* Danza UNAM le entregará galardón el 1 de febrero.
/ Roberto Frías / Cultura UNAM /
Cuando la bailarina y coreógrafa Graciela Henríquez se expresa en la danza, lo hace desde el disenso y la crítica, bases de una inconformidad sana que le ha valido para insertar la palabra hablada, lo teatral, lo popular y lo tradicional en su propuesta coreográfica.
Éste es sólo uno de los rasgos de la poética del cuerpo de la ganadora del Reconocimiento Danza UNAM 2025, que le será entregado el domingo 1 de febrero en la Sala Miguel Covarrubias, antes de la función Son de México y de México Son. Identidad-es, movimiento, de La Mexicana, Compañía Mexicana de Danza Folklórica.
El comité de selección de este año estuvo conformado por Eugenia Vargas, Erika Suárez, Gabriela Medina, Henry Torres y Ernesto Luna, quienes decidieron otorgar el galardón a la maestra Henríquez: “Por su singular y sostenida contribución al desarrollo, enriquecimiento y trascendencia de la danza en México a lo largo de más de siete décadas, desde los ámbitos de la creación artística, la pedagogía, la interpretación, la promoción, la difusión y la investigación. Asimismo, por la relevancia de su trabajo como un puente fundamental entre la danza, la antropología, la historia y el pensamiento crítico, generando un legado profundo y duradero tanto en el campo académico como en el escénico, que ha incidido de manera decisiva en la formación de artistas, investigadores y públicos de diversas generaciones”.
Con este galardón, en el que instituciones, organizaciones o individuos pueden postular a un artífice de la danza, la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM (Cultura UNAM) y la Dirección de Danza (Danza UNAM), reconocen una obra y una trayectoria que han contribuido a transformar el ejercicio dancístico en nuestro país.
La doctora Graciela Henríquez Escobar, nacida en Venezuela en 1932, se forma en ballet clásico. Esta etapa de su carrera la lleva a París, para continuar su educación; a Etiopía, donde baila frente al emperador Haile Selassie; a Barcelona, donde colabora con el famoso bailarín catalán Joan Tena, formado también en danza clásica, pero que acabaría por llegar a la vanguardia.
El periplo educativo y de trabajo pasó por Nueva York y Caracas, donde montó algunas obras como El mandarín maravilloso, de Bela Bartók, o Las bodas, de Stravinsky, y terminó en México, a principios de los años 60. En esa época de efervescencia cultural de vanguardia, tomó clases con Xavier Francis y trabajó con Alejandro Jodorowsky en La ópera del orden.
Después de su paso por el Ballet Folklórico de Amalia Hernández, donde impartió clases de técnica y participó como intérprete en el Ballet de los Cinco Continentes, llegó, en 1965, al lugar de su despegue: el Ballet Independiente de Raúl Flores Canelo. No es de extrañar, pues en aquella época, quienes se acercaban a la vanguardia gravitaban de manera natural hacia esta agrupación. “Con Raúl había una gran libertad, que me interesó, por lo tanto, entré”, le confesó a Esther Martínez Luna en una entrevista para la Revista de la Universidad, en 1988. Ahí, Graciela Henríquez creó sus primeras coreografías, como Invenciones (1969), Gymnopedias (1969) y Mujeres (1971).
Según la investigadora Anadel Lynton (citada por María Cristina Mendoza Bernal), quien fue compañera de Hernández en el Ballet Independiente e intérprete de Mujeres, ésta sería la primera obra coreográfica mexicana explícitamente feminista.
Algunas coreografías que realizó con el Ballet Independiente se presentaron en 1975 en Francia y en el Holland Festival. Según Mendoza, el crítico alemán Jochem Schmidt, del Frankfurter Zeitung, dijo entonces: “Con Mujeres … la emancipación bailó, y que esta señal viniera de México y no de Nueva York fue la sorpresa del Festival”.
Como coreógrafa independiente, desarrolló obras como Tropicana’s Holiday (1980), así como Las tardes de Salomé (1984) y Que siga el son (1984), además de Radioranzas 42 (1994) o Visiones (1998).
En los años 80 comienzan caminos paralelos en su carrera, pues continúa con la creación en la danza, pero estudia también una licenciatura en Antropología Social en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), aunque, claro, sin escapar nunca de la atracción innegable que la danza operaba sobre ella. Su tesis, sobre Vasconcelos y Bolívar, deriva en una coreografía, La bolivariada, que habría de estrenarse, curiosamente, en el Anfiteatro Simón Bolívar de San Ildefonso.
Tiempo después estudiaría la maestría en Divulgación de la Historia en la Universidad Iberoamericana y el doctorado en Antropología y Arte en la ENAH. Durante más de tres décadas fue docente en la Universidad Iberoamericana y la Escuela de Danza CICO.
Esto es fundamental para entender su concepción de la danza. Las preocupaciones que la llevaron a la academia también están presentes en su trabajo dancístico, en el que lo social, la cultura urbana y la popular, el feminismo, la antropología y la historia dialogan de forma permanente con lo coreográfico y lo teatral.
En términos formales, también rompió esquemas al ser una de las primeras coreógrafas en introducir la palabra hablada como un elemento coreográfico en México, los procedimientos teatrales o crear una obra basada en ritmos tropicales. “Pienso que en ese entonces la danza contemporánea había creado una sensación de aburrimiento y la gente no quería saber nada. Nosotros con Tropicana’s rompimos esa barrera, ya que el público sentía que estaba en el escenario y nosotros que estábamos en el público”, declaró en la entrevista con Esther Martínez Luna.
En 2006 recibió el XIX Premio Nacional de Danza José Limón. En 2010 el Centro de Investigación y Documentación de la Danza editó el libro La coreografía: Graciela Henríquez cuerpo / movimiento / pensamiento, de María Cristina Mendoza Bernal, sobre el trabajo dancístico de Henríquez en México.












