… O PROTAGONISMO POPULISTA O AMBOS
/ Eduardo Sadot /
El viaje de la presidenta Claudia Sheinbaum a Barcelona, anunciado como una breve participación en un foro internacional de gobiernos progresistas, encierra una dimensión mucho más profunda que la mera asistencia a una cumbre. Se trata, en realidad, de un movimiento político cuidadosamente calculado que busca redefinir la posición de México en el escenario internacional, aunque no necesariamente en los términos que convienen al interés nacional.
En primer lugar, el desplazamiento tiene un evidente componente simbólico: representa el inicio de la reconstrucción de una relación bilateral dañada. Tras años de tensiones, este viaje puede leerse como un intento por recomponer lo que fue deteriorado por la diplomacia del gobierno de López Obrador con España, marcada por desencuentros, exigencias históricas y una narrativa que fracturó innecesariamente un vínculo estratégico. En ese sentido, la presencia de Sheinbaum en Barcelona implica un esfuerzo por restablecer puentes y recuperar espacios de cooperación política, económica y cultural.
Sin embargo, este gesto diplomático se ve matizado por el contexto en el que se produce. La cumbre a la que asiste no es un encuentro plural ni institucional, sino una reunión de corte ideológico que agrupa a líderes identificados con una agenda populista disfrazada de izquierda. Esto plantea una interrogante legítima: ¿México está retomando su papel como actor global autónomo o se está alineando con un bloque político específico?
La política exterior mexicana, históricamente sustentada en principios como la no intervención y la autodeterminación de los pueblos, corre el riesgo de diluirse cuando se subordina a afinidades ideológicas. Participar en foros de esta naturaleza puede ser útil en términos de diálogo, pero resulta cuestionable cuando se convierte en un eje rector de la acción internacional.
Por otra parte, la brevedad del viaje revela su carácter más político que diplomático. No se trata de una visita de Estado, ni de una agenda sustantiva de acuerdos económicos o estratégicos. Es, más bien, un acto de presencia que busca proyectar liderazgo en un entorno afín. En un momento en que México enfrenta desafíos internos en seguridad, crecimiento económico y cohesión social, la prioridad debería centrarse en fortalecer la agenda interna antes que en protagonismos internacionales de dudosa rentabilidad.
No obstante, tampoco puede negarse que el mundo atraviesa una etapa de reconfiguración política en la que los bloques ideológicos intentan reorganizarse. En ese contexto, la participación de México podría interpretarse como un intento por recuperar el liderazgo internacional perdido por México. El problema radica en que esa participación debe hacerse con prudencia, evitando comprometer la tradicional neutralidad que ha sido uno de los activos más valiosos de la diplomacia mexicana.
En suma, el viaje de Sheinbaum a Barcelona oscila entre la corrección de errores del pasado reciente y el riesgo de incurrir en nuevos. Si bien contribuye a recomponer relaciones con España — particularmente en la tarea de reconstruir lo afectado por la diplomacia anterior —, también abre la puerta a una política exterior más ideologizada. El verdadero reto para el gobierno mexicano será demostrar que este tipo de acciones responden a una estrategia de Estado y no únicamente a afinidades políticas circunstanciales. Habrá que ver la interpretación de Trump, Marco Rubio y Ronald D Johnson y sus consecuencias.
@eduardosadot
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