Reino de la política, reino de las medias verdades

*Momento de Acotar

/Francisco Cabral Bravo/

Con solidaridad y respeto a Rocío Nahle García y Ricardo Ahued Bardahuil

El periodismo es un catalizador de la vida social que permite ampliar los horizontes de la existencia humana evolucionándolos de lo individual a lo colectivo, de lo singular a lo plural, de lo personal a la otredad, y viceversa; actividad históricamente desarrollada ante diversos paradigmas contextuales: tiempo, lugar y circunstancias.

Dicha línea de pensamiento se ha presentado desde la aseveración de que no contar con espacios de libertad de pensamiento y expresión “aniquila la existencia del otro”.
Referir “lo funcional” es la conceptualización de la actividad por su aporte social a partir del registro de las causas próximas de los hechos, finalidad del acontecimiento y entorno inmediato, por su común denominador: anteponer la utilidad política. El Periodismo funcional es generado (coordinado) desde las bambalinas del poder a través de las organizaciones (medios) y personas (intermediarios) que invocan el interés público, pero ejercen acciones fuera de la ley, transgreden todo parámetro ético, limitan el pluralismo, concentran las decisiones en una reducida élite, minimizan los controles democráticos, las libertades individuales y colectivas, restringiendo los derechos humanos y replicando el discurso oficial.

Dicha realidad se registra en múltiples latitudes del orbe y particularmente en México. La factibilidad de referirlo se basa desde la cientificidad de la observación comunicológica creando una matriz de doble entrada para asentar actores, modos, espacios y saberes (demasiado teórico-académico) hasta la ejemplificación cotidiana que cada ciudadano puede decir y puede llegar a ser demasiado simplista. No obstante, el vínculo de correlación es labor periodística.

La ecología del periodismo funcional se sustenta en acciones relacionadas entre sí, que facilitan una visión conjunta simple, sencilla, sin complicaciones.
Es la presentación de una trama breve y atractiva que enfoca únicamente al protagonista, sin revelar el final, refiriendo a terceras personas para generar intriga y motivar el interés por seguir el tema en un futuro.
Mientras ustedes leen este texto, queridos lectores hay para mí varias lecciones en la primera parte Hannah Arendt, al cubrir el juicio a
Adolf Eichmann, acuñó la desconcertante expresión “la banalidad del mal” para descubrir a un hombre que organizó la logística del horror no por odio visceral, sino persiguiendo la promoción laboral y cumpliendo órdenes con diligencia. Esta es la forma más inquietante de egoísmo: la que abdica del juicio moral en favor de la comunidad personal, convirtiendo a la persona en un engranaje carente de piedad.

La paradoja es desoladora: fue necesario erigir un Estado gigantesco y perverso para comprobar que, incluso bajo el manto protector del Leviatán, el lobo seguía devorando al lobo, solo que con una eficiencia industrial que Hobbes jamás pudo imaginar. Sin embargo, el análisis quedaría cojo si solo apuntara a las grandes estructuras. ¿Cuántas veces el amor se convierte en un campo de batalla donde se hiere precisamente porque se conoce la ubicación exacta de las heridas?

La destrucción psicológica lenta, el desprecio constante, La indiferencia estratégica es una forma de crueldad sofisticada que no deja hematomas visibles, pero mata el espíritu gota a gota. Aquí el egoísta no quiere destruir al otro de inmediato; quiere mantenerlo cerca, pero anulado, como un espejo que sólo devuelva la imagen que él desea ver. La capacidad destructiva se expresa entonces como una vampirización emocional: vaciar al otro para llenar el propio vacío.
¿Qué nos dice esta capacidad para el mal sobre la naturaleza humana? Negar que estas pulsiones existen es un acto de ingenuidad peligrosa. El egoísmo se enmascara a menudo de virtud; la avaricia se disfraza de ambición, la explotación laboral de competitividad y la crueldad verbal de sinceridad. El propio Hobbes creía que, mediante el pacto social y la cesión de parte de nuestra libertad a un soberano, el hombre podía escapar de la guerra de todos contra todos. Pero la pregunta ética sigue en pie: ¿basta la espada de Leviatán para domesticar al lobo o debemos reeducarlo desde dentro

Quizás la respuesta no esté en negar la profundidad del abismo, sino en redescubrir la fuerza del lazo empático. La capacidad destructiva no es un destino, sino una posibilidad que se alimenta de la indiferencia. Allí donde se reconoce el rostro del otro, donde el sufrimiento ajeno deja de ser una estadística y se convierte en un temblor que nos atraviesa, el egoísmo empieza a retroceder. La verdadera Revolución ética no consiste en erradicar por completo el interés propio, sino en expandir el círculo de quienes consideramos dignos de nuestra consideración moral. Elegir la bondad en un entorno que a menudo recompensa la dureza es la forma más radical de resistencia frente a la crueldad que habita en todas partes, y también, en nosotros mismos. Tenemos que construir, día tras día, los campos éticos y políticos que impiden que el lobo nos devore.

Cambiando de tema y de tono vivimos en un mundo sin precedentes, atravesando por amenazas y transformaciones. La política mundial transita de un orden sustentado en reglas hacia una competencia entre potencias. El derecho internacional ha perdido vigencia. Prevalece la fuerza.
La democracia está en el centro de esta transformación, porque las instituciones son lentas para responder a problemas que surgen cada vez con mayor profundidad y rapidez.

Hay, pues, qué amplificarla y mejorarla. No bastan los comicios si no existen condiciones de vida digna. La democracia debe recuperar la capacidad para organizar instituciones que resuelvan conflictos, construir bienes comunes y distribuir el poder con auténtica representación ciudadana.
Hoy los partidos se enfrentan a esta crisis. Actúan ante nuevas realidades con viejas prácticas. No podemos seguir con la nostalgia de creer que será posible restaurar el orden político, económico y social del pasado.

Tampoco podemos caer en la idea de que las condiciones del mercado nos transformarán y adaptarán, por sí solas, a las nuevas realidades.
Tenemos que enfrentar el cambio preservando los valores de la libertad, la igualdad, los derechos humanos, el pluralismo y los contrapesos del poder. Ya derrotamos regímenes autoritarios, ampliamos libertades, dimos cauce a la competencia política, fortalecemos los organismos electorales si logramos la alternancia. Pero nos quedamos con una democracia esencialmente electoral. Se creó y fortaleció el sistema de partidos, y sin ellos no hay democracia. Todos votan, pero muchos no encuentran empleo, viven con temor de salir a la calle, carecen de acceso a servicios de salud, a una mejor educación y a una justicia independiente. Así el contenido de la democracia se va vaciando. No es que las elecciones sean irrelevantes; es que son insuficientes para garantizar una vida verdaderamente democrática.

Existe una estrecha relación entre el debilitamiento de los partidos y el deterioro de la democracia. Hoy los partidos políticos han perdido base social, presencia territorial, democracia interna y vínculo con la ciudadanía. Ni siquiera los programas sociales pueden reconstruir un partido.

Las redes sociales ampliaron la comunicación, pero también la polarización. La representación no puede restaurarse mecánicamente mediante partidos atrapados en prácticas del pasado. Existe una sociedad heterogénea y multicultural, con demandas diversas. Los partidos modernos deben construirse articulando toda esa diversidad social. Deben transformarse; ya no pueden monopolizar la representación.
La ciudadanía necesita partidos de tiempo completo, no organizaciones que solo aparezcan en época electoral con campañas propagandísticas. Se requiere una presencia constante, acompañando a la sociedad en sus distintas causas y luchas. El miedo reorganiza las preferencias electorales. Debemos recuperar partidos representativos de todos los sectores sociales, donde la diversidad encuentre puntos de convergencia para recuperar el Estado de Derecho y la República.

Para finalizar, hoy en día, los mexicanos hablamos mucho de la impunidad. Hace apenas 30 años eso no era un tema ni la sobremesa ni de la academia ni de la noticia. Tan solo era un tema de la política de gobierno y hoy parece que no lo es. Para los que no saben lo que es impunidad, ella los inquieta y los asusta. Para los que sí sabemos ella nos indigna. Hay tres tipos de impunidad. La primera sería una no intencional. La segunda sería una impunidad fortuita. La tercera una impunidad intencional. En cualquiera de los casos se trata de un cratoma y una metástasis.