*Rosa encontró en el magisterio su enfoque de género más profundo.
22.01.2026 BPNoticias.- El sol de Mérida no solo calienta las piedras de sus fachadas blancas; a principios del siglo XX, ese sol también encendía las ideas. En ese escenario de agaves y promesas de revolución, una mujer de mirada serena pero paso firme, Rosa Torre González, se dispuso a escribir una historia que no estaba permitida para su sexo: la historia de la participación.
Rosa no nació en un vacío. Fue hija de su tiempo y de una estirpe de mujeres que empezaban a cuestionar por qué sus manos, capaces de sanar, educar y trabajar la tierra, no eran dignas de sostener una boleta electoral. Su vida fue una constante transgresión vestida de cotidianidad.
Su nacimiento y familia
Rosa nació el 30 de agosto de 1890 en la ciudad de Mérida. Fue hija de Galdino Torre y Sofía González.
A diferencia de otras figuras de la época que provenían de la aristocracia o de las familias de los llamados “reyes del henequén”, Rosa nació en una familia de clase media trabajadora. Sus padres, aunque de recursos modestos, compartían una visión progresista para la época: creían firmemente en la instrucción como la única vía para que una mujer fuera dueña de su destino.
Rosa no fue hija única; creció en un ambiente familiar donde el apoyo mutuo era fundamental. Tuvo tres hermanos: Galdino, María y Joaquina.
Su crecimiento estuvo marcado por dos grandes influencias:
La figura materna: Su madre, Sofía, fue un pilar que la alentó a estudiar en una época donde lo común para las niñas era aprender labores del hogar y esperar el matrimonio.
La Escuela Gratuita para Niñas: Rosa tuvo la inmensa fortuna de ser alumna de Rita Cetina Gutiérrez, la gran maestra y feminista yucateca. Rita no solo le enseñó letras y números, sino que le inculcó la idea de que las mujeres tenían una misión social. Crecer bajo la tutela de Rita fue lo que definió su carácter; mientras otras niñas jugaban, Rosa escuchaba sobre la emancipación femenina.
Su adolescencia no fue de lujos. Para poder costear sus estudios y ayudar en casa, Rosa trabajó desde muy joven. Ingresó a la Escuela Normal de Profesoras, donde se graduó con honores.
Crecer en el Yucatán de finales del siglo XIX significaba ver el contraste entre la riqueza extrema del henequén y la explotación de los mayas y las mujeres. Esa injusticia que vio desde niña, sumada a la formación humanista que recibió en la escuela, fue lo que la llevó a sumarse a la Revolución en cuanto tuvo oportunidad.
Rosa no fue una teórica que leyó sobre la pobreza; ella la vio en sus vecinos, en sus hermanos y en sus propias manos cuando empezó a trabajar como maestra rural.
Antes de ser la primera concejala de México, Rosa encontró en el magisterio su enfoque de género más profundo. Para ella, la educación no era solo alfabetizar, era despertar la conciencia de que las niñas tenían derecho a un destino distinto al doméstico.
Este origen humilde pero educado es lo que le dio esa sensibilidad humana tan característica: ella sabía lo que era esforzarse por cada peldaño alcanzado, y eso la hizo una líder que hablaba el mismo lenguaje que las obreras de las Ligas Feministas.
Durante la Revolución Mexicana, su compromiso fue más allá de las aulas: colaboró con el constitucionalismo y actuó como enfermera. Ahí, entre los heridos y el polvo del conflicto, Rosa comprendió que la paz y la democracia de un país no podían construirse dejando a la mitad de la población en la sombra.
Su encuentro con Elvia Carrillo Puerto fue el catalizador definitivo. Juntas, y con el apoyo del gobernador Felipe Carrillo Puerto, dieron vida a las Ligas Feministas.
Rosa no veía el feminismo como una teoría lejana, sino como una herramienta de supervivencia. En sus discursos, hablaba de la salud reproductiva, del derecho al divorcio y de la necesidad de que la mujer tuviera autonomía económica. Su lucha era humana porque nacía del dolor y la esperanza de las mujeres de los barrios yucatecos.
1922: El día que la voz tuvo un escaño
El 7 de noviembre de 1922, el calendario de la democracia mexicana cambió para siempre, aunque la historia oficial tardara décadas en reconocerlo. Rosa Torre González fue elegida regidora del Ayuntamiento de Mérida. No fue solo un triunfo electoral; fue un acto de rebeldía colectiva.
Se dice que cuando Rosa ocupó su lugar en el cabildo, el aire en la sala se sentía distinto. Era la primera vez que una mujer ocupaba un cargo de elección popular en el país.
Su enfoque de género en el servicio público fue pionero: se preocupó por la alimentación infantil, por las condiciones de trabajo de las obreras y por la higiene de los mercados, entendiendo que “lo personal es político” mucho antes de que la frase se hiciera famosa.
La vida de Rosa no estuvo exenta de amargura. Tras el asesinato de Felipe Carrillo Puerto y el retroceso de los avances socialistas en Yucatán, Rosa sufrió la persecución y el exilio interno.
El sistema, asustado por la fuerza que las mujeres habían tomado, intentó borrar su legado. Sin embargo, ella nunca se detuvo. Siguió organizando, siguió escribiendo, siguió siendo ese faro para las generaciones que vendrían después.
Rosa Torre González no fue una “mujer excepcional” en el sentido de ser única; fue una mujer valiente que decidió representar a todas las que, como ella, estaban listas para tomar las riendas de su propia vida.
Su crónica es la de una mujer que entendió que la política, si no es humana y si no incluye la visión de las mujeres, es simplemente un ejercicio de poder incompleto.
Hoy, cuando una mujer en México acude a las urnas o asume un cargo público, lleva consigo un poco del polvo del camino que Rosa comenzó a limpiar en las calles de Mérida.
Ella fue la grieta en el muro, el primer nombre de mujer grabado con determinación en la piedra de la democracia mexicana.
Las Ligas Feministas: La red de sororidad de Rosa y Elvia
Rosa Torre González fue, junto a Elvia Carrillo Puerto, la arquitecta de las Ligas Feministas, específicamente de la liga “Rita Cetina Gutiérrez” (fundada en 1919), nombrada así en honor a su maestra. Estas ligas no eran simples clubes sociales; eran centros de resistencia y educación con un enfoque de género que hoy llamaríamos interseccional:
Organización de base: Rosa logró articular a más de 5,500 mujeres trabajadoras en 45 ligas distintas. Su objetivo era que la mujer campesina y obrera entendiera que su labor tenía valor político.
Justicia Reproductiva: Mucho antes de que se hablara abiertamente de ello, Rosa y la liga promovían el control de la natalidad y la educación sexual. Repartían folletos de Margaret Sanger (pionera del control natal) para que las mujeres no fueran “esclavas de su biología”.
Autonomía y Divorcio: Las ligas fueron fundamentales para impulsar la Ley del Divorcio en Yucatán, permitiendo que las mujeres abandonaran relaciones de abuso sin quedar en la indigencia social.
Higiene y Economía: Organizaban charlas sobre el cuidado de las infancias, economía doméstica y alfabetización, bajo la premisa de que una mujer educada es más difícil de oprimir.
Propuestas innovadoras como Regidora (1922-1924)
Cuando Rosa asumió el cargo de Regidora número 14 en el Ayuntamiento de Mérida, su agenda rompió con la tradición administrativa de la época. Ella llevó “lo doméstico” (lo que los hombres consideraban trivial) al centro de las políticas públicas:
Protección a la Infancia: Fue la principal impulsora de la creación de parques infantiles en Mérida. Entendía que el derecho al juego y al esparcimiento seguro era una cuestión de bienestar social.
Modernización del Rastro y Mercados: Presentó la iniciativa para construir un nuevo Rastro Municipal y reorganizó los mercados públicos. ¿Por qué era un enfoque de género? Porque eran los espacios donde las mujeres pasaban gran parte de su día, ya fuera trabajando como vendedoras o como consumidoras, y Rosa exigía condiciones de salubridad dignas.
Abolición de las Tiendas de Raya: Durante su gestión, trabajó arduamente para eliminar estos sistemas de explotación que mantenían a las familias trabajadoras en una deuda perpetua, afectando directamente la estabilidad del hogar.
Reformas al Código Sanitario: Impulsó cambios en materia de higiene pública y salubridad, enfocándose en la prevención de enfermedades que afectaban principalmente a las zonas más pobres de la ciudad.
El Boletín Municipal: Creó el antecedente de la Gaceta Municipal para transparentar las acciones del gobierno, permitiendo que la ciudadanía (incluidas las mujeres que empezaban a leer) supiera en qué se gastaba el presupuesto.
El legado humano: Lo que hizo a Rosa Torre González excepcional fue su capacidad de entender que la política no se trataba solo de leyes, sino de dignificar la vida diaria.
Su enfoque de género no era una cuota; era una convicción de que la democracia solo es real cuando las necesidades de las mujeres y los niños dejan de ser “asuntos privados” para convertirse en prioridades de Estado.












