* El viernes se publicó el informe de la Agencia de la ONU sobre las víctimas menores de edad en los conflictos entre 2021 y 2025. Más de mil niños murieron en ataques con drones lanzados contra zonas densamente pobladas.
* Se analizaron 13 contextos de guerra: desde Ucrania hasta Oriente Medio, pasando por Somalia, Siria y Sudán. El portavoz de UNICEF Italia: es responsabilidad de la prensa y de los gobiernos sacar a la luz las crisis olvidadas; es fundamental el respeto del derecho internacional.
/ Cecilia Seppia – Ciudad del Vaticano /
Cuando una bomba, un misil o un dron caen en una zona poblada, la física de la devastación no reconoce las fronteras de la geopolítica ni las razones de los Estados, y ese silbido ensordecedor que estalla para destruir no hace distinciones de latitud, etnia, religión ni edad. El drama de los niños en las zonas de conflicto sigue en todas partes el mismo y despiadado guion: no importa si el cielo sobre ellos es el de Gaza o el de Ucrania, el de Myanmar, el de Sudán o el de Somalia. Si hay una guerra, los niños siempre son los primeros en ser afectados, las víctimas sacrificiales de una violencia ciega que desgarra el presente y borra el futuro. El último informe de UNICEF, “Explosive Weapons and Child Casualties in Conflict – Five Key Facts”, traza un balance de esta tragedia global sobre las muertes y mutilaciones sufridas por los más pequeños en zonas de guerra. Los datos, elaborados a partir de los informes anuales del Secretario General de las Naciones Unidas, describen una hecatombe silenciosa: entre 2021 y 2025, más de 35.000 niños fueron asesinados o mutilados por armas explosivas en todo el mundo. Un recuento del dolor que refleja un dramático cambio de rumbo de la humanidad.
La tecnología al servicio de la muerte
“En lugar de mejorar las cosas y asegurarse de que los niños no mueran, el ser humano se dedica cada vez más a desarrollar nuevas tecnologías para matarlos”, denuncia Andrea Iacomini, portavoz de UNICEF Italia. “Este hecho nos enfrenta a una nueva realidad: que los niños mueren cada vez más y de manera exponencial, no solo por las minas, no solo por los bombardeos, sino ahora también por este instrumento de muerte que son los drones”.
Los ataques aéreos indiscriminados
Las cifras del informe confirman esta tendencia. Si en 2021 las armas explosivas fueron responsables del 54% de las víctimas menores de edad, en 2025 este porcentaje aumentó a más del 72%. En los escenarios bélicos modernos, los centros urbanos se han convertido en verdaderos campos de batalla: alrededor del 97% del total de víctimas civiles se registra precisamente en las zonas pobladas. Las operaciones aéreas siguen siendo la principal causa de muerte y mutilación, representando casi el 30% del total de casos, pero la llegada de los drones ha introducido una nueva dimensión de terror, con más de 1.000 niños afectados en cinco años y un tope de 415 víctimas confirmadas solo en 2025, distribuidas en 13 escenarios de guerra diferentes.
Cuerpos sin nombre
Son explosiones tan violentas que incluso borran la identidad de las pequeñas víctimas. “Hay un dato estadístico del informe que realmente hiela la sangre y es que en el 20% de los niños asesinados o mutilados ni siquiera se pudo identificar el sexo; por lo tanto, la tecnología que debería hacernos más precisos está, por el contrario, haciendo que la guerra sea más despiadada con los civiles, con los cuerpos de los niños. Sí, eso es lo que realmente deja sin palabras: cuanto más se avanza, más avanza la tecnología, más sufren los niños daños permanentes, a veces tan graves que no se les puede reconocer”, señala Iacomini. Esto también implica que los padres que han perdido a sus hijos bajo la furia de los drones no puedan darles un entierro digno.
La enorme mentira
El informe también evidencia que los niños representan el 50% de los menores asesinados y mutilados en el quinquenio, mientras que las niñas constituyen el 30%. Sin embargo, la proporción de niñas y adolescentes afectadas está en constante aumento, pasando del 28% en 2021 al 33,5% en 2025. Además de la sangre derramada, el uso de armas pesadas en barrios residenciales destruye las infraestructuras civiles esenciales: hospitales, centros de salud, escuelas y redes hídricas son arrasados. “Hay una mentira enorme que este informe desmascara aún más: no es cierto que en los ataques solo se apunten objetivos militares o estratégicos como las infraestructuras, sino que son ataques letales contra la vida de las personas, especialmente de los niños”, subraya el portavoz de UNICEF Italia.
Desvelar la verdad sobre los niños
La geografía de la guerra, el mapa del dolor en los cuerpos de los niños, atraviesa los continentes; sin embargo, sufre la selectividad de los reflectores mediáticos occidentales, que solo se encienden para algunas crisis y no para otras. El informe menciona a Palestina, Myanmar, Siria, Afganistán, Sudán, Ucrania, Somalia y Yemen, entre otros. “Es tarea de los medios de comunicación, de la prensa, de las clases dirigentes y de los gobiernos -remarca el portavoz de UNICEF- lograr levantar el velo, especialmente sobre aquellas emergencias que son olvidadas. Debemos recordar que una emergencia no comienza solo cuando vemos muerte, destrucción y bombardeos, y se nos informa de ello todos los días, sino que una emergencia sigue siendo tal incluso cuando los reflectores mediáticos se apagan. Es precisamente ahí donde comienzan y se agravan las necesidades. Si olvidamos esto, es evidente que dejamos a estos países a su suerte y, por lo tanto, hoy tal vez pensemos erróneamente que solo existen Ucrania y Gaza, cuando en realidad existe Myanmar, existe Siria, de la que nadie habla, donde ha habido una guerra -quiero recordarlo- que se define como ‘regional’, pero que es mundial, en la que todos han combatido; hay países como Afganistán, como Sudán, donde se está viviendo la crisis humanitaria más grave del planeta”.
Un llamado a la responsabilidad
Además de las heridas visibles, las mutilaciones de extremidades y la pérdida de la vista o del oído, también existen las heridas del alma, y el impacto psicológico a largo plazo de este tipo de violencia es enorme. “Hemos instado a las partes en conflicto a que pongan fin al uso de estas armas explosivas en zonas pobladas; les hemos pedido que respeten el derecho internacional humanitario, que hoy más que nunca es completamente pisoteado, precisamente para proteger las infraestructuras que sirven para el bienestar de los niños; hemos pedido a los Estados que respalden la declaración política que firmaron, la “Explosive weapons in populated areas” (sobre armas explosivas en zonas pobladas), y que no transfieran armas explosivas a países en guerra que podrían utilizarlas contra la población civil; hemos hecho numerosas recomendaciones a los Estados que, de alguna manera, desean retirarse de la Convención sobre Minas Antipersonales para que reconsideren esa decisión… Y además se necesita un esfuerzo de todos. Hay que convencer a los donantes, a los actores humanitarios y a los Estados de que destinen fondos estables a los programas de protección de la infancia, porque la comunidad internacional debe apoyar este tipo de acciones, además de que aún hay pocos datos sobre este fenómeno y, por lo tanto, probablemente sea mucho más extenso de lo que se está observando. Por lo tanto, el llamado general es este, sobre todo porque estas situaciones provocan un estrés psicológico que dura toda la vida y traumas difíciles, si no imposibles, de superar: el desplazamiento, el estrés derivado de un bombardeo, la destrucción de sus hogares ante sus propios ojos, provocan daños indelebles en un niño”.

