Ana Ignacia Rodríguez Márquez, La memoria de las mujeres que el relato del 68 dejó fuera

Banner

05.10.2026., Ciudad de México.- El papel de las mujeres quedó relegado en buena parte de la memoria pública del movimiento estudiantil de 1968. Durante décadas, las fotografías, los libros y los testimonios se concentraron principalmente en los dirigentes hombres del Consejo Nacional de Huelga, mientras las estudiantes que participaron en brigadas, asambleas, manifestaciones, tareas de propaganda, recaudación de recursos y organización quedaron en un segundo plano.

Ana Ignacia Rodríguez Márquez, La Nacha, lleva más de medio siglo tratando de modificar ese relato.

No habla desde la distancia de quien reconstruyó el 68 a partir de documentos. Tenía 24 años cuando participó en aquel movimiento, era estudiante de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México y formaba parte del Comité de Lucha de su facultad. Su tarea estaba relacionada con las finanzas y con las actividades de las brigadas. Después se convirtió en una de las cuatro mujeres vinculadas al movimiento que permanecieron presas en la cárcel de mujeres de Santa Martha Acatitla.

Su nombre aparece asociado al de Roberta Avendaño Martínez, La Tita, una de las mujeres más visibles del movimiento en la Facultad de Derecho. También estuvieron encarceladas Adela Salazar de Castillejos y Amada Velasco. La propia existencia de ese pequeño grupo permite dimensionar una parte poco contada de la represión: hubo mujeres detenidas, procesadas y encarceladas por su participación política, pero durante mucho tiempo sus historias circularon con menor presencia que las de sus compañeros.

Rodríguez nació en Taxco, Guerrero, en 1944. Llegó a la Ciudad de México y estudió Derecho en la UNAM. En su reconstrucción de aquellos años ha contado que la muerte de su padre hizo posible que pudiera salir de Taxco y continuar sus estudios, algo que, según ha relatado, no habría ocurrido de haber seguido bajo las restricciones que él imponía a sus hijas.

En 1968, su vida universitaria cambió de rumbo. La huelga estudiantil dejó las aulas vacías y llevó a miles de jóvenes a las calles. Las mujeres no estuvieron al margen. Participaron en las brigadas que recorrían mercados, colonias, escuelas y espacios públicos para explicar las demandas del movimiento y buscar apoyo. La Nacha formó parte de esa estructura.

El 18 de septiembre, el Ejército ocupó Ciudad Universitaria. Rodríguez fue detenida junto con otras mujeres y trasladada a Lecumberri. De acuerdo con su testimonio, durante los interrogatorios le preguntaron sobre sus posibles viajes a Cuba y la Unión Soviética y sobre sus lecturas de Marx. Aquellas preguntas reflejaban el enfoque con el que las autoridades investigaban la participación estudiantil: las actividades políticas eran asociadas con una posible influencia extranjera y con la subversión.

La detención no puso fin a su participación.

El 2 de octubre de 1968 llegó a Tlatelolco. Estaba frente al edificio Chihuahua cuando el mitin fue interrumpido por las luces de bengala lanzadas desde un helicóptero y comenzaron los disparos. Rodríguez ha contado que observó cómo un hombre con guante blanco cubría la boca del último orador, David Vega, antes de que se desatara la balacera.

Después vino la huida.

Entre los edificios y los cuerpos que buscaban ponerse a salvo, Rodríguez consiguió salir de la Plaza de las Tres Culturas antes de que los accesos fueran cerrados. La represión de aquella noche dejó un número de víctimas que aún no ha podido establecerse con absoluta precisión, pero el episodio se convirtió en uno de los principales símbolos de la violencia política del Estado mexicano durante el siglo XX.

Para La Nacha, sin embargo, el 2 de octubre no fue el final del movimiento. Fue el comienzo de otra etapa: la persecución.

Había una orden de aprehensión en su contra. Rodríguez se refugió con personas que aceptaron ayudarla, pero, según su testimonio, la policía detuvo a la esposa de uno de quienes le daban protección y utilizó esa captura para presionarla a entregarse.

Fue llevada a los separos de Tlaxcoaque, instalaciones que posteriormente serían identificadas como uno de los lugares utilizados para detener y torturar a personas perseguidas por motivos políticos. Rodríguez ha relatado que durante su estancia allí presenció torturas contra jóvenes, particularmente estudiantes de preparatoria.

Su historia volvió a cruzarse con la de La Tita.

El 2 de enero de 1969, ambas fueron detenidas nuevamente. Rodríguez ha descrito aquel episodio como un secuestro y ha contado que permaneció vendada y maniatada durante días antes de ser trasladada nuevamente a prisión.

La acusación en su contra incluyó diez delitos. Entre ellos estuvieron robo, homicidio, sedición e incitación a la rebelión. La sentencia alcanzó los 16 años de prisión.

Pero el delito que, desde su perspectiva, se castigaba era otro: haber sido estudiante y haber participado en un movimiento que cuestionó al gobierno.

El 13 de enero de 1969 ingresó a la cárcel de mujeres de Santa Martha Acatitla. Allí pasó cerca de dos años y convivió con mujeres procesadas o sentenciadas por delitos comunes.

Años después recordaría aquella convivencia como otra experiencia que marcó su vida. Mientras las internas comunes podían obtener condenas relativamente cortas, ella y sus compañeras permanecían encarceladas por su participación política.

En Santa Martha también se encontró con otras mujeres que formaron parte del movimiento. Allí estuvo Roberta Avendaño, La Tita, quien había sido una de las delegadas femeninas del Consejo Nacional de Huelga. Una investigación publicada por La Jornada señaló que en un órgano integrado por alrededor de 200 hombres sólo había unas 20 mujeres delegadas.

Ese dato ayuda a explicar por qué Rodríguez ha insistido durante décadas en que la historia del 68 no puede contarse únicamente desde sus dirigentes masculinos.

“Por el movimiento sólo hablan los compañeros”, dijo en una entrevista publicada en 2002, al cuestionar la escasa presencia de las mujeres en el relato histórico del movimiento. En aquella conversación sostuvo que su participación había sido determinante.

No fue una reclamación aislada.

Con el paso de los años, libros, documentales, archivos y trabajos académicos comenzaron a recuperar las experiencias de las mujeres. El Memorial del 68, por ejemplo, incorporó testimonios de mujeres que participaron desde distintos espacios. Investigaciones posteriores también documentaron que las estudiantes no sólo acompañaban las movilizaciones: fueron brigadistas, organizadoras, propagandistas y participantes de las estructuras de representación.

La Nacha convirtió esa recuperación en parte de su propia militancia.

En 2002 declaró que seguiría exigiendo que se esclarecieran los hechos y se castigara a los responsables. Desde entonces ha participado en las actividades del Comité 68 y en actos públicos relacionados con la memoria de la represión.

Su lucha tampoco se ha limitado a Tlatelolco.

En 2024 regresó a la Facultad de Derecho de la UNAM para protestar por el retiro de una placa dedicada a Roberta Avendaño y a otros participantes del movimiento. Más de cinco décadas después de haber estudiado allí, volvió al lugar para defender la memoria de su compañera.

La escena tenía un significado particular. La mujer que en 1968 había sido perseguida por participar en el movimiento regresaba a la misma facultad para reclamar que otra mujer del 68 no desapareciera de la memoria universitaria.

La Tita ya no estaba.

Había muerto en 1999, después de haber compartido con La Nacha la militancia, la cárcel y una parte de la lucha por mantener viva la memoria de aquella generación.

La amistad entre ambas se convirtió también en una forma de resistencia frente al olvido.

La prisión dejó otras consecuencias. Rodríguez ha contado que después de recuperar su libertad tuvo dificultades para conseguir empleo y que su vida profesional quedó marcada por los antecedentes derivados de su participación política. Con el tiempo trabajó en la Reforma Agraria y posteriormente durante décadas en la entonces delegación Coyoacán.

Pero no abandonó la exigencia de justicia.

En 2025 presentó Cartas de libertad, un libro que reúne textos relacionados con los años que pasó encarcelada. La obra permitió recuperar una parte de aquella experiencia desde la voz de quien la vivió dentro de la prisión. En la presentación, Rodríguez recordó que el encarcelamiento fue una experiencia de sufrimiento, pero también un periodo en el que reafirmó sus convicciones sobre la democracia y la libertad de pensamiento.

El libro también devuelve a la discusión pública a una joven que había sido reducida por el aparato judicial a una ficha penitenciaria y a una larga lista de delitos.

Ella prefiere recuperar a la estudiante.

A la brigadista.

A la mujer que recaudaba dinero para el movimiento.

A la joven que estuvo en Tlatelolco.

A la presa política.

Y a las mujeres que, como ella, participaron en un movimiento que durante años fue contado principalmente desde la experiencia masculina.

Rodríguez también ha mantenido señalamientos contra los funcionarios del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría por la represión de 1968. Sus acusaciones forman parte de su testimonio y de la lucha política y jurídica que ha sostenido desde entonces; no todas sus afirmaciones sobre responsabilidades individuales han derivado en una sentencia penal.

En una comparecencia ante la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado, se negó a saludar a Echeverría y pronunció una frase que quedó asociada a su postura frente al exsecretario de Gobernación: “No saludo manos asesinas”. Su señalamiento contra el expresidente formaba parte de su exigencia de esclarecer las responsabilidades por la represión. Echeverría murió en 2022, a los 100 años, sin una condena penal por Tlatelolco.

Para Rodríguez, la muerte de quienes ocuparon el poder en 1968 no resuelve la historia.

Tampoco considera que la memoria sea suficiente.

Su demanda ha sido que se conozcan los documentos, que se abran los archivos y que se establezcan responsabilidades. Ha cuestionado además que las reparaciones económicas sustituyan el esclarecimiento de los hechos.

Esa postura explica que, incluso a ocho décadas de su nacimiento y casi seis décadas después del movimiento que cambió su vida, continúe participando en actos de memoria.

En 2023 acompañó al Comité Eureka en una movilización para exigir el acceso a archivos relacionados con la desaparición de personas durante la guerra sucia.

La escena vuelve a repetirse: mujeres que participaron en movimientos políticos, mujeres que buscaron a sus familiares desaparecidos, mujeres que estuvieron en prisión y mujeres que durante décadas exigieron conocer qué ocurrió con quienes no regresaron a casa.

La historia de La Nacha se encuentra con ellas.

Porque su lucha ya no consiste únicamente en contar lo que le ocurrió en 1968. También consiste en impedir que las mujeres que estuvieron allí sean reducidas a personajes secundarios de una historia escrita alrededor de los hombres.

En 1968 tenía 24 años.

Hoy, a 58 años de Tlatelolco, su nombre permanece ligado a aquella noche, pero también a una batalla distinta: conseguir que las mujeres dejen de aparecer como acompañantes de la historia del movimiento estudiantil y sean reconocidas como protagonistas de ella.

La Nacha sobrevivió a la cárcel, a la persecución y al paso de las décadas.

Su batalla ahora es contra otra forma de desaparición: la de la memoria.

Y por eso sigue hablando.