¿Qué nos espera?

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/Verónica Malo Guzmán/

“El futuro no es un lugar al que vamos, sino uno que estamos construyendo.”

— John Schaar

Feliz año nuevo, lector. La frase se repite con entusiasmo automático, aunque todos sepamos que el cambio de calendario no corrige inercias ni cancela crisis. El año nuevo llega cargado de buenos deseos, sí, pero también de una certeza incómoda: casi nada se transforma solo por haber cambiado de número. Aun así, vale la pena intentar algo más que el optimismo ritual. Vale la pena ensayar —como dicen los estadounidenses— un educated guess: un pronóstico informado sobre lo que puede venir en este 2026 que ya asoma.

La inteligencia artificial seguirá siendo el gran eje civilizatorio del momento. No solo por su capacidad técnica, sino por su impacto político, económico y cultural. 2026 será, muy probablemente, el año en que varios Estados intenten ponerle cercas legales a una tecnología que corre mucho más rápido que sus reguladores. El problema no será únicamente la automatización del trabajo, sino la confusión creciente entre lo real y lo fabricado: imágenes, audios y videos indistinguibles de la realidad. La pregunta ya no es si la IA puede engañarnos, sino si nuestras democracias están preparadas para sobrevivir a ello.

Estados Unidos continuará orbitando alrededor de Donald Trump. La Casa Blanca, otra vez dorada en lo simbólico, seguirá siendo escenario de una política exterior basada en la presión, el amago y la transacción. Los aranceles seguirán funcionando como herramienta de intimidación económica, generando incertidumbre global, aunque ahora los mercados —curtidos— tenderán a descontar el golpe antes de que caiga. Eso no significa que salga gratis: todo será un poco más caro. Para todos.

Trump, además, seguirá administrando el ruido alrededor de los archivos Epstein: toneladas de documentos, filtraciones selectivas y escándalos que revelan más morbo que justicia. Mucha inmundicia, pocas consecuencias.

En América Latina, Venezuela seguirá siendo el gran signo de interrogación. El régimen de Maduro no caerá por desgaste moral —hace tiempo agotado— sino, en todo caso, por fracturas internas o presiones externas difíciles de anticipar. La oposición continúa atrapada entre liderazgos simbólicos y disputas reales de poder. ¿Habrá transición? ¿Será pactada, accidentada o diferida una vez más? El dilema no es solo quién encabece el cambio, sino si ese cambio será capaz de reconstruir algo más que el relevo de nombres.

Irán representa otro punto de tensión estructural. El régimen teocrático enfrenta una sociedad joven, educada y asfixiada económicamente. Las protestas no han desaparecido; se han replegado. El hartazgo permanece. La historia ofrece ironías crueles: hace poco más de medio siglo el sha huyó ante la revolución islámica; hoy algunos imaginan el retorno de su heredero. Pero la pregunta de fondo es otra: ¿quieren los iraníes volver a un poder monolítico o aspiran, por fin, a una democracia real? Esa respuesta aún está en disputa.

Gaza, Ucrania, Nigeria, Afganistán, Irán: el mapa del conflicto seguirá encendido. Las guerras prolongadas ya no escandalizan, se administran. Se vuelven paisaje. Mientras tanto, Elon Musk continuará siendo el hombre más rico del mundo, opinando de todo, influyendo en mucho y coqueteando con la idea de comprar lo que no necesita —incluida la inteligencia artificial que dice superar con la suya.

En materia ambiental, 2026 será un año de señales contradictorias. Se confirmará que el cambio climático avanza más rápido de lo previsto, mientras algunos países logran reducir emisiones o mejorar indicadores locales. Buenas noticias parciales dentro de una tendencia global preocupante. La pregunta incómoda persiste: ¿alcanzará el tiempo político para corregir lo que la ciencia lleva décadas advirtiendo?

China seguirá siendo el gran eje comercial del planeta. Las nuevas alianzas, impulsadas en parte por el reacomodo que provoca Washington, se consolidarán menos por afinidad ideológica que por conveniencia económica. El mundo ya no se ordena por valores compartidos, sino por cadenas de suministro.

Y México. México dará alegrías, al menos en el deporte. No en el futbol —conviene decirlo sin rodeos—, pero sí en otras disciplinas. El ciclismo, por ejemplo, podría regalarnos una hazaña histórica con Isaac del Toro compitiendo en lo más alto del Giro y del Tour. Y, pese a todas las dudas, el Mundial volverá a ser una fiesta: México será un anfitrión entusiasta, cálido, eficaz. Tal vez no ganemos la copa, pero sí el aplauso.

Al final, la pregunta queda abierta —y es personal—: ¿qué pronósticos marcarán tu año? ¿Pesará más la mala noticia o lograremos rescatar algunas buenas? Por el bien del mundo, y también por simple instinto de supervivencia, quiero apostar por lo segundo. Aunque sea con cautela. Aunque sea, apenas, con esperanza.