​Encuestas políticas, herramientas, no profecías

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*NEMESIS

/ Fernando Meraz Mejorado /

La confianza ciudadana en los partidos políticos —y por extensión en las encuestas— apenas alcanza el 34%, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE) con, sede en Francia.
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Los factores que erosionan su confiabilidad son las probabilísticas, éstas son las que se basan en vivienda, y se hacen aleatoriamente. Aún las fiables, acusan un margen de error considerable.

Las encuestas telefónicas y digitales, son más rápidas y económicas, pero sufren mayor sesgo de cobertura y tasa de rechazo, de hasta 55 a 68 por ciento.

Las llamadas “Push polls”, no son encuestas, sino mensajes propagandísticos disfrazados de sondeos, diseñados para influir, no para medir.
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Históricamente, en México existe marcada resistencia a declarar preferencias políticas ante desconocidos, especialmente en contextos de polarización o temor.

Las personas indecisas o que cambian de opinión a última hora también desvían los resultados.

No siempre se revela claramente quién paga la encuesta. Una encuesta “a modo” puede diseñarse con preguntas y ponderaciones que favorezcan a quien la contrata.

Aunque El INE exige publicar ficha técnica, patrocinador y margen de error, la supervisión y la sanción son limitadas, y muchas encuestas circulan sin registrarse.

En México, la primera encuestadora, Mitowsky, fundada por Roy Campos irrumpió en el mercado en los años noventas, con éxito considerable.
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Ante el éxito inductivo – – que todavía tiene dudas–, las empresas encuestadoras brotaron como hongos en México y Latinoamerica en general. Políticos veteranos intuyeron su gran valor potencial.
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El reporte de la OCDE, – – que agrupa a 38 países, México se adhirió en 1994–, indica que “las encuestas son herramientas útiles pero no profecías.
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Indican tendencias, no resultados exactos. Su margen de error puede ampliarse en la práctica por sesgos metodológicos, voto oculto y uso político .
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Socialmente la ciudadanía las percibe con un creciente escepticismo. Se les da crédito cuando confirman lo que se piensa, y se les desacredita cuando no; se han convertido en arma de debate más que en dato neutral.
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La encuesta mide lo que la gente dice, no necesariamente lo que piensa ni hará. En un entorno donde la libertad de expresión se siente amenazada, la respuesta pública puede diferir profundamente de la intención real .
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Aún cuando esté bien hecha, registrada y transparente, una encuesta es confiable solo relativamente. Sin esos requisitos, su valor es meramente orientativo —y a veces puramente propagandístico—. La prudencia es siempre el mejor criterio: ninguna encuesta sustituye a las urnas.