Seis mujeres indígenas en el corazón de Reforma.

’12/01/2026’}

*Alguien como tú.

/ Gladys Pérez Maldonado./

La reciente develación de seis estatuas dedicadas a mujeres indígenas en Paseo de la Reforma en la Ciudad de México constituye un hecho cultural y político de alto significado. No solo resignifica uno de los corredores históricos más emblemáticos del país, tradicionalmente ocupado por figuras masculinas, militares y próceres del siglo XIX, sino que también reivindica la presencia silenciada de mujeres indígenas que han dejado huella en la construcción social, cultural y económica de México. El acto marca un punto de inflexión en la narrativa urbana de la capital, donde la memoria pública se ha convertido en terreno de disputa por reconocimiento y justicia simbólica.

La selección de las homenajeadas responde a trayectorias diversas, la Señora 6 Mono, nacida en la nobleza mixteca, fue una guerrera y gobernante del Señorío de Jaltepec. Asumió el liderazgo de su pueblo en tiempos de gran adversidad, defendiendo con determinación su territorio y la identidad de su cultura; TZ’AK-BU AJAW La Reina Roja, conocida como la Señora de la Sucesión, política influyente en su época, conocedora de artes de hechicería que gobernó Palenque junto a Janaab’Pakal durante un periodo de prosperidad para el pueblo Maya entre el año 615 y el 683; Tecuichpo-Ixcaxochitzin, conocida también como Isabel Moctezuma, fue una ferviente opositora de la esclavitud; la Malintzin, traductora diplomática que utilizó su capacidad políglota para ser intérprete y así negociar entre los pueblos originarios y españoles, hoy se reconoce por su sabiduría y resistencia; Xiuhtzantzin (Flor de la tierrita Tolteca), Gobernanta tolteca de Tula a finales del siglo IX, consolidó a Tollan-Xicocotitlán como importante centro político, económico y cultural, destacando por su sabio liderazgo y compromiso con el pueblo; y, Eréndida (defensora purépecha), princesa purépecha del siglo XVI, es símbolo de resistencia indígena, lideró la defensa de su pueblo frente a la invasión española y representa la valentía de las mujeres originarias.

La ubicación en Reforma no es menor, la avenida ha funcionado por décadas como vitrina de poder político. Conmemorar ahí a mujeres indígenas implica una disputa por el relato oficial y una reapropiación de un espacio que históricamente las ignoró. Se trata de un acto de reparación simbólica en un país donde los pueblos originarios enfrentan desigualdades estructurales persistentes, desde el acceso a la justicia hasta la representación política y mediática. Sin embargo, el homenaje también abre interrogantes sobre el alcance real de estos gestos y su capacidad para transformar la vida de las mujeres indígenas en el presente.

En su dimensión política, la develación se inscribe dentro de un momento de mayor visibilidad de agendas feministas, antirracistas y de interculturalidad. En México, estas tensiones se han expresado tanto en debates sobre la discriminación y el racismo, como en reivindicaciones territoriales y lingüísticas. La presencia de las estatuas en un espacio tan central recuerda que la nación no puede pensarse sin los pueblos originarios, pero también que la modernidad mexicana fue construida, en gran medida, a costa de su exclusión. La paradoja queda expuesta: mientras se honra la memoria, persiste la brecha en derechos materiales.

No obstante, el gesto no está exento de críticas. Diversas voces han señalado el riesgo de que el homenaje se quede en el ámbito de lo simbólico y funcione como una forma de “inclusión ornamental”, sin traducirse en políticas públicas que atiendan las desigualdades que enfrentan las mujeres indígenas en educación, salud, acceso a la tierra, autonomía y participación política. Para algunas activistas, el desafío radica en que la representación no sustituya a la justicia social. Las estatuas pueden generar conciencia y memoria, pero no remplazan la urgencia de impulsar reformas estructurales y presupuestos con enfoque de derechos.

También resulta pertinente preguntarse por la selección misma: ¿quién decide qué mujeres merecen ser inmortalizadas en bronce? ¿Qué historias quedan fuera y por qué? La memoria pública siempre implica una curaduría política y cultural, y su transparencia resulta clave para evitar tensiones o apropiaciones indebidas.

Este homenaje no resuelve el largo historial de discriminación hacia los pueblos originarios, pero sí introduce un capítulo relevante en la disputa por la memoria colectiva. El espacio público, lejos de ser neutral, es uno de los lugares donde se negocia quién cuenta en la historia nacional. Al colocar en el centro a seis mujeres indígenas, México reconoce una deuda histórica y abre la puerta a una conversación más amplia sobre representación, justicia simbólica y ciudadanía intercultural. El reto será que este gesto no quede aislado, sino que forme parte de una agenda más ambiciosa que coloque los derechos de las mujeres indígenas en el centro de la vida pública…