*Rossana Reguillo, Alina Peña Iguarán*
A Donde Van Los Desaparecidos.- En un país que ha hecho del olvido una política de Estado, las madres buscadoras caminan entre escombros, huesos y tierra removida. No están solas. A su lado, una red de manos —algunas anónimas, otras firmadas— dibuja, pinta, ilustra, borda. Luciérnagas gráficas que no rescatan cuerpos, pero sí rescatan la dignidad de la mirada. En cada trazo, una forma de decir: no están desaparecidas, están siendo buscadas. Caligrafías que trazan una estética del duelo y una ética visual del cuidado, cuidado a quienes cuidan, a quienes caminan cerros, cañadas, montes, tierras baldías, predios abandonados, buscando a sus tesoros. Caligrafías que emergen como un lenguaje dolido y amoroso frente a la desolación y el injusto ataque a las y los colectivos de madres buscadoras. Son formas potentes de inscribir memoria en el espacio y en el debate público, un modo de impedir que el silencio y el olvido se impongan sobre los rostros de las y los desaparecidos. Un lenguaje que arropa y dignifica a las madres que nunca debieron recorrer solas el camino de la búsqueda.
A lo largo de tres años, impartimos juntas el seminario de posgrado “Políticas de la mirada”, donde —a través de lecturas, análisis y ejercicios— invitamos a las y los estudiantes a pensar con Georges Didi-Huberman, que no solo se mira con los ojos, sino con todo el cuerpo, y en segundo lugar, con el lenguaje. Quizá podríamos decir también que se mira con los trazos: los que estas luciérnagas extienden en sus lienzos digitales o textiles o en los muros de las ciudades para sostener la memoria, para acompañar la ausencia, para encender una pequeña luz en medio del espesor de la noche. Al libro que estamos escribiendo lo hemos titulado “El vuelo de las luciérnagas. Mirar el presente”. Estamos convencidas de que la metáfora de las luciérnagas, como apunta Didi Huberman (2009), y su estela, como rastro frágil, solo pueden ser vistas en la oscuridad de la noche. Ellas desaparecen en la luminosidad total de los dispositivos de vigilancia, esos feroces reflectores que identifican y sobreexponen a los cuerpos para su captura. Entonces, tratamos de mirar para analizar el presente, buscando obturar el enfoque dominante y reconocer a esas luciérnagas que, en su vuelo cotidiano, iluminan itinerantemente la escena contemporánea, dejando una huella para imaginar un otro futuro posible.
Entendemos que frente a un escenario tan desgarrador como lo son las desapariciones, el reclutamiento forzado, la aniquilación de cientos de personas, jóvenes en su mayoría, el esfuerzo por hacer visible las redes que se tejen, que se intersectan con otras resistencias, que dejan huella, es el esfuerzo por mantener abierta la posibilidad de un presente habitado por la memoria, por la dignidad, por una mirada que no claudica frente al horror, sino que lo enfrenta con imágenes que alumbran, que acogen, que insisten en nombrar lo que otros intentan borrar.
“¿Qué será del pasado?” Esta frase tituló un reciente diálogo que Elizabeth Jelin y Ricard Vinyes sostuvieron durante la pandemia sobre las prácticas de memoria y sus desafíos políticos. La pregunta “¿qué será del pasado?”, plantea una ética ante el tiempo de largo aliento y una dimensión de la memoria no redentora, como muchas veces se ha buscado cuando, a manera de conjuro, queremos sostener con fuerza la promesa, incumplida, de la no repetición. Entonces, la memoria pensada como acto crítico que sólo se convoca desde el presente, nos resulta un ejercicio fundamental para nuestro contexto mexicano. Es decir, cómo dar lugar a la escucha, cómo mirar las resistencias y a los vínculos sociales que han cobijado este país durante los últimos 30 años en que ha sido azotado por un brutal repertorio de violencias. Cada una rasga el límite que pensábamos imposible de superar por la anterior.
La memoria, llena de contemporaneidad, abre espacio para que suceda algo distinto con el pasado; es decir, no congelarse ni delimitarlo a un ya fue. Entender y asumir como apuesta que hay un tiempo que todavía no pasa y que quizás no está cerrado ni predeterminado por las estéticas disciplinantes del horror.
Las caligrafías en piezas que hemos ido recopilando sobre los hallazgos en el rancho Izaguirre en Teuchitlán y los distintos procesos de búsqueda en México, acompañan el rastro de una amplia y heterogénea red de prácticas, archivos, intervenciones, relatos, investigaciones que configuran imágenes de potencia. Es decir, aquellas que no solo activan otras visualidades reconociendo procesos políticos en las que las personas asumen una voz y una posición crítica para desajustar el orden del poder; zarandean las rutinas de la representación a partir operaciones de sentido que permiten dar cuenta de la disputa social. Así, la figura social de la víctima, por ejemplo, en este caso las madres buscadoras, se reconoce como sujetos clave que han hecho del dolor una potencia activa, que se configura desde la colectividad creativa y crítica.
Para este artículo, hemos seleccionado cuatro piezas que iluminan sin negar el horror, que restituyen dignidad, sin negar el dolor, que arropan sin negar el frío de la ausencia a las madres buscadoras y que se instauran como actos visuales de cuidado y resistencia. No son consuelo, son presencia; no son sustituto, son memoria encarnada en imagen, traen ese tiempo que todavía no es, no ha sido.
1. “¿Y si lo encuentro qué?”, de Paulina Cuarón Foto Portada
Pero más que representar, la obra encarna: bordar a las buscadoras es bordar su persistencia, su cansancio, su rabia. El gesto de Cuarón no estetiza el dolor, lo acompaña. En cada puntada hay una pregunta, una complicidad silenciosa, una negativa rotunda al olvido. El bordado, tradicionalmente asociado al cuidado y lo doméstico, se convierte aquí en un acto político de restitución y en una forma de mirar con el cuerpo, como diría Didi-Huberman. Una luciérnaga que alumbra desde la textura, desde el tiempo que toma cada hilo en sostener la memoria de quienes no se rinden.
2. “Ausencia Presente” — mural colectivo de Ale Poiré, Janin, Dolores y Mari


Ubicado en una pared del centro de Guadalajara, este mural fue creado por cuatro artistas que decidieron donar un muro para que la ausencia no se quedara sin rostro. En la imagen, una madre sostiene el retrato de su hijo desaparecido; la mirada es firme, dolida, insistente. Detrás de ella, el cielo se abre en un gesto casi místico, como si la memoria se alzara sobre los tejados de una ciudad que muchas veces prefiere no mirar.
Lo que conmueve del mural no es solo su fuerza visual, sino el lugar que ocupa: un espacio urbano recuperado para la memoria, un techo convertido en altar, en pancarta, en grito mudo. Ausencia Presente no decora, interpela. No consuela, exige. Y lo hace con colores vivos, con trazos amplios, con una estética que se niega a encerrar la tragedia en tonos oscuros: porque incluso en el duelo hay vida, hay lucha, hay belleza.
En su elaboración se tejió también una red de afectos: artistas, vecinas, madres buscadoras, amigas que pasaron a mirar, a preguntar, a acompañar. El mural es obra colectiva no solo en su creación, sino en su resonancia. Otra luciérnaga encendida, no para iluminarlo todo, sino para recordar que allí, donde parecía haber sólo sombra, también hay amor.
3. “Nadie debería esfumarse en la búsqueda de un mañana” — Jenihara Art

Con un trazo limpio y una paleta en tonos lilas y violetas, esta ilustración de Jenihara Art representa tres objetos: unos tenis, una mochila con la máscara de Spider-Man y un llavero-relicario en forma de corazón. Podrían parecer pertenencias infantiles cualquiera, pero no lo son. En esta imagen se concentra la densidad brutal de lo que una madre puede llegar a reconocer como la última huella de su hija.
La frase que corona la pieza —“Nadie debería esfumarse en la búsqueda de un mañana”— cobra una dimensión desgarradora cuando se sabe que fue precisamente ese llavero el que permitió a una madre identificar a su niña desaparecida. El dibujo se vuelve entonces no solo ilustración, sino prueba de existencia, rastro de vida, punto de encuentro entre el arte y la verdad.
Esta luciérnaga no ilumina desde la metáfora, sino desde el reconocimiento más profundo: que, en medio del horror, todavía es posible —a veces, gracias al trazo de una ilustradora— recuperar un pedazo de historia, de cuerpo, de identidad.
4. “Si mañana yo no regreso” — @ojosdepuntillo

Con técnica de acuarela, trazos sencillos y una paleta cálida, esta ilustración de @ojosdepuntillo plasma una escena que condensa el pacto implícito entre quienes buscan y quienes podrían, un día, necesitar ser buscadas. Dos madres cavando en la tierra —una de ellas con una cruz en la mano, la otra con la imagen de su hija al frente del cuerpo— y, bajo esa tierra, un corazón del que brotan raíces. La vida que se niega a ser olvidada. El dolor que, lejos de inmovilizar, moviliza.
La frase que enmarca la imagen dice: “Siempre con las madres buscadoras, porque si mañana yo no regreso, sé que ellas van a ir por mí.” No es una consigna, es una promesa tejida desde la ternura radical. La ilustración no estetiza el sufrimiento, lo acompaña con dignidad. Desde una estética popular, afectiva, comunitaria, esta pieza enuncia lo que muchas de las otras imágenes también sostienen: que las madres buscadoras son la esperanza y el amor activo. Que en un país donde el Estado no busca, ellas cavarán. Que en un tiempo donde todo se disuelve, ellas hacen raíz.
Esta luciérnaga no alumbra desde la técnica, sino desde el compromiso: desde la fe política de que alguien irá por ti, si desapareces.
Las cuatro ilustraciones que aquí reunimos no agotan, ni mucho menos, la vastedad de los gestos gráficos que acompañan la búsqueda. Pero sí permiten trazar un mapa sensible de lo que hemos querido nombrar como una red de luciérnagas: imágenes que no iluminan desde la espectacularidad, sino desde la insistencia; que no reemplazan el cuerpo desaparecido, pero lo invocan; que no pretenden suturar el dolor, pero se niegan a abandonarlo. En cada trazo —bordado, pintado, digitalizado, acuarelado— hay una forma de decir “aquí estamos”, “esto sigue ocurriendo”, “no vamos a dejar de mirar”. Estas piezas sostienen la memoria no solo de quienes han desaparecido, sino también la de quienes se resisten al agotamiento cotidiano que impone el horror.
Y finalmente, en un país atravesado por dispositivos de aniquilación —campos de exterminio, redes de reclutamiento forzado, burocracias del olvido—, estas ilustraciones operan como contramáquinas: hacen hablar a los rastros; restituyen rostros, vínculos, sentidos. Son formas mínimas, pero no menores, de sabotaje simbólico. Luciérnagas gráficas que, al quebrar la noche, interrumpen el funcionamiento de las máquinas del despojo. Y en esa interrupción, aunque sea momentánea, nos permiten vislumbrar otra posibilidad de lo común, otra forma de estar con las otras, con los otros, sin dejar de mirar.Porque mirar, lo sabemos bien, es un gesto del cuerpo entero, del deseo, del duelo, de la palabra y del trazo. Mirar con todo el cuerpo es también sostener la esperanza, aun cuando la noche parezca cerrarse del todo.
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Rossana Reguillo es Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Guadalajara y Centro de Investigación y Estudios en Antropología Social (CIESAS). Maestría en Comunicación por el ITESO. Investigadora Nacional Emérita del SNI. Integrante de la Academia Mexicana de las Ciencias. Profesora-investigadora emérita del ITESO. Fue Titular de la Cátedra Andrés Bello NYU (2011). Ha sido profesora invitada en diversas universidades latinoamericanas y en Estados Unidos.
Alina Peña Iguarán es profesora investigadora en ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara, y miembro del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel I. Doctora por la Universidad de Boston, se especializó en guerra, memoria y subjetividad en la narrativa de la Revolución Mexicana. Realizó su investigación postdoctoral sobre arte y frontera en El Colef en Tijuana titulada “Poéticas de las excedencias”.
Foto de portada: “Y si yo lo encuentro qué”, bordado de Paulina Cuarón.