*DE PRIMERA MANO
/ Por Omar Zúñiga /
El anuncio del regreso de Dante Delgado Rannauro a Veracruz ha corrido entre las filas naranjas como el aliento que Movimiento Ciudadano necesitaba.
No es para menos, pues para buena parte de la militancia estatal la vuelta del fundador del partido representa la posibilidad de enderezar un proyecto que se ha estancado por la falta de oficio político de quien hoy lo “dirige” en la entidad, Luis Carbonell de la Hoz.
Mientras el discurso de la dirigencia estatal presume un crecimiento sostenido —citando el aumento de votación en distintos municipios—, entre liderazgos y militantes con trayectoria la lectura es otra, ese crecimiento tiene más que ver con la estrategia nacional de comunicación del partido y con el arrastre de liderazgos locales que ya tenían presencia previa, que con un trabajo directo de la dirigencia que encabeza Carbonell.
El señalamiento es sobre el estilo, operatividad y oficio político; se le reprocha a Carbonell no salir a buscar a la ciudadanía ni a los distintos grupos sociales que sumaron en 2025 y que podrían sumar en el 2027 al proyecto naranja, sino esperar, desde el escritorio, a que sean otros quienes acudan a él.
“Dejad que el peladaje venga a mí…”.
Y ni siquiera ahí, pues varios de quienes han buscado una audiencia con el xalapeño aseguran que sus solicitudes de encuentro se pierden en la larga lista de la famosa aburridora —cuando no se ignoran de plano—.
Una autosuficiencia y soberbia que ha cerrado la puerta a personajes con presencia social real que buscaban sumarse a Movimiento Ciudadano no necesariamente por convicción naranja, sino como vehículo para disputarle el poder a Morena. Carbonell nunca lo entendió.
A esa falta de apertura hacia afuera se suma, según cuestionan liderazgos, una limitada capacidad de escrutinio hacia dentro.
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En la integración de candidaturas —proceso en el que Carbonell tuvo participación directa en selección, designación y formalización— se le atribuye no haber ponderado con suficiente rigor la conveniencia política de algunas decisiones.
El caso de Las Choapas es el que más se menciona como ejemplo de una candidatura resuelta sin el análisis que ese tipo de definiciones exige, al final es pragmático y no le interesaban candidaturas competitivas y leales.
El seguimiento posterior tampoco escapa a la crítica; en Xalapa, la “bancada” naranja en el Cabildo (histórica por cierto, y es innageble) es, para varios de sus propios simpatizantes, un caso de estudio, pues a sus integrantes se les señala sin arraigo, sin presencia política y sin una sola postura crítica frente al gobierno municipal que los distinga.
Regidores, dicen, que no han sumado a fortalecer la representación de Movimiento Ciudadano ni el liderazgo que encabezó Román Moreno en la capital (hoy en el olvido y según varios de sus colaboradores cercanos, ensoberbecido y con la brújula extraviada), y de quienes la dirigencia estatal no exige, ni parece pedir, resultados visibles.
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Es en el trato hacia dentro del propio proyecto naranja donde el liderazgo de Carbonell exhibe, según fuentes cercanas al partido, su cara más cuestionable.
Se le atribuye una relación de desaire hacia Dante Delgado Morales —hijo del fundador y (en los hechos) dirigente nacional de Movimiento Ciudadano, Dante Alfonso Delgado Rannauro—, a quien la conducción estatal le ha negado, de acuerdo con esos testimonios, apoyo logístico elemental para su actividad política en el estado, incluyendo recursos tan básicos como la gasolina.
Un desaire que, de confirmarse en los términos en que se relata, no sería sólo un desplante personal, sino una lectura equivocada de a quién se le debe, o no, cerrar la puerta en una estructura donde el apellido Delgado sigue siendo, guste o no a la dirigencia estatal, el que sostiene al partido.
Ese manejo interno explica, en buena medida, por qué el regreso de Dante Delgado a Veracruz se recibió con algarabía.
Para los simpatizantes que hoy se sienten sin interlocutor, la posibilidad de que el fundador escuche directamente sus inconformidades representa, más que una anécdota de relevo, un espacio de esperanza: contar de nuevo con una figura política dispuesta a atender lo que la dirigencia estatal, aseguran, ha preferido no escuchar.
El propio Carbonell no está exento de ambición, al contrario, pues luego de la frustración de querer llegar a ocupar una curul en la actual Legislatura veracruzana y quedarse en la rayita por la negativa de Adrián Ávila de dejarle el espacio, se ve como aspirante a una candidatura a la alcaldía o a una diputación por la capital veracruzana.
El maldito “pero” de siempre es que sin una posición plurinominal que lo proteja el reto será muy distinto: caminar las calles xalapeñas y pedir el voto de la ciudadanía, que lo ve como un extraño y lo perciben distante y petulante.
Ese, y no el discurso de crecimiento que hoy se presume, será el verdadero examen, y ese examen, todo indica, Dante está a punto de tomarlo en sus manos y nuevamente Carbonell se quedará con las ganas…
¡Qué barbaridad!

