Sabiendo cómo es el percal ¿para qué te metes?

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*Momento de Acotar

/ Francisco Cabral Bravo /

Con solidaridad y respeto a Rocío Nahle García y Ricardo Ahued Bardahuil
En los gobiernos puede haber quienes resuelven todos los problemas. Esos son bienvenidos a cualquier precio. Usted los puede recordar hay otros que pueden resolver algunos problemas, aunque no todos. Usted los puede identificar. Esos pueden aceptarse, según el precio. Pero hay unos proscritos que provocan los problemas. Esos ni regalados. Usted los puede mencionar.

Y, en el último círculo del infierno, hay quienes son el problema en sí mismos. Usted los puede señalar. Esos están más que prohibidos. Los círculos del infierno los puso Dante. Los gobernantes no los pusieron. Pero nosotros somos los únicos que pagamos los precios del atraso, del retraso y del fracaso.

Las recetas no siempre sirven, por la sencilla razón de que no siempre ellos tienen cualidades.
“Quod natura non dat, Salmantica non praestat” reza UNAM. Por eso, aquellos libros que se editan por millones de ejemplares, para que cualquiera se convierta en un genio, casi siempre es dinero tirado a la basura. El menso queda más confundido en el epílogo de lo que estaba en el prólogo.

Los abuelos recetaban tres viejos consejos. Lo primero, es tener ganas de gobernar. Que ello sea el producto de una búsqueda con sacrificio. Si se llega “de chispa”, ya comienza mal la cosa. Lo segundo, es saber gobernar. La política es para inteligentes.
Los imbéciles sufren mucho en ella y pueden perder todo, sin darse cuenta. Darles un cargo es como prestarle una pistola a un niño. Creen que todo es juguete, no saben para qué sirve y pueden hacer o hacerse un daño irreparable.

Lo tercero, es poder gobernar. No aferrarse a ilusiones quiméricas porque se puede caer en la decepción. Que si uno es muy competente. Que bueno, pero quizá, ellos necesitan un ratero. Que es buen orador, pero buscan un callado. Que es un buen líder, pero requieren un sirviente. Que es muy valiente, pero van a alquilar a un cobarde.
El hombre de Estado puede desbarrancarse, principalmente por tres motivos: la ignorancia, la indolencia o la impotencia. Es decir, porque no supo, porque no quiso o por qué no pudo.

La ignorancia proviene de la falta de pericia, de la ausencia de información o de la incapacidad política. Porque no aprendió su oficio, porque no entrenó sus actitudes o porque no entendió su encargo. La indolencia proviene de las pocas ganas, de los pocos esfuerzos y de los pocos trabajos. Porque se tardó, porque se distrajo o porque se desperdició. Porque se dedicó a lo que le gustaba y no a lo que lo obligaba. Porque nunca pensó lo que su pueblo quería, lo que se necesitaba o lo que soñaba.
La impotencia proviene de su propia debilidad o de la fuerza de los que se le oponen. Porque no instaló la gobernabilidad, porque no asumió el liderazgo o porque no utilizó sus capacidades.

El iceberg ya golpeó al transatlántico mexicano.
No sé cuántos botes salvavidas tenemos.
Es más, no sé si tenemos bote salvavidas.
Por eso no sé si se salvará el sistema, el país, o no sé si se salvará ninguno. Tampoco sé a quién se puede salvar.
Por lo general es divertido recurrir a frases antiguas y populares que permiten concentrar el sentido de aquello que se necesita puntualizar con la brevedad de las palabras, de sintetizar, concierto ironía o humor, una percepción de la realidad que no necesita más que un guiño para ser comprendido. En ese sentido, cualquier recurso es válido y lo llegamos a agradecer cuando intentamos entender algo de la política que define a nuestro país.
Así, es momento de recordar aquel viejo refrán que plantea “sabiendo cómo es el percal, ¿para qué te metes?” En menos de diez palabras se hace alusión a quien no debe sorprenderse ante los resultados de una situación cuando ya sabía, con anticipación, cuáles eran las reglas de un juego, los pormenores de una situación embarazosa o la naturaleza de una persona que se basa en el engaño y la mentira. “Bajo advertencia no hay engaño”, dirían los más conspicuos y, vaya situación, avisos han existido muchos desde hace un par de décadas.

Estamos ante un percal que lleva grabado un círculo lleno de contradicciones ¿Y la sociedad? Es momento de otro tipo de respuestas.
Cambiando de tema y tono cuando un antibiótico no logra eliminar todas las bacterias de una infección, las que sobreviven suelen ser portadoras de mutaciones que las protegen y ellas descienden una población más resistente al mismo fármaco que debía destruirlas. La imagen resulta incómoda para quienes ejercemos la crítica pública, porque sugiere que el poder se comporta de un modo parecido y que cada golpe que no lo derriba le engaña a sobrevivir al siguiente.

Quienes analizamos la política revelamos casos de corrupción o documentamos la violencia y solemos pensar nuestro oficio como un remedio, pero pocas veces nos detenemos a preguntar qué hace el organismo con las dosis que le administramos.
En 1919, Max Weber distinguió entre dos maneras de juzgar la acción política. La ética de la convicción se mide por La pureza de la intención, como la del cristiano que obra bien y deja el resultado en manos de Dios, mientras que la ética de la responsabilidad obliga a responder por consecuencias previsibles de lo que hace. Weber advertía que es falso que del bien solo salga el bien, y que quien no lo recibe sigue siendo en política un niño.

Repetimos que el infierno está empedrado de buenas intenciones, aunque la frase haya sobrevivido con holgura a la pérdida de su firma.
Quisiera añadir un matiz a esa lección, porque el mal que a veces sigue a una denuncia suele provenir de los usos que distintos grupos de poder suman a las palabras una vez publicadas, y son esos usos que distintos grupos de poder suman a las palabras una vez publicadas, y son esos los que conviene vislumbrar como parte del análisis riguroso.
Hannah Arendt ofreció en verdad y política una defensa de quienes informan los hechos, al citarlos en posiciones exteriores al juego de intereses, entre ellas la del juez y la del reportero y encontró en esa exterioridad la condición de su valor. Comparto su alarma ante la mentira que destruye los hechos, pero dudo que aquella distancia alcance para proteger lo que se dice o informa punto una verdad factual vive, por así decirlo, en dos tiempos.

En otro orden de ideas hoy vemos una creciente disputa por obtener una curul en los congresos locales y en el Congreso de la Unión. Pero ¿qué significa realmente buscar una diputación?¿Se trata de representar a los ciudadanos, legislar, proponer iniciativas, construir acuerdos y fiscalizar los recursos públicos? ¿O, en algunos casos se ha convertido también en una ruta para no tener protección cuando comienzan a aparecer cuestionamientos sobre el ejercicio de un cargo público?

No pretendo generalizar. Hay legisladores con preparación, experiencia y verdadera vocación de servicio punto pero también es imposible ignorar que hoy llegan a los congresos personas sin la preparación necesaria para asumir una responsabilidad legislativa y, en algunos casos, actores políticos que, después de ocupar posiciones de poder y quedar bajo señalamientos por posibles irregularidades, auditorías, investigaciones periodísticas o cuestionamientos sobre el manejo de recursos públicos, buscan rápidamente una diputación.

Entonces surge una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿quieren servir o buscan blindarse?
Durante años los congresos fueron concebidos como espacios para el debate parlamentario, el conocimiento, la representación ciudadana y la construcción de acuerdos. No se trata de idealizar el pasado: siempre han existido excepciones. Pero resulta difícil ignorar que hoy con demasiada frecuencia, el nivel del debate está por debajo de lo que debería corresponder a un recinto legislativo. El argumento es sustituido por la descalificación, la preparación por la estridencia y la deliberación por el espectáculo político.
Legislar no es gritar más fuerte. Representar no es insultar. Y ganar una elección no convierte automáticamente a nadie en estadista.

La política necesita recuperar preparación, responsabilidad y dignidad. Está muy desgastada.
Y es precisamente aquí donde aparece el tema del fuero. Proteger la función legislativa no significa blindar a la persona. La democracia no consiste solamente en votar. También consiste en saber a quién estamos eligiendo y qué antecedentes tiene.