VENEZUELA 4500 MUERTOS POR TERREMOTO AHORA REVOLUCIÓN

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/Eduardo Sadot/

Los terremotos derrumban edificios, sacuden construcciones – y conciencias – pero la corrupción puede derrumbar gobiernos. Las catástrofes naturales no producen por sí mismas las revoluciones; sin embargo, desnudan al poder, exhiben sus debilidades y muestran si quienes gobiernan tienen capacidad, sensibilidad y honradez para responder al sufrimiento colectivo.

El terremoto de Managua del 23 de diciembre de 1972 destruyó buena parte de la capital nicaragüense, pero también terminó por destruir la legitimidad de la dictadura de Anastasio Somoza Debayle. El manejo corrupto de la ayuda internacional, el enriquecimiento de la familia gobernante y la incapacidad para reconstruir la ciudad indignaron a empresarios, trabajadores, estudiantes, religiosos y ciudadanos. El sismo no creó al Frente Sandinista ni causó directamente la revolución de 1979, pero aceleró el aislamiento político y moral del somocismo.

México vivió un proceso semejante después de los terremotos del 19 y 20 de septiembre de 1985. La sociedad salió a las calles para rescatar personas, retirar escombros, atender heridos y organizar albergues. Los mexicanos descubrieron que podían actuar sin esperar las órdenes del gobierno y que la solidaridad ciudadana era más eficiente que la burocracia.

De aquellos escombros surgió una sociedad civil fortalecida que comenzó a desafiar la tutela política del régimen, surgen, la corriente democrática, el PRD el CEU y el CAU. Tres años después, en la elección presidencial del 6 de julio de 1988, Cuauhtémoc Cárdenas encabezó una insurrección electoral frente a Carlos Salinas de Gortari. El terremoto no originó aquella candidatura ni explica por sí solo la controvertida caída del sistema electoral, pero contribuyó a romper la obediencia social y a debilitar la idea de que solamente el PRI podía organizar y gobernar a México.

Hoy Venezuela se encuentra ante una prueba semejante. Los recientes terremotos han vuelto a mostrar no solamente la fragilidad de sus construcciones, sino las consecuencias de años de abandono institucional, opacidad, corrupción y deterioro de los servicios públicos. La tragedia ha dejado miles de muertos y damnificados, mientras ciudadanos, organizaciones civiles, comunidades religiosas y voluntarios han debido asumir buena parte de las labores humanitarias.

Pero la transformación venezolana no deberá ser una revolución de fusiles, venganzas ni nuevos caudillos. Después de tantas décadas de confrontación y autoritarismo, lo que sigue debe ser una revolución de las conciencias: recuperar la libertad, reconstruir las instituciones, restablecer la justicia y comprender que ningún gobierno puede apropiarse eternamente de una nación.

La tierra ya se movió. Ahora puede comenzar a moverse la conciencia de un pueblo. Porque las revoluciones no empiezan cuando caen los edificios, sino cuando los ciudadanos dejan de tener miedo, comprenden su fuerza y deciden no continuar viviendo bajo los escombros del poder ¿México necesita otro terremoto que sacuda conciencias?

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