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/ Fernando Meraz /
Este sábado, los caballos negros de la guerra galoparon sobre el lienzo del mundo, y sus tambores siniestros resonaron como latidos de piedra en el pecho de la tierra. Pero la inmensa mayoría de los pueblos lo mira como una pesadilla que habita en tierras lejanas, como un eco extraño que no pertenece a su propio silencio, como algo tan ajeno que no merece ocupar el espacio de sus días. ¿Pero acaso no es esta la mentira que nos cubre como una manta demasiado delgada? ¿No es como creer que el fuego que arde en la orilla opuesta del río no llegará nunca a nuestras orillas, cuando el agua misma lleva en sus corrientes el aliento del calor y la ceniza?
La guerra en este nuevo siglo ya no es solo el encuentro de acero y fuego sobre campos abiertos – es un fantasma que se disfraza de sombra y luz a un tiempo. Filosóficamente, ya no es solo un conflicto entre naciones o ideologías, sino la tensión misma entre la humanidad que anhela el abrazo y el sistema que nos enseña a mirarnos con sospecha. Ya no es el caballo el que carga la batalla, sino el algoritmo que navega por los océanos de datos como un submarino invisible. La tecnología ha convertido la guerra en un juego de sombras donde los campos de batalla son pantallas, los armamentos son códigos y los enemigos pueden ser tanto un ejército como un clic que desencadena el caos. Es la confrontación que se libra en el aire que respiramos, en las señales que conectan nuestras vidas, transformando lo cotidiano en un territorio disputado – donde el silencio de un servidor puede ser más letal que el estallido de una bomba.
Así mismo, la ciencia, que debería ser la luz que ilumina nuestro camino hacia la vida, a veces se convierte en la herramienta que perfecciona la muerte. Es el dilema que nos atraviesa: el mismo conocimiento que cura enfermedades puede diseñar venenos, la inteligencia que construye ciudades puede planificar su destrucción. La guerra hiere el alma de la ciencia al convertir su búsqueda del saber en una carrera por el poder de aniquilar, rompiendo el pacto que debería unir el conocimiento con el bienestar de todos los seres. Y en su centro yace un absurdo profundo: el acto de matar por matar, un círculo vicioso que se alimenta de sí mismo, donde la violencia genera solo más violencia como un fuego que se come su propia ceniza.
En este torbellino, se rompe el sutil hilo que une tres rostros distintos del mismo ser: el hombre que parte hacia la guerra, cargado de miedos, sueños y el peso de aquellos que lo esperan en casa; el guerrero que se forma en el fragor del conflicto, forjado por el instinto de sobrevivir y la lealtad a sus compañeros; y el que está en las oficinas distantes, que lee números y mapas como si fueran cuentos, olvidando que cada cifra es una vida, cada línea en un plano es un camino que alguien recorrió por última vez. Mientras tanto, el mundo sigue girando entre la esperanza de volver a tejer ese hilo roto y el temor de que los tambores negros nunca callen.












