Sobrevivir sí, pero ¿vivir

*NEMESIS.

Las generaciones que hoy cargan sobre sus hombros el peso del destino han aprendido el arte de resistir. Saben abrirse paso entre la escasez, esquivar las tormentas, mantener en pie la llama aunque el viento sople con furia. Están preparadas para sobrevivir, sí… pero no para vivir en el sentido más alto y verdadero de la palabra.
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Nos rodean señales de agotamiento: la Tierra, nuestra casa antigua, respira con dificultad; sus ciclos se rompen, sus fuentes se secan —y con el agua se va también la vida que nutre todo lo que existe. Las guerras no son ya solo choques de ejércitos, sino la lucha por quedarse con todo lo que queda. Y en medio de esta lucha, hemos ido soltando de nuestras manos lo que nos hacía humanos: los valores como raíces, la ética como brújula, la filosofía como luz, y aquellas costumbres que, a lo largo de siglos, nos enseñaron a caminar juntos y a respetar el tiempo de todas las cosas.
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Ante el vacío que deja esa pérdida, muchos buscan refugios engañosos, sustancias psicotropicos o drogas que adormecen el dolor, caminos cortos que no llevan a ninguna parte, placeres que duran lo que dura un suspiro y dejan el alma más seca que antes.
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Así camina nuestra sociedad hoy: como un cuerpo que sigue moviéndose, que cumple sus funciones, pero que ha perdido gran parte de su alma. Es una sociedad enferma. Sigue adelante, sí, pero sin saber bien hacia dónde va ni por qué.
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Sin embargo, en el mismo reconocimiento de esta herida nace la posibilidad de sanar. Porque para volver a vivir, primero hay que saber que hemos dejado de hacerlo —y atreverse a reconstruir, no solo con herramientas, sino con sentido.