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/ Por Deborah Buiza /
Durante muchos años —quizá los primeros veinte de mi vida— estuve convencida de que no me gustaba el deporte, que hacer ejercicio no era lo mío y que, de plano, no tenía aptitudes para ello. La vida se encargó de mostrarme lo equivocada que estaba: hoy disfruto ejercitarme y, aunque no soy, ni seré, una atleta de alto rendimiento, entendí que mover el cuerpo sí es para mí.
Por unos treinta años también me creí el mito del amor romántico. Le aposté muchísimas canicas al tema y gasté bastante tiempo, energía y recursos emocionales en la búsqueda y consolidación de un proyecto de pareja, hasta que decidí soltar ese tema. Resultó que, al mirar las cosas desde otra perspectiva, encontré una profunda paz.
¿Cuántas veces nos aferramos a ciertas ideas solo porque llevamos décadas creyéndolas?
Ocurre con cosas en apariencia simples, como la ropa (el estilo o colores) que elegimos (o no) o los lugares que juramos jamás visitar, pero también con ideas más pesadas o complejas que nos repetimos en silencio, como esas actividades para las que asumimos que ya “no estamos en edad”.
Pasamos demasiado tiempo definiéndonos por lo que creemos que somos y, sobre todo, por lo que asumimos que jamás podríamos ser. Sin embargo, a veces, casi sin darnos cuenta, descubrimos que sí es posible cambiar; que podemos habitar la vida de otra manera o explorar “otras versiones” de nosotros mismos. A veces ocurre al probar una actividad nueva, otras, a través del encuentro con personas que nos remueven el pensamiento y la vida al mostrarnos la manera en la que ellos conciben y experimentan su estar en el mundo. En esos momentos nos descubrimos transformándonos y podemos preguntarnos incluso ¿por qué me tardé tanto?
Con las ideas hay que tener cautela: están las que nutren y florecen maravillosamente, y están las que se enquistan hasta pudrirse por dentro.
El promedio de vida ronda los 75 años. Eso significa que por delante nos quedan décadas suficientes para cuestionar lo que pensamos, cambiar de opinión tres o cuatro veces y, con ello, experimentar otras formas de existir.
No quiero que me malinterpretes, no se trata de caer en el discurso simplista de “¡cambia, solo es cuestión de querer, piensa positivo!”. No. Cambiar no es fácil ni basta con desearlo; exige trabajo interno, incomodidad y mucha acción sostenida. Sin embargo, la posibilidad está ahí.
Y a ti, ¿qué versión de ti te está esperando del otro lado de tus viejas certezas?


