Carney admite tensión con Trump y endurece postura de Canadá ante aranceles

Banner

*
07.08.2026 Canadá.- El primer ministro de Canadá, Mark Carney, reconoció que la relación comercial con el gobierno de Donald Trump atraviesa un momento particularmente complicado y advirtió que Ottawa está dispuesto a endurecer su posición si no se alcanza un acuerdo con Washington antes de la nueva fecha límite fijada para el 19 de agosto.

La declaración ocurre en medio de una nueva escalada de la disputa comercial entre los dos países, después de meses de negociaciones sin un acuerdo integral y de la decisión de la administración Trump de mantener aranceles que afectan a distintos sectores de la economía canadiense.

Carney fue cuestionado el miércoles sobre el tono de las negociaciones con Estados Unidos y dejó claro que el proceso no ha sido sencillo. El mandatario canadiense señaló que el momento de adoptar una posición más dura llegará si no existe un entendimiento con Washington antes del 19 de agosto, aunque evitó adelantar cuáles serían las medidas concretas que podría aplicar su gobierno. Canadá, dijo, cuenta con opciones.

La declaración representa un cambio importante en el lenguaje utilizado por Ottawa, que durante buena parte de las negociaciones ha procurado mantener abierta la posibilidad de alcanzar un acuerdo sin entrar en una confrontación pública con Trump.

La tensión se ha incrementado particularmente desde julio, cuando el gobierno estadounidense anunció un arancel de 50 por ciento sobre determinados productos canadienses por un valor aproximado de 20 mil millones de dólares. La medida se presentó como una respuesta a lo que Washington considera prácticas comerciales discriminatorias de Canadá.

El nuevo conflicto se desarrolla además mientras ambos países intentan redefinir el futuro de su relación comercial dentro del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, conocido como T-MEC o CUSMA en Canadá.

El acuerdo vigente se ha convertido en uno de los principales instrumentos de integración económica de América del Norte, pero la administración Trump ha dejado claro que no está dispuesta a limitar sus demandas a las condiciones originalmente pactadas.

Trump ha presionado a Canadá para modificar distintas políticas comerciales, mientras Ottawa intenta conservar el acceso preferencial de sus productos al mercado estadounidense y, al mismo tiempo, reducir la vulnerabilidad que representa depender excesivamente de su vecino del sur.

La relación económica entre ambos países es enorme. El intercambio bilateral ronda los 900 mil millones de dólares anuales, por lo que cualquier ruptura o deterioro prolongado tiene consecuencias que van mucho más allá de las fronteras canadienses. Reuters ha advertido que la escalada arancelaria puede afectar también a industrias estadounidenses profundamente integradas con proveedores y consumidores canadienses.

Uno de los sectores más expuestos es el automotriz. Las cadenas de producción de vehículos y autopartes cruzan repetidamente la frontera entre Canadá, Estados Unidos y México antes de que un automóvil llegue al consumidor.

Por ello, un arancel elevado no necesariamente golpea exclusivamente al país contra el cual fue impuesto. El incremento de costos puede trasladarse a fabricantes, proveedores, distribuidores y finalmente a los consumidores estadounidenses.

La presión de Trump sobre Canadá también tiene un componente político. Desde su regreso a la Casa Blanca, el presidente estadounidense ha insistido en que Canadá debería modificar sustancialmente su relación económica con Estados Unidos y, en distintos momentos, incluso ha planteado públicamente la posibilidad de que el país se convierta en el estado 51 de la Unión Americana.

Esa propuesta ha sido rechazada de manera contundente por el gobierno canadiense y se convirtió en uno de los elementos que ayudaron a modificar el panorama político del país.

Carney llegó al poder en 2025 en medio de una relación bilateral deteriorada. Su discurso político se construyó en buena medida alrededor de la defensa de la soberanía canadiense y de la necesidad de reducir la dependencia económica de Estados Unidos.

Durante su campaña electoral llegó a advertir que Trump pretendía debilitar a Canadá para aumentar el control estadounidense sobre sus recursos, territorio y economía.

Desde entonces, el primer ministro ha intentado mantener una estrategia que combine firmeza y pragmatismo. No busca romper la relación con Washington, pero tampoco está dispuesto a aceptar cualquier condición para conseguir un acuerdo.

Ese equilibrio se ha vuelto cada vez más difícil.

El pasado 21 de julio, Trump anunció nuevos aranceles contra productos canadienses, una decisión que Reuters describió como una señal preocupante para las negociaciones comerciales. El anuncio llegó después de un encuentro informal entre Trump y Carney durante la final de la Copa Mundial de Clubes y evidenció que la cercanía personal entre ambos dirigentes no necesariamente se traduce en acuerdos comerciales.

El propio Trump ha dicho en diferentes momentos que mantiene una buena relación personal con Carney, aunque también lo ha descrito como un negociador difícil. En octubre de 2025, durante otra etapa de las negociaciones comerciales, Trump calificó a Carney como un hombre “muy bueno” y un “negociador duro”, al tiempo que reconoció que las conversaciones entre ambos gobiernos estaban marcadas por diferencias importantes.

El problema no es únicamente personal. Detrás de las diferencias entre Trump y Carney existe una disputa sobre el modelo económico que debe regir la relación entre las dos economías.

Washington pretende utilizar el enorme mercado estadounidense como instrumento de presión para obtener concesiones. Ottawa, en cambio, intenta demostrar que Canadá puede diversificar sus relaciones comerciales y reducir gradualmente su dependencia de Estados Unidos.

Carney ha impulsado precisamente esa estrategia de diversificación.

El gobierno canadiense ha buscado ampliar sus vínculos comerciales con Europa, Asia y otras regiones, al tiempo que promueve nuevas inversiones y proyectos de infraestructura para fortalecer la economía interna.

La lógica es sencilla: mientras más alternativas tenga Canadá para vender sus productos, importar bienes estratégicos y atraer capital, menor será su vulnerabilidad ante las decisiones de Washington.

Pero la realidad económica hace que esa transición no pueda producirse de la noche a la mañana.

Estados Unidos continúa siendo, por mucho, el principal socio comercial de Canadá. La cercanía geográfica, las cadenas productivas compartidas y décadas de integración hacen prácticamente imposible sustituir rápidamente el mercado estadounidense.

Por eso las negociaciones tienen una enorme importancia para el gobierno de Carney.

El primer ministro necesita evitar que la confrontación termine provocando una recesión o una pérdida significativa de empleos, pero al mismo tiempo enfrenta una presión interna para no aceptar condiciones que los canadienses consideren una cesión frente a Washington.

La opinión pública canadiense también ha cambiado desde el regreso de Trump.

Las amenazas de anexión, los aranceles y las declaraciones del presidente estadounidense han provocado un fuerte deterioro de la percepción que muchos canadienses tienen actualmente de Estados Unidos. Un análisis publicado a finales de julio señaló que las acciones de Trump han hecho políticamente muy costoso para Carney adoptar una postura de capitulación frente a Washington.

Ese es uno de los elementos que explican la nueva advertencia del primer ministro.

Carney no quiere cerrar la puerta a un acuerdo, pero tampoco quiere aparecer ante los ciudadanos como un gobierno dispuesto a aceptar las condiciones estadounidenses bajo presión.

El miércoles, por ello, utilizó un lenguaje particularmente claro al hablar de la fecha del 19 de agosto. Si para entonces no existe un acuerdo, Canadá tendrá que considerar una respuesta más firme.

“El momento de endurecernos será si llega un momento en que no haya un acuerdo con los estadounidenses”, explicó el primer ministro, según reportes difundidos en Canadá. También señaló que su gobierno dispone de distintas alternativas, aunque no reveló cuáles.

La advertencia deja abierta la posibilidad de nuevas represalias comerciales.

Canadá ya ha utilizado aranceles de respuesta en diferentes momentos desde el inicio de la guerra comercial impulsada por Trump. Sin embargo, cualquier nueva medida tendría que ser cuidadosamente diseñada debido a la profunda integración entre ambas economías.

Un conflicto comercial prolongado tampoco sería gratuito para Estados Unidos.

Las empresas estadounidenses dependen de materias primas, energía, componentes industriales y mercados canadienses. La integración es particularmente fuerte en sectores como automóviles, energía, agricultura, minería y manufacturas.

Precisamente por ello, algunos analistas consideran que la estrategia de presión permanente de Washington puede terminar afectando también a los intereses estadounidenses.

Reuters señaló que la escalada arancelaria representa un riesgo para grandes fabricantes estadounidenses y para la competitividad de la industria automotriz, debido a la estrecha relación que existe entre las cadenas de producción de ambos países.

El conflicto también tiene una dimensión continental.

Canadá, Estados Unidos y México conforman una de las principales plataformas manufactureras del mundo. Las decisiones que adopten Washington y Ottawa repercuten directamente sobre México debido a que numerosas cadenas productivas operan de manera integrada en los tres países.

La industria automotriz es el ejemplo más evidente. Un componente puede fabricarse en Canadá, incorporarse a un vehículo en México y posteriormente venderse en Estados Unidos, o recorrer la ruta inversa.

Por ello, una alteración significativa del T-MEC podría tener efectos sobre inversiones, empleo y producción en los tres países.

La renegociación llega además en un momento en que Trump ha cuestionado reiteradamente los acuerdos comerciales multilaterales y ha utilizado los aranceles como instrumento de negociación con aliados y competidores.

Canadá intenta evitar que la relación bilateral quede definida exclusivamente por las decisiones unilaterales de Washington.

Carney ha insistido en que Canadá es un socio comercial de Estados Unidos, no un adversario. También ha defendido que cualquier nuevo arreglo debe beneficiar a ambas economías y respetar los intereses nacionales canadienses.

El dilema para Ottawa es evidente: alcanzar un acuerdo rápido puede evitar mayores costos económicos, pero aceptar demasiadas condiciones estadounidenses podría debilitar la posición negociadora de Canadá y generar un costo político interno.

Si, por el contrario, Carney decide endurecer la respuesta, corre el riesgo de desencadenar una nueva ronda de represalias que afecte a empresas y trabajadores de ambos países.

La fecha del 19 de agosto se convierte así en un nuevo punto de presión.

Mientras los negociadores canadienses Dominic LeBlanc y Janice Charette mantienen conversaciones en Washington, el gobierno de Carney busca cerrar las brechas existentes antes de que termine el plazo. Ambos funcionarios se encuentran nuevamente en la capital estadounidense para intentar avanzar en las conversaciones.

Por ahora no existe un acuerdo definitivo.

Lo que sí existe es una señal cada vez más clara desde Ottawa: Canadá no quiere una guerra comercial, pero tampoco está dispuesto a negociar bajo la amenaza permanente de nuevos aranceles.

La relación entre Trump y Carney ha pasado así de los primeros intentos de construir una relación personal a una etapa mucho más áspera, en la que cada decisión comercial tiene implicaciones políticas.

Y aunque ambos gobiernos siguen hablando, el lenguaje de la negociación se ha endurecido.

Para Canadá, el desafío consiste ahora en demostrar que puede resistir la presión estadounidense sin romper una relación económica de la que también depende. Para Trump, la apuesta es demostrar que los aranceles pueden obligar a uno de los principales aliados y socios comerciales de Estados Unidos a aceptar las condiciones de Washington.

El desenlace de esa disputa podría definir no sólo el futuro de las relaciones entre Ottawa y Washington, sino también el rumbo de la integración económica de América del Norte.