Trump, o cómo se descompone un poder .

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/Verónica Malo Guzmán/

La frase “siempre se puede estar peor” no solo se aplicó con el obradorismo. Donald Trump acaba de escribir un nuevo capítulo grotesco en la larga saga de su degradación política. Su equipo —o él mismo— compartió un video en su red social oficial que muestra a Barack y a Michelle Obama como simios danzantes, adornados con imágenes generadas por inteligencia artificial y acompañados por una versión burlesca de The Lion Sleeps Tonight.

La publicación estuvo en línea unas doce horas antes de que la Casa Blanca, ¿presa de la vergüenza ajena?, la eliminara, achacando la pifia a un “error del personal”.

Que esto lo haya presentado el actual Presidente de los Estados Unidos no es accidente. Es síntoma. Se trata de un tropo racista con siglos de historia, usado explícitamente para deshumanizar a las personas negras, justificando violencia y exclusión primero, y luego, con un barniz de “broma política”, tratando de presentar como algo normal lo intolerable.

En un gesto casi kafkiano, la portavoz Karoline Leavitt trató de maquillar la barbaridad: “Es un meme de internet sobre Trump como Rey de la Jungla y demócratas como personajes de El Rey León… y deberían dejar la falsa indignación”. Traducción: la degradación de la política como entretenimiento infantil —o peor, como insulto racista disfrazado de humor— es ahora política de Estado. Y quienes criticamos ese horror —y mayúscula estupidez— además resulta que debemos pensar que estamos mal. ¡Caramba!

El verdadero espanto, encima, no es solo la imagen en sí. Es que haya tardado doce horas en borrarse, y solo después de condenas bipartidistas incluso dentro del propio Partido Republicano: el senador Tim Scott lo definió como “lo más racista que ha visto saliendo de esta Casa Blanca”.

La tardanza y las medias palabras de disculpa descubren la lógica perversa de un gobierno cuya respuesta natural a la crítica es rodearla de ironía y negación.

Porque Trump no solo ha normalizado la fantasía conspirativa sobre el fraude electoral para justificar su derrota en 2020, también ha normalizado la idea de que cualquier cosa puede publicarse si sirve para provocar o distraer, aunque reproduzca estereotipos que durante generaciones justificaron genocidio, esclavitud y segregación.

Más allá del meme, hay una construcción deliberada: difundir ideas espurias, conspirativas y visualmente ofensivas, y luego cubrirse con la bandera de la supuesta libertad de expresión. El cálculo del actual gobierno estadounidense es perverso: polariza aún más a una sociedad ya de por sí dividida, moviliza a las bases y ahoga cualquier debate sereno en un mar de indignaciones manipuladas.

Aquí no se trata solo de un video aislado. Se trata de una práctica repetida: desde teorías conspirativas sobre el lugar de nacimiento de Obama hasta videos manipulados que lo muestran encarcelado. A Trump siempre le ha gustado presentar a sus oponentes en situaciones degradantes antes de que la realidad —y la historia— lo corrija.

Y la frivolidad con la que el equipo de Trump intentó minimizar la crítica —acusándola de “falsa indignación”— es la misma que viola la historia racial de Estados Unidos. Es el aliado del insulto fácil, del cliché ofensivo que brota del fanatismo más crudo.

Porque si algo debería quedar claro hoy es esto: cuando la deconstrucción de la dignidad humana se disfraza de chiste político, hemos cruzado un umbral muy peligroso. Un presidente puede estar en desacuerdo con su predecesor, pero pintarlo como simio no es fricción política. Es deshumanización con estética de memes.

Lo que pocos analistas han señalado es que este episodio no es solo un lapsus de redes sociales ni una estrategia provocadora aislada, sino que marca una nueva fase del uso político de la inteligencia artificial para reproducir racismo visual sin filtro. Mucho cuidado con eso. ¿Ya están los grandes magnates dueños de las compañías de inteligencia artificial atendiendo este asunto que se volverá tremendo problemón?

La combinación de IA + redes de un presidente convierte ahora la desinformación en un arma estética: no solo mienten sobre hechos, sino que alteran la imagen y la identidad humana de los actores políticos. No es solo propaganda. Es una estrategia para instalar nuevos imaginarios visuales ofensivos que anulen la empatía histórica y racial. Ese salto —de las palabras a las imágenes generadas por IA con carga racista institucional— es un terreno casi inexplorado en la prensa y las redes, pero será decisivo para entender cómo se normaliza lo intolerable en la política global del siglo XXI.