*Denunciar y erradicar el lenguaje hostil contra las mujeres no es un gesto moralista ,ni un capricho estilístico; es una estrategia de prevención.
BPNoticias.- La violencia verbal es el primer eslabón de una cadena que puede terminar en feminicidio. Lo que parece una simple grosería cotidiana, un insulto lanzado sin pensar, en realidad normaliza la agresión y reduce la calidad del diálogo público.
Pocas veces se detienen a reflexionar que ese lenguaje vulgar contra las mujeres abre la puerta a la aceptación de conductas agresivas en la vida diaria y crea un ambiente donde la hostilidad se percibe como algo natural que deriva en una sociedad violenta particularmente contra mujeres, niñas, niños y adolescentes.
Cuando el discurso adopta formas sexistas, invisibilizando a las mujeres, reduciéndolas a roles secundarios o ridiculizándolas, el impacto es aún más profundo. Se refuerzan estereotipos y desigualdades culturales que legitiman prácticas de discriminación y exclusión, que permean a otros estratos, víctimas del patriarcado.
Esa violencia simbólica puede derivar en violencia psicológica, porque las palabras no solo describen la realidad, también la construyen. La agresión verbal se convierte entonces en un terreno fértil para la agresión corporal.
El paso siguiente es el discurso misógino explícito, donde los insultos se dirigen directamente a las mujeres y las presentan como objetos. Este tipo de lenguaje genera un clima de odio y hostilidad que facilita la transición de la violencia simbólica a hasta lo extremo de la violencia física.
El discurso hostil no es inocuo: investigaciones muestran que el lenguaje misógino y violento contribuye directamente a normalizar la agresión contra las mujeres y, en última instancia, a sostener las condiciones culturales que permiten los feminicidios.
Los medios de comunicación juegan un papel clave, por ello deben cuidar su contenido. Cuando las narrativas mediáticas minimizan a las víctimas so pretexto de la crítica o libre expresión, justifican a los agresores o invisibilizan los feminicidios, refuerzan la impunidad cultural y la tolerancia social hacia la violencia.
El lenguaje mediático hostil contribuye a perpetuar la violencia estructural y a la falta de sanción, consolidando un ecosistema donde la agresión contra las mujeres se vuelve aceptable, normal y hasta para la machosfera, “necesaria”.
El feminicidio es la expresión extrema de esta cadena. No surge de la nada, sino como consecuencia letal de un ecosistema de violencia simbólica y cultural. Es el resultado final de la normalización del discurso hostil y de la misoginia que se reproduce en la vida cotidiana, en los espacios públicos y en los medios.
Las palabras pueden matar, y cada vez que se tolera el discurso hostil se contribuye a un clima de impunidad que permite que los feminicidios sigan ocurriendo. Hay que insistir en que Las palabras no son inocentes. Denunciar y erradicar ese lenguaje no es un gesto moralista ni un capricho estilístico: es una estrategia de prevención.
La misoginia cotidiana, expresada en insultos y groserías, deshumaniza a las mujeres y las reduce a objetos prescindibles. Esa deshumanización es el paso previo a la violencia extrema. El feminicidio, la expresión más brutal de esa cadena, no surge de la nada: se alimenta de un ecosistema cultural donde el lenguaje legitima la agresión y la desigualdad.
El texto y el autor
Cuando un texto se construye desde la grosería y el insulto, lo que se revela no es solo una falta de respeto hacia el lector, sino también una radiografía del hablante: su precariedad emocional, su necesidad de afirmarse mediante la agresión y su incapacidad de elaborar un discurso más complejo.
El lenguaje hostil desnuda la intimidad del individuo y, al mismo tiempo, se convierte en una escenificación pública de poder. Pero ese poder es frágil, porque lo que proyecta es vulnerabilidad.
Cada insulto escrito es una confesión pública de fragilidad y una puesta en escena que erosiona la convivencia. Un eslabón en la cadena que sostiene la violencia contra las mujeres.
Denunciarlo es una urgencia política y social. Porque las palabras pueden matar, y cada vez que se tolera, se contribuye a un clima de impunidad que permite que los feminicidios sigan ocurriendo.
Las palabras pueden matar: estudios como el de María del Carmen de la Peza Casares sostienen que el discurso de odio contra las mujeres no solo es figurativo, sino que tiene efectos materiales. El lenguaje ofensivo crea un clima de permisividad hacia la violencia física, incluyendo el asesinato de mujeres y niñas.
Performatividad del lenguaje: siguiendo a Judith Butler, el insulto y la grosería no son simples expresiones, sino actos que configuran realidades sociales. Al repetir discursos hostiles, se refuerza la idea de que las mujeres son inferiores o desechables, lo que legitima prácticas violentas.
El lenguaje hostil reduce a las mujeres a objetos o estereotipos, lo que facilita que se las perciba como prescindibles. Esta deshumanización es un paso previo a la violencia extrema. El feminicidio no ocurre en el vacío; es resultado de estructuras discriminatorias perpetuadas por discursos que sostienen la desigualdad de género.
El respeto empieza en las palabras. Erradicar la grosería y la violencia de género del lenguaje no es un capricho estilístico, sino una estrategia de supervivencia colectiva.
En el espacio público, las palabras no solo cuentan historias: definen el tipo de sociedad que queremos habitar. Y si queremos una sociedad donde las mujeres vivan sin miedo, debemos empezar por desterrar el insulto que las deshumaniza.
*Fuentes: Discursos de odio y feminicidios en México (sedici.unlp.edu.ar) Análisis crítico del discurso con perspectiva feminista (redalyc.org) Lenguaje, medios de comunicación y violencia de género (scielo.org.mx)












