Un poco de autocrítica

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*Transmutaciones

/ Escrito por Lucía Melgar Palacios */

En estos tiempos revueltos,  de tensiones políticas internacionales que amenazan la estabilidad económica y social del planeta y de presiones arbitrarias del gobierno de Estados Unidos contra aliados y adversarios, no estaría de más un poco de mesura y autocrítica en nuestro gobierno y clase política. Abundan, en cambio,  declaraciones altisonantes,  acusaciones a todos los vientos, baños de pureza públicos, propaganda grotesca, extrañas alianzas.

Ante la farsa, nada risible, del gobernador con doble licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo parece por fin haber puesto un límite a un político carente de mesura, que se sentía intocable o con influencias que le permitirían tratar a su estado como feudo. El malestar político, sin embargo, no se resuelve con una sola decisión, por necesaria y contundente que parezca. Más allá de este caso clínico de disfuncionalidad política, diversos analistas han apuntado a las tensiones al interior del propio gobierno y su partido.

Desde la llegada al poder de Sheinbaum algunos o muchos esperaban algún deslinde del régimen anterior, alguna señal de que efectivamente la primera presidenta era y es quien dirige el gobierno. Si el giro en la estrategia de seguridad puede leerse como un indicio de cambio (insuficiente), la persistencia de un discurso polarizante, los gestos autoritarios, la permanencia de figuras identificadas con el «obradorismo radical” y, sobre todo, la impunidad en que se mantienen viejos y nuevos escándalos de corrupción, como Segalmex o el “huachicol”, así como la aparente protección a presuntos responsables de este y otros delitos, y la falta de transparencia en casos judiciales sonados, sugieren que falta aún determinación para anteponer el interés nacional a los intereses particulares de grupos políticos y responder a la sociedad.

Más allá de las nebulosas intrigas y alianzas palaciegas y de especulaciones sobre lo que Sheinbaum esté determinada a hacer para poner orden entre sus supuestos aliados,  sería agradecible que la presidenta dejara la retórica de la “soberanía nacional” (que igual sirve para responder a peticiones de extradición que a la cancelación de una visa) y las acusaciones de “traición a la patria” contra críticos y opositores  y sentara las bases para un acuerdo pragmático de unidad nacional para enfrentar los problemas que siguen deteriorando la vida de los/as  mexicano/as.

No se necesita solo un cambio de discurso, aunque respetar el valor de la pluralidad sería un primer paso, se requiere de una revisión autocrítica a la luz de la crisis de derechos humanos, la incertidumbre económica y los retos educativostecnológicos y ambientales del siglo XXI.

¿De qué soberanía habla un gobierno que no ha logrado imponer el Estado de derecho en territorios ocupados por el crimen organizado? ¿De qué mejoras en la seguridad se ufana un gobierno que minimiza la crisis de derechos humanos que representan las desapariciones? ¿De qué justicia cuando la CNDH abandona a las víctimas de Ayotzinapa? ¿De qué libertades cuando aquí se mata y amenaza periodistas impunemente?

Personalizar el ejercicio gubernamental conlleva el riesgo de distorsionar el sentido de la política y reducirla a los caprichos de líderes carismáticos. En un régimen presidencialista y en la sociedad del espectáculo, no obstante,  los actores más visibles tienen la mayor responsabilidad. En un gobierno que tanto alude a la “Historia”, sería obligado pensar a futuro y actuar en consecuencia.

En este mismo sentido, la llamada “oposición” requiere con urgencia de autocrítica y humildad.  Lejos de “renovarse”, los partidos tradicionales parecen competir por el premio a la peor actuación.

El PAN  se inclina por el estilo fascista con su lema “Patria, familia y libertad”  y su intento de sembrar miedo al afirmar que  “México ha vivido tiempos duros pero nunca tan obscuros como con ellos (Morena)”

¿Y el año del hambre 1915, la Revolución, la Cristiada?

El PRI recurre a la nostalgia engañosa (¿Problemas? “Mejor llámale al PRI”) mientras su líder denuncia en EU autoritarismo y censura cuando  el gobierno Trumpista sueña con cooptar las elecciones y promueve “graves violaciones de derechos humanos”.  Si todavía existen militantes comprometidos con la sociedad y la democracia, quizá puedan liberarse de liderazgos ineptos y actuar, desde la autocrítica de su pasado y presente,  como oposición constructiva.

Apenas están a tiempo.   

*Ensayista y crítica cultural, feminista

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