Soberanía, el escudo político de Claudia Sheinbaum

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*IMPRONTA.

/ Por Carlos Miguel Acosta Bravo /

En política, las palabras adquieren fuerza cuando logran conectar con la memoria, las emociones y las preocupaciones concretas de una sociedad. En México, pocas expresiones tienen tanta capacidad de movilización como “soberanía nacional”. Claudia Sheinbaum lo ha entendido y ha convertido la defensa de la independencia del país y el principio de no intervención en uno de los principales ejes de su comunicación política.

La estrategia le ha resultado eficaz. Frente a una relación bilateral marcada por las presiones de Washington -particularmente durante el gobierno de Donald Trump-, la presidenta ha logrado aparecer como la representante de México ante un adversario externo identificable. Su mensaje combina firmeza y prudencia. México coopera, dialoga y negocia, pero no acepta subordinaciones.

Esa fórmula le ha permitido recuperar iniciativa política, fortalecer su liderazgo y mantener elevados niveles de aprobación. En agosto de 2026, El Financiero registró 68% de aprobación presidencial, mientras que Enkoll reportó 69% al cierre del segundo año de gobierno. Son cifras sólidas, aunque también muestran una ligera erosión frente a periodos anteriores.

La defensa de la soberanía encuentra terreno fértil en la historia mexicana. La memoria de las intervenciones extranjeras, la defensa territorial y la tradición diplomática de autodeterminación forman parte de una identidad política arraigada.

Por eso, cuando Sheinbaum afirma que “México es un país libre, independiente y soberano”, no pronuncia solamente una declaración diplomática. Activa un repertorio simbólico que remite a la dignidad nacional y a la capacidad de los mexicanos para decidir su propio destino.

El mensaje presidencial puede resumirse en una fórmula de gran eficacia comunicativa: cooperación sí, sometimiento no. La relación con Estados Unidos es compleja, pero esa complejidad se vuelve comprensible para amplios sectores de la población cuando se expresa como una defensa del respeto mutuo.

En lugar de presentar la política exterior como un asunto técnico reservado a especialistas, Sheinbaum la convierte en una cuestión de dignidad nacional. Esa operación facilita la identificación emocional y le permite establecer un vínculo directo con ciudadanos que quizá no siguen los detalles de la negociación bilateral, pero sí rechazan la idea de que México reciba órdenes desde el extranjero.

El discurso de soberanía también modifica el terreno de la conversación pública. La presidenta deja de aparecer únicamente como la funcionaria obligada a responder por los problemas de seguridad, corrupción o desempeño económico y se coloca como la jefa de Estado que debe proteger al país frente a presiones externas.

El cambio no es menor. La narrativa desplaza el debate, de los problemas internos del Gobierno a las presiones internacionales, de las divisiones partidistas a la unidad nacional. De los cuestionamientos a funcionarios oficialistas a la defensa de las instituciones mexicanas. De la inseguridad y la migración como asuntos domésticos a la exigencia de respeto ante otros Estados.

La fortaleza de la estrategia consiste en que Sheinbaum puede mostrarse firme sin aparecer necesariamente como irresponsable. Rechaza cualquier forma de intervención, pero no rompe el diálogo ni la cooperación. La cobertura de su segundo informe destacó precisamente esa combinación entre autonomía nacional e interlocución internacional.

La política exterior de Donald Trump ha ofrecido a la presidenta un antagonista fácilmente reconocible. Las amenazas arancelarias, las críticas a la estrategia mexicana de seguridad, las exigencias en materia de narcotráfico y las declaraciones sobre posibles acciones unilaterales han creado las condiciones para que el Gobierno articule una narrativa de defensa nacional.

En ese escenario, cada pronunciamiento presidencial puede ser interpretado como una prueba de liderazgo. Sheinbaum procura no aparecer ni como subordinada ni como una mandataria dispuesta a conducir al país a una confrontación sin salida. Su apuesta consiste en responder con firmeza, pero dentro de los márgenes de la diplomacia.

Los datos de opinión sugieren que esa fórmula ha tenido efectos positivos. De acuerdo con El Financiero, la opinión favorable sobre la relación de la presidenta con Donald Trump pasó de 35% a 41%, mientras la aprobación general de Sheinbaum alcanzó 68% en agosto de 2026.

El punto central no es simplemente rechazar a Estados Unidos. La eficacia proviene de hacerlo mediante una fórmula que combina respeto mutuo, cooperación y cumplimiento de la ley mexicana. El nacionalismo presidencial, por tanto, no se presenta como aislamiento, sino como una condición para negociar en mejores términos.

La soberanía funciona también como un “paraguas” político. Bajo esa bandera pueden coincidir simpatizantes de Morena, ciudadanos nacionalistas sin filiación partidista e incluso personas que no respaldan toda la agenda gubernamental, pero que rechazan cualquier intervención extranjera.

Ahí radica una de las mayores ventajas de la narrativa, convierte una posición del Gobierno en una causa nacional. La presidenta no habla únicamente en nombre de su partido, sino que busca hablar en nombre de México.

Sin embargo, esa operación tiene una zona de riesgo. Cuando quienes defienden la soberanía son presentados como patriotas y quienes solicitan presión internacional son vinculados con intereses extranjeros, el debate puede reducirse a una falsa disyuntiva. Algunos análisis han advertido que el discurso de la injerencia también ha servido para colocar a sectores opositores del lado de los intereses externos.

La defensa de la soberanía es legítima. Lo problemático sería utilizarla para descalificar toda crítica interna, limitar el escrutinio periodístico o presentar cualquier desacuerdo como un acto de deslealtad nacional.

Claudia Sheinbaum heredó una base política amplia y una estructura de poder construida durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Pero también necesitaba desarrollar una identidad presidencial propia.

La defensa de la soberanía le ha permitido conservar elementos centrales de la Cuarta Transformación —el nacionalismo, la reivindicación del Estado, la justicia social y el rechazo a las élites— sin limitarse a reproducir el estilo de su antecesor.

Su sello, al menos en este terreno, ha sido más técnico y menos estridente. Recurre a los principios constitucionales, pero subraya la negociación, la legalidad y la cooperación. El resultado es una imagen de autoridad nacional con capacidad para desenvolverse en el escenario internacional.

El discurso le permite proyectarse como una presidenta que no renuncia a sus convicciones, pero que tampoco confunde firmeza con ruptura. Esa diferencia puede ser clave para consolidar un liderazgo propio.

Los niveles de aprobación muestran que la estrategia ha sido políticamente rentable. Pero sería un error atribuir el respaldo presidencial exclusivamente al discurso de soberanía. Las más reciente encuestas como la de Enkoll realizada por el periódico Elpais en septiembre de 2026, reflejan un 69% de aprobación presentan un alto respaldo, aunque 10 puntos menor que en su primer informe.

La realizada por El Financiero en agosto de 2026 con un 68% de aprobación, presenta una mejor percepción de la relación con el presidente estadounidense Donald Trump.

La encuesta Metricsmx de sdpnoticias de marzo de 2026, que refleja un 75.3% de aprobación se da en el contexto de  respaldo a la defensa de la Soberanía frente a opiniones de políticos extranjeros. Por último la del Centro de Estudios de Opinión en julio de 2026 con un 72% de aprobación, revela que la defensa de la soberanía ante el presidente Donald Trump, estuvo entre las acciones más reconocidas por la sociedad mexicana.

Estos datos muestran una relación entre la aprobación presidencial y el respaldo a la defensa de la soberanía. Pero una correlación no demuestra que una variable haya causado la otra. Ambas pueden reflejar un clima político más amplio, en el que convergen el rechazo a Trump, el orgullo nacional, la valoración de los programas sociales y el respaldo general al Gobierno.

La encuesta de MetricsMx es sugerente porque vincula directamente la aprobación de Sheinbaum con el respaldo a su postura frente a las presiones extranjeras. Aun así, no permite concluir que el nacionalismo sea, por sí solo, la explicación del respaldo ciudadano.

Toda estrategia política eficaz tiene límites. La soberanía puede elevar la aprobación presidencial, pero no sustituye los resultados de gobierno. La inseguridad y la corrupción continúan entre las áreas peor evaluadas, lo que revela que el respaldo simbólico no elimina las preocupaciones cotidianas de la población.

Además, los programas sociales siguen siendo uno de los principales pilares de la aprobación presidencial. La encuesta de El Financiero los identificó como el rubro mejor evaluado, una señal de que la popularidad de Sheinbaum tiene una dimensión material y no solamente simbólica.

El discurso también puede perder eficacia si se utiliza para ocultar problemas internos, proteger a funcionarios cuestionados o evitar explicaciones sobre asuntos de corrupción y seguridad. La defensa de la soberanía es más convincente cuando se acompaña de transparencia y rendición de cuentas; de lo contrario, corre el riesgo de convertirse en un recurso retórico para evadir responsabilidades.

También le ha servido para reposicionarse frente a su antecesor y construir una imagen propia, una presidenta firme, institucional y capaz de defender la autonomía nacional sin recurrir necesariamente a la estridencia.

La verdadera prueba para Sheinbaum será demostrar que la defensa de México frente a cualquier presión extranjera puede coexistir con la defensa de la democracia interna, la libertad de expresión, el pluralismo y la rendición de cuentas. Sólo así la soberanía dejará de ser una consigna eficaz para convertirse en una política de Estado.