Que las armas nacionales nunca nos encañonen

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*NEMESIS

/ Fernando Meraz Mejorado /

Las vimos marchar orgullosas en el preciso e imponente desfile del 216 Aniversario de la Independencia.

Flamantes, impecables, relucientes, con aromas de pintura nueva, cargadas de acero y proyectiles sofisticados, de radares que escuchan la noche, de motores que rompen el silencio de las montañas, de blindajes que resisten el fuego como la roca resiste el mar. Llegaron desde tierras lejanas, cruzando océanos y fronteras, con la promesa de custodiar el sueño de los que aman la tierra, de defender la paz que tanto nos ha costado sembrar.

Son aviones que cortan las nubes, barcos y naves que abrazan el litoral, vehículos que avanzan por caminos de polvo y de sangre, sistemas que vigilan para que la sombra del mal no crezca. Todo eso dicen, y quiero creerlo. Pero hoy, con la voz modesta de quien ama este suelo más que a su propia vida, elevo esta súplica que es grito y que es oración:

“Que estas armas nunca, jamás, se vuelvan contra el pueblo mexicano.”

“Que no apunten al pecho del campesino que siembra el maíz que nos alimenta, ni al maestro que enseña a leer en aulas de barro, ni a la madre que protege a sus hijos bajo un techo humilde, ni al joven que pide justicia con palabras y no con fuego. Que el cañón no mire a la casa donde duerme el que nada tiene, ni el radar rastree la voz del que reclama, ni el helicóptero descienda sobre la plaza donde se reúnen los que sueñan un país más justo”.
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Estas herramientas de defensa fueron compradas para ser muro contra el invasor, escudo contra el criminal, cerco contra quien destruye y roba. No fueron hechas para ser cadena sobre la garganta de la libertad, ni peso sobre la voz que no se calla, ni miedo sobre el corazón que anhela un mañana mejor. Que el acero sirva para proteger, no para dominar; para abrazar, no para separar; para dar paz, no para sembrar luto.
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Porque este pueblo es de carne y de lluvia, de maíz y de memoria. Somos millones de manos que trabajan, de ojos que esperan, de pechos que aman. Somos la tierra que nos vio nacer y que nos recibirá al morir. Y si algún día el arma que compramos para defendernos se alzara contra nosotros, se convertiría en hierro maldito, en ceniza sobre el pan, en espina clavada en el corazón de la patria entera.
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Que se guarden, que se usen con sabiduría, pero que nunca se olvide, la primera y más sagrada misión de todo guardián es cuidar a quienes custodia, no amenazarlos. Que la fuerza que hoy se acumula sea siempre el escudo del débil, el amparo del que sufre, la garantía de que en este suelo nadie será perseguido por decir la verdad, ni castigado por amar la justicia.
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Que los aviones vuelen sobre nosotros para cuidarnos, no para aterrorizarnos. Que los barcos patrullen nuestras costas para que nadie nos dañe, no para que nosotros nos hagamos daño. Que el acero brille bajo el sol de México como promesa de protección, nunca como amenaza sobre el pueblo que lo compró con su trabajo, con su sudor, con su esperanza.

Que así sea. Que así permanezca, mientras vivan nuestros hijos y la tierra siga dando flores bajo este cielo nuestro.