*Es uno de los fenómenos humanos más estudiados y menos comprendidos.
*Una mirada por los laboratorios, los penales y las mentes que estudian este suceso
Una mañana un conductor imprudente se incorpora a una avenida sin voltear. Otro conductor, que viaja con su familia, debe frenar de improviso. Algo cambia en la mirada del segundo; en cuestión de minutos pasa de cantar alegremente en lo que llegan a la escuela a golpear en la calle al otro hombre. De paso enfurecen a quienes tratan de pasar por allí.
Un hombre lleva 20 años en una celda del penal de Atlacholoaya, en Morelos. Mató a su vecino en una discusión que comenzó por el volumen de la música. Ahora, sentado frente a una pantalla, responde preguntas sobre formas geométricas, secuencias de números y patrones visuales. No sabe que sus respuestas ayudarán a entender algo que los científicos llevan décadas intentando descifrar: qué pasa en el cerebro de una persona cuando transita de la molestia al enojo, y qué la hace llegar a la violencia, desde un incidente vial hasta un asesinato.
La violencia es uno de los fenómenos humanos más estudiados y menos comprendidos. Sabemos que existe en todas las culturas conocidas. Sabemos que la mayoría de las personas no la ejerce de manera crónica, aunque casi todas la han experimentado de alguna forma. Sabemos que destruye vidas, familias, comunidades enteras. Lo que apenas sabemos, y con mucha incertidumbre, es exactamente qué la produce.
Los que la miran de cerca
Entre quienes investigan la violencia están el doctor Eric García-López, que trabaja en la intersección entre la neurociencia y el derecho penal, guiado por una pregunta que interesa a juristas y científicos: ¿la neurociencia puede demostrar si el cerebro de una persona funcionaba de manera atípica cuando cometió un acto violento? ¿Cómo debe responder el sistema de justicia? ¿La comprensión del cerebro transforma la noción de responsabilidad?
En la UNAM, la doctora Feggy Ostrosky lleva décadas haciendo algo que era poco común en el campo de la neuropsicología, la disciplina que se ocupa de los vínculos entre los procesos mentales y los cerebrales: estudiar a personas violentas en contextos reales de reclusión, con instrumentos diseñados para poblaciones mexicanas. La doctora Ostrosky sabía que las pruebas diseñadas para el mundo anglosajón no funcionaban igual cuando se aplicaban a personas con baja escolaridad, criadas en entornos de pobreza y violencia estructural. Así que diseñó sus propias herramientas y lo que encontró una y otra vez en penales mexicanos fue que muchas personas con conducta violenta severa tienen déficits notables en la capacidad de anticipar consecuencias, inhibir impulsos y planear acciones, pero no porque sean menos inteligentes sino porque ciertas estructuras de su cerebro funcionan de manera diferente.
Fuera de México, el neurocriminólogo Adrian Raine, de la Universidad del Sur de California, fue uno de los primeros en usar tomografías cerebrales para estudiar a homicidas convictos. Lo que encontró generó tanto entusiasmo como controversia, ya que en personas con un historial de violencia grave aparecían diferencias estructurales en la amígdala (que controla las emociones) y la corteza prefrontal (que se ocupa del control de impulsos y la regulación emocional, entre otras cosas). La psiquiatra Dorothy Otnow Lewis, de la Universidad de Nueva York, pasó 30 años entrevistando a condenados a muerte en las prisiones estadounidenses. Encontró que, casi sin excepción, estos hombres habían sufrido abuso grave en la infancia y mostraban señales de daño neurológico, que sufrieron antes de su primer delito. Y el psiquiatra James Gilligan, de Harvard, que trabajó durante años en prisiones de máxima seguridad, llegó a una conclusión diferente: en el origen de casi todo acto de violencia grave hay una emoción específica, pero no son la ira ni el odio, sino la humillación.

¿Cómo se construye una hipótesis sobre este hecho?
Investigar la violencia tiene un problema de origen: casi todo lo que sabemos proviene de personas que llegaron a un sistema de salud o de justicia. La violencia que no deja rastro institucional, la que ocurre en hogares, en comunidades, en el ejercicio del poder, casi no entra en los laboratorios ni en las cárceles donde se hacen estas investigaciones, y eso evita que entendamos, y atendamos, las violencias más frecuentes.
Para resolver este problema se hacen estudios en gemelos que permiten separar, al menos parcialmente, lo que se hereda de lo que se aprende. Si los gemelos idénticos criados en entornos distintos comparten ciertos patrones de conducta agresiva eso sugiere un componente genético. Los estudios longitudinales siguen a grupos de personas desde la infancia y durante décadas, registrando factores de riesgo y observando qué ocurre después. La neuroimagen permite ver, en tiempo real, qué zonas del cerebro se activan y cuáles no en personas con distintos perfiles de conducta. Y el trabajo clínico en contextos penitenciarios, como el de la doctora Ostrosky, permite construir perfiles detallados de personas con conducta violenta crónica.
Uno de los genes que podrían estar involucrados es el que en los años 90 se bautizó como el “gen guerrero”. Distintos investigadores encontraron que una variante del gen monoaminooxidasa A (MAOA), que regula la producción de ciertos neurotransmisores, aparecía con mayor frecuencia en hombres con historial de conducta antisocial. Así, empezó a barajarse la idea de que se había encontrado el gen de la violencia. Pero estudios posteriores mostraron que la variante del gen sólo se asociaba a conducta violenta en personas que habían sufrido maltrato grave en la infancia. Sin el maltrato, el gen no predecía nada. Era la combinación de la biología y la experiencia lo que importaba. La violencia resultó ser multicausal.
- La biología y la respuesta corporal: La genética, la neurobiología, el desarrollo temprano del sistema nervioso y las marcas epigenéticas pueden predisponer (no determinar) patrones de conducta. La corteza prefrontal termina de madurar hacia los 25 años. Una amígdala que responde de manera atípica a las señales de amenaza puede generar reacciones agresivas desproporcionadas. Y el estrés crónico temprano (vivir bajo amenaza constante desde la infancia) alteran la arquitectura del sistema nervioso.
- El papel de la experiencia: El factor de riesgo más robusto y consistente es el trauma infantil. El abuso físico, el abandono y la exposición temprana a la violencia doméstica dejan cicatrices psicológicas y fisiológicas y, como muestra la epigenética, potencialmente hereditarias. El psiquiatra Bessel van der Kolk señala que el trauma no es sólo un recuerdo sino una alteración del sistema nervioso que cambia cómo el cuerpo responde al mundo.
- El entorno social: Gary Slutkin, epidemiólogo de la Universidad de Illinois, propuso que la violencia se comporta como una enfermedad infecciosa: se contagia, se concentra en ciertos territorios y puede interrumpirse si se interviene en los puntos de transmisión. Su programa Cure Violence —que entrena a personas de las comunidades para interrumpir ciclos de violencia antes de que escalen— ha mostrado resultados mesurables en varias ciudades del mundo.
La huella que se hereda
Más allá de genes individuales, en la discusión sobre la heredabilidad de la violencia hay un nivel más profundo, complejo e interesante: la epigenética conductual.
La epigenética estudia cómo el ambiente modifica la expresión de los genes sin alterar la secuencia del ADN. Los genes son como un texto, y los mecanismos epigenéticos son como las anotaciones al margen que deciden qué párrafos se leen y cuáles se omiten. Lo que la epigenética conductual ha comenzado a mostrar es que ciertas experiencias, especialmente el estrés severo y el trauma en etapas tempranas de la vida, dejan en el genoma marcas químicas que modifican su funcionamiento. En algunos casos esas marcas pueden transmitirse a la siguiente generación.
El mecanismo más estudiado es el conocido como metilación del ADN, una modificación química que, cuando ocurre en ciertos genes relacionados con la respuesta al estrés, puede alterar de manera duradera cómo reacciona el organismo ante situaciones de amenaza. Estudios con animales mostraron hace años que las crías de ratas sometidas a estrés temprano tenían patrones de metilación diferentes a los de crías en condiciones estables, y que esas diferencias se asociaban con mayor reactividad al estrés y mayor agresividad. Lo asombroso fue que dichas marcas epigenéticas también podían aparecer en sus nietas, que nunca habían experimentado el estrés original.
En humanos la evidencia es más difícil de obtener, pues no se pueden diseñar experimentos similares con personas, pero los estudios observacionales apuntan en la misma dirección. Investigaciones con sobrevivientes del Holocausto y sus hijos, con familias refugiadas que han vivido tres generaciones de violencia y con mujeres que sufrieron maltrato en la infancia y sus propios hijos muestran patrones de metilación alterados en genes relacionados con una hormona que regula el estrés, el cortisol, y la respuesta al estrés. Afortunadamente, la epigenética también puede revertirse, y hay evidencia de que entornos seguros y relaciones de apego estables pueden restaurar algunos de esos patrones. Pero la posibilidad de que el trauma de una generación deje huellas biológicas en las siguientes añade una dimensión completamente nueva y urgente al tema de la violencia.
Un informe de UNICEF y la Organización Panamericana de la Salud publicado en enero de 2026 indica que 57 % de niñas, niños y adolescentes de entre 1 y 14 años en México sufrió algún tipo de disciplina violenta. Si el cerebro en crecimiento está expuesto constantemente a la violencia durante los primeros seis años de vida las consecuencias no son sólo emocionales sino estructurales, biológicas, y como muestra la epigenética, potencialmente heredables. Si el maltrato no sólo daña al niño que lo sufre, sino que altera la biología con la que ese niño criará a sus propios hijos, entonces la violencia tiene un efecto bola de nieve intergeneracional que difícilmente se puede detener con una política de corto plazo.

La agresión es parte del desarrollo
Todo niño pequeño es, en cierta medida, agresivo, porque la agresión cumple funciones adaptativas en las primeras etapas de la vida. Un bebé de 18 meses que le arrebata un juguete a otro está ejerciendo lo que los investigadores llaman agresión instrumental, es decir, usa la fuerza (o el mordisco) como herramienta para obtener algo que quiere. No hay crueldad ni intención de dañar, sino una necesidad y un medio básico para satisfacerla. Las estructuras cerebrales encargadas de inhibir ese impulso y buscar alternativas sociales aún no están desarrolladas.
Esta agresión instrumental alcanza su punto máximo entre los dos y los tres años y, en condiciones normales, disminuye gradualmente conforme el niño adquiere lenguaje, desarrolla empatía, aprende que existen otras maneras de conseguir lo que necesita y reconoce algunas reglas sociales básicas. La agresividad no desaparece, se transforma. Pasa de física a verbal, de instrumental a relacional. El niño de cuatro años que antes empujaba ahora puede decir “Eso es mío” o negociar un turno, y el de siete puede argumentar. Ese camino que va de la fuerza bruta al lenguaje, del cuerpo a la palabra, es uno de los grandes logros del desarrollo infantil.
Pero cuando la agresión instrumental no cede con la edad, cuando se vuelve el modo dominante de relacionarse con el entorno y cuando aparece una actitud persistente de oposición, irritabilidad y desafío hacia las figuras de autoridad se empieza a hablar del trastorno oposicionista desafiante (TOD). Se trata de un patrón de conducta que afecta el desempeño en la escuela, en la familia y en las relaciones sociales. El niño con TOD se enoja con frecuencia, discute sistemáticamente, culpa a los demás por sus propios errores, molesta deliberadamente a otros y guarda rencores desproporcionados frente a los conflictos cotidianos.
Lo que hace al TOD especialmente relevante es que parece ser una puerta hacia conductas más problemáticas. Si no se interviene, una proporción considerable de estos niños puede desarrollar en la adolescencia trastornos de conducta: patrones que ya incluyen violencia hacia personas o animales, destrucción de propiedad, engaño sistemático y violación de normas sociales importantes. Una fracción de ese grupo llega de adulta al trastorno de personalidad antisocial. Afortunadamente no es inevitable, y la mayoría de los niños con TOD no terminan ahí, pero se ha documentado con suficiente consistencia como para que se considere una de las rutas más conocidas hacia la violencia crónica.
¿Qué determina que un niño con agresión instrumental elevada la regule o que ésta se consolide y escale? Ahí es donde la biología, el aprendizaje y el contexto social vuelven a encontrarse. Un temperamento difícil, una crianza con disciplina inconsistente o relaciones de apego inseguras y un contexto de adversidad y violencia estructural pueden combinarse para sostener y amplificar lo que en otro niño habría sido sólo una fase. Los tres niveles no compiten entre sí; los necesitamos todos para explicar este fenómeno.
Entender o justificar
Esto nos lleva a reflexionar sobre lo importante que es comprender la conducta violenta. Pero comprenderla no implica justificar a quienes ejercen violencia. Si decimos que alguien actuó así porque su corteza prefrontal se desarrolló en condiciones adversas, porque fue golpeado de niño, porque creció en un barrio donde la violencia era el lenguaje, ¿cuál sería su responsabilidad? Entender el origen de la violencia no significa que quien la ejerce no deba responder por ella. Significa que la respuesta individual, institucional o social puede ser más inteligente, más justa y, sobre todo, más efectiva.
Hay algo más que la epigenética añade a este argumento: si el trauma puede transmitirse biológicamente entre generaciones, ignorar la violencia es también una forma de propagarla. No intervenir en un niño que crece bajo maltrato no es una decisión neutral: implica que la siguiente generación también heredará esa carga.
La ciencia de la violencia no tiene respuestas definitivas. Tiene hipótesis que se prueban, se matizan y a veces se abandonan. Tiene métodos imperfectos y sesgos, y desacuerdos profundos entre personas que trabajan sobre el mismo fenómeno con herramientas distintas. Pero tiene también algo que vale mucho: la convicción de que entender un fenómeno complejo como la violencia sí es posible, y que es el primer paso para no seguir repitiendo lo mismo.

ESTE TEXTO SE PUBLICA SIMULTÁNEAMENTE A LA EDICIÓN DE AGOSTO DE LA REVISTA ¿CÓMO VES?, DONDE SE PUEDE LEER EL TRABAJO COMPLETO SOBRE LA VIOLENCIA: https://www.comoves.unam.mx/
Andrómeda Ivette Valencia Ortiz es doctora en psicología de la salud por la Universidad Nacional Autónoma de México y profesora de tiempo completo del Área Académica de Psicología del Instituto de Ciencias de la Salud de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, donde actualmente se desempeña como jefa del Área Académica de Psicología. Su trayectoria académica y científica se ha enfocado en la psicología de la salud, el bienestar emocional, las neurociencias, la evaluación psicológica y el desarrollo de intervenciones basadas en evidencia para la promoción de la salud mental.
*Richard Zela es ilustrador y narrador gráfico, autor del cómic Cosas que nunca cambian.
Fuente: Gaceta UNAM

