resolver un expediente no garantiza, por sí mismo, una justicia plena. También importan la calidad de las sentencias, su cumplimiento y el acceso efectivo de la población a los tribunales.
Pero los resultados reportados ofrecen una medida relevante del trabajo institucional y permiten preguntarnos por su significado en la vida cotidiana de quienes buscan justicia.
Rosalba Hernández también planteó en su informe el compromiso de impulsar una justicia más humana, cercana, accesible e intercultural.
Y ahí encuentro una de las dimensiones más importantes de esta etapa.
Porque para una mujer indígena, la justicia comienza cuando puede ser escuchada y comprendida en su propia lengua. Para una madre que busca protección, comienza cuando encuentra atención en lugar de indiferencia. Para una familia que espera una sentencia, comienza cuando el Estado entiende que detrás de cada trámite hay una vida que continúa transcurriendo.
El parteaguas que representa el trabajo de Rosalba Hernández debe comprenderse desde esa doble dimensión: la histórica, por su presencia al frente del Tribunal, y la institucional, por los resultados y compromisos que ha presentado a la sociedad.
La verdadera transformación será conseguir que esas prioridades se conviertan, cada vez más, en derechos efectivos para la población.
Porque de poco serviría romper un techo de cristal si debajo de él permanecieran intactas todas las desigualdades.
Y la lucha de nuestras abuelas nunca fue solamente por ocupar una silla.
Fue por tener voz. Por decidir. Por vivir con dignidad.
Los datos del Instituto Nacional Electoral nos recuerdan cuánto hemos avanzado: en las elecciones de 2024 votó el 64.3 por ciento de las mujeres inscritas en la lista nominal, frente al 54.8 por ciento de los hombres.
Qué hermosa ironía de la historia.
A las mujeres nos negaron durante décadas el derecho a votar y hoy participamos electoralmente en mayor proporción que los hombres.
Pero todavía hay niñas que crecen con miedo, mujeres que enfrentan violencia, madres que buscan justicia para sus hijas y comunidades donde la igualdad continúa siendo una promesa pendiente.
Por eso celebrar que hoy las mujeres ocupen el poder no significa dejar de cuestionarlo.
Significa reconocer una conquista histórica y, al mismo tiempo, exigir que se traduzca en bienestar, derechos y oportunidades para todas las personas.
Hoy quiero reconocer el significado de las trayectorias de Claudia Sheinbaum, Rocío Nahle, Daniela Griego y Rosalba Hernández.
Pero, sobre todo, quiero rendir homenaje a quienes hicieron posible que sus nombres llegaran hasta esos espacios.
A nuestras abuelas.
A las que levantaron la voz y a las que tuvieron que guardar silencio para sobrevivir.
A las que nunca aprendieron a leer, pero nos enseñaron a pensar.
A las que no pudieron votar, pero nos heredaron el valor de decidir.
A las que no conocieron la igualdad, pero lucharon para que nosotras pudiéramos acercarnos a ella.
Quisiera poder abrazarlas y decirles que su esfuerzo no fue en vano.
Que hoy una mujer preside México. Que otra gobierna Veracruz. Que una más encabeza el Ayuntamiento de Xalapa. Que una mujer indígena preside el Tribunal Superior de Justicia.
Que todavía nos falta mucho, pero que sus nietas ya no estamos condenadas a mirar la historia desde la ventana.
Porque no llegamos solas. Llegamos con las manos de nuestras madres sobre los hombros, con la rebeldía de nuestras abuelas en la sangre y con los sueños de las niñas que vendrán por delante.
Nuestras abuelas lucharon para que tuviéramos derecho a elegir. Nuestra responsabilidad es conseguir que el poder que hoy también ocupamos sirva para ampliar los derechos de quienes todavía esperan justicia.
Y cuando algún día nuestras nietas miren hacia atrás, ojalá no tengan que agradecernos que les abrimos las puertas del poder, sino que les construimos un mundo donde ninguna mujer vuelva a encontrarlas cerradas

