Cínicos vs. devotos

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/ Ana Laura Magaloni Kerpel /

En su Segundo Informe, la Presidenta hizo dos llamados difíciles de conciliar. Por un lado, recordó que “la autoridad política y moral se escribe todos los días” y que “sólo con honestidad se dan verdaderamente resultados”. Poco después advirtió: “Que nadie se equivoque: aquí no hay divisiones, aquí no hay rompimientos”. Honestidad vs. unidad: ese es el corazón de la batalla interna de Morena. Mientras que la oposición continúe en terapia intensiva, el desenlace de esta batalla es lo más determinante para el rumbo del país.

Morena vive una disputa por el poder en dos polos. En un extremo están los cínicos. Para ellos, el poder se disfruta y se aprovecha. Los cargos públicos sirven para hacer dinero, para pasarla bien y para mandar. La corrupción es una herramienta de cooperación y la narcopolítica es una forma de ganar elecciones y disciplinar territorios.

En el otro extremo están los devotos. Ellos creen que llegaron al poder para regenerar la vida pública de México. En su concepción, Morena es un partido de izquierda, contrario a los privilegios, que representa al pueblo y busca hacer justicia e igualar la cancha social. Los devotos no son ingenuos ni puros; también ambicionan cargos y poder. Lo que los distingue de los cínicos es que ellos sí creen que existen límites éticos e ideales en el ejercicio del poder.

Entre ambos extremos están los muchos morenistas pragmáticos, capaces de acomodarse con cualquiera. Por eso los extremos fijan el rumbo. La pregunta no es cuántos cínicos y devotos hay, sino cuál lógica establece las reglas de pertenencia al partido. ¿Qué es peor, corromperse o romper la disciplina de la unidad? ¿Qué es preferible, defender los principios o proteger al compañero que los viola?

Cuando la Presidenta habla a la vez de unidad y honestidad, se refiere implícitamente a esta disputa. En el Morena de hoy, ambos valores resultan excluyentes. Si la unidad se vuelve el valor supremo, pierden los devotos, pues estarán obligados a callar ante gobernantes involucrados en escándalos de corrupción o vinculados con el crimen organizado. Para permanecer juntos, los devotos son quienes se desgastan y se desdibujan en cada concesión. En cambio, si la honestidad se convierte en el valor superior a preservar, los cínicos son los que pierden, pues sus conductas dejan de ser tolerables en el partido y se vuelven motivo de exclusión política y de sanciones administrativas y penales.

Por biografía y convicción, Sheinbaum encabeza a los devotos. Otras figuras poderosas de Morena, visibles e invisibles, se encuentran en el otro grupo. El llamado a la unidad de la Presidenta puede ser una estrategia política, pero también puede ser reflejo del límite de su autoridad en este momento para enfrentar a sus poderosos opositores internos.

¿Cómo sabremos quién está ganando? Morena, como antes el PRI, evita exhibir sus pleitos y fracturas internas. Sin embargo, podremos ver al menos dos señales. La primera será la selección de candidaturas del 2027. En específico, cuántas de las 17 postulaciones a encabezar gobiernos estatales corresponderán a perfiles leales a la Presidenta y a su proyecto. La segunda señal será igual de importante: que se investiguen y sancionen algunos casos paradigmáticos de corrupción que involucren a figuras relevantes del partido. Sólo así la Presidenta podrá establecer con claridad los límites de la clase política que gobierna al país, es decir, las conductas que son inadmisibles incluso cuando las cometen los propios.

Morena no es un bloque monolítico. Sus integrantes no son iguales, ni comparten las mismas creencias. En su interior hay un grupo particularmente peligroso. La mayor responsabilidad de la Presidenta no es mantener la unidad del partido a cualquier precio, sino acotar significativamente el poder de ese grupo. Si la unidad sirve de protección a los cínicos, la honestidad quedará reducida a discurso como hasta ahora. Para que ganen los devotos, Sheinbaum tendrá que aceptar que algunas rupturas no debilitan al partido ni a su proyecto, más bien los salvan.