Precariedad, exclusión y discursos de odio atrapan a juventudes masculinas a reproducir violencias: Podcast IBERO

*En el programa “Seguridad en comunidad”, el antropólogo Nitzan Shoshan y el psicólogo Iván Salazar advierten que la violencia masculina es resultado de estructuras que imitan poder y crueldad

/Por: Luis Reyes /

En el espacio digital, conducido por Ernesto López Portillo, Coordinador del Programa de Seguridad Ciudadana de la IBERO, señalan que frente al avance de la “manósfera”, hay que fortalecer redes, educación y políticas públicas
El antropólogo Nitzan Shoshan y el psicólogo Iván Salazar analizaron en el programa “Seguridad en comunidad”, conducido por Ernesto López Portillo, Coordinador del Programa de Seguridad Ciudadana de la Universidad Iberoamericana (IBERO), cómo el odio, la violencia y las masculinidades hegemónicas moldean a sectores de jóvenes atravesados por la precariedad, la exclusión y la influencia de discursos digitales radicalizados.

La conversación, entre otros casos, ahondó lo que sucedió con Osmer H., un adolescente de 15 años en Michoacán que asesinó a dos profesoras, un evento que abrió preguntas sobre el aprendizaje de “guiones culturales” asociados a la violencia masculina y al acceso cada vez más cercano a armas y discursos extremistas.

Para Shoshan, aunque fenómenos como el neonazismo o la ultraderecha racista tienen menor peso en México que en Europa o Estados Unidos, sí hay un elemento compartido: la violencia como espectáculo y demostración de poder.

Explicó que tanto en líderes políticos internacionales como en grupos criminales mexicanos se observa “la sonrisa del perpetrador”, una forma de exhibir públicamente la crueldad con orgullo, placer o sentido de autoridad.

“En México ya está visto el uso de la crueldad como estrategia para producir miedo, terror y control”, señaló el antropólogo al referirse a organizaciones criminales que utilizan la violencia extrema como mensaje mediático.

Sin embargo, advirtió que reducir la violencia únicamente a una estrategia racional sería insuficiente, ya que hay un componente emocional y cultural ligado a la masculinidad tradicional: la necesidad de mostrarse fuerte, invulnerable, dominante y carente de empatía.

En contextos de pobreza y falta de oportunidades, explicó, muchos jóvenes encuentran en la violencia una forma de pertenencia, reconocimiento o incluso una posibilidad laboral.

“Hay investigadores que han pensado la violencia criminal en términos laborales. El homicidio puede pensarse como un oficio para jóvenes sin posibilidad de imaginar un futuro distinto”, afirmó.

El psicólogo Iván Salazar coincidió en que las masculinidades funcionan como un “dispositivo de poder” que históricamente ha enseñado a los hombres a reproducir prácticas violentas.

Desde el ámbito doméstico hasta las estructuras militares o criminales, dijo, la crueldad deshumaniza y convierte a las personas en objetos utilizables.

Para Salazar, uno de los mayores desafíos actuales es la llamada “manósfera”: redes digitales, foros y contenidos que capitalizan el malestar masculino y culpan a las mujeres y al feminismo de las frustraciones de los hombres jóvenes.

“Estas juventudes están desorientadas y precarizadas. La derecha les ofrece respuestas simples: el problema son las mujeres o los feminismos”, sostuvo.

Ambos especialistas coincidieron en que no basta con medidas punitivas o protocolos escolares aislados. Consideraron indispensable construir políticas públicas que atiendan las condiciones estructurales de violencia, desigualdad y exclusión que atraviesan a millones de jóvenes.

Las soluciones, señalaron, pasan por generar contextos familiares, escolares, comunitarios y digitales donde existan “contra narrativas” capaces de desmontar la masculinidad hegemónica basada en el dominio y la agresión.

Entre las propuestas destacaron fortalecer la alfabetización digital para identificar discursos de odio; impulsar programas de educación emocional desde la infancia; ampliar oportunidades educativas y laborales; y promover modelos de masculinidad vinculados al cuidado, la empatía y la corresponsabilidad.

Shoshan apuntó que existen señales alentadoras en México, particularmente en nuevas generaciones de padres más involucrados en la crianza y el cuidado de sus hijos.

Aunque la violencia se ha vuelto espectacular y visible, dijo, hay transformaciones silenciosas que podrían abrir caminos distintos para las masculinidades futuras.

López Portillo cerró la conversación con una reflexión sobre la necesidad de construir “pedagogías diferentes” frente al malestar juvenil.

“Las violencias son diversas y requieren intervenciones diversas”, señaló, al insistir en que el reto no es sólo contener la violencia, sino crear lenguajes de cuidado capaces de ofrecer a las juventudes alternativas reales frente al odio y la exclusión.

En este enlace puede escuchar el podcast.