*Mis proyecciones en el espejo
/ Por Paula Roca /
Sé lo que es la traición de la persona que más quise.
Sé lo que es tener un Caín de sangre que, al final, te clava una estocada por la espalda.
Sé lo que es tragarte toda la sal del mar y seguir respirando, aunque la garganta arda y el cuerpo pese.
Sé lo que es una carnicería de envidia en carne propia.
También sé lo que es ser arrojada a aguas infestadas de tiburones, donde no hay salvavidas ni tregua, solo el instinto de mantenerse a flote.
Sé lo que es nadar contra corrientes traicioneras, resistir ataques en jauría y sentir que la rapiña va más por ti que por nadie.
Hoy me corroe la sensación de que muchas personas se deshumanizan,
de que los intereses propios y materiales pesan más que la ética, la lealtad y el sentido común.
Duele entender que hay quienes están dispuestos a hundirte con tal de no mojarse ellos.
Pero si algo me ha mantenido viva es mi conciencia.
Ella es mi ancla.
Gracias a ella avanzo, aun cansada, aun herida.
Si me equivoco, lo reconozco;
si reacciono desde el dolor, aprendo a no hacerlo otra vez.
Porque sobrevivir no basta: hay que hacerlo sin perder el alma.
He aprendido que no todo naufragio te destruye; algunos te enseñan a nadar mejor.
Que no toda sal quema para siempre; a veces cura, a veces fortalece.
Y que salir a la superficie, aunque falte el aire, ya es una forma de victoria.
Hoy volteo al cielo como quien busca un faro en la noche,
y solo pido que mis padres me vean y digan:
“Lo hicimos bien. Misión cumplida”.
Que sepan que, a pesar de las tormentas, no me convertí en aquello que me hirió.
Eso es lo único que deseo:
que mis actos no me deshumanicen,
que el dolor no me vuelva amarga,
que lo que carcome y contamina se quede lejos de mis orillas.
Todas las noches rezo con mi hija para que las aguas se limpien,
para que la gente dañina se aleje
y para que las almas nobles permanezcan.
Para vivir —y vivir bonito— agradeciendo, caminando, dejando huellas firmes sobre la arena.
Y que algún día ella también mire al cielo, sonría y recuerde
que su madre se tragó toda la sal del mar,
pero nunca dejó de amar,
nunca dejó de enseñar,
nunca dejó de ser humana.












